lunes, 8 de julio de 2024

Diálogos de los muertos. Luciano de Samostata


Esta obra corresponde a una época extraña para nosotros. En el siglo II después de Cristo comienza una era de indeterminación en la que Roma (como imagen ideal y como imperio), se descompone o se transforma en otro paradigma social que tardará casi un milenio en materializarse: la Edad media. 

Nacido en Siria, Luciano de Samóstata pertenece a esa Roma que ya es más un concepto de referencia que un imperio. Como un postmoderno de la antigüedad su objetivo es destruir los pilares culturales de la antigua Roma desde dentro. 

La bajada a los infiernos, al inframundo, el regreso del reino de la muerte, se conoce en la poesía grecolatina como la nekyia (literalmente 'evocación de los muertos'). En realidad, supone un episodio simbólico en la construcción y el desarrollo del personaje mítico que cohesionará una cultura. El viaje del héroe al hades (Heracles, Teseo, Odiseo, Orfeo, Osiris, Cristo...) se nos plantea al mismo tiempo como una aventura iniciática y como una transmisión de un conocimiento espiritual simbólico, que implica una experiencia transformadora


En los Diálogos de los muertos, conversan (como en piezas de microteatro) estos habitantes del inframundo, pero el nihilismo, el descreimiento o el cinismo de Luciano de Samostata le llevan a atacar cualquier resto de vanidad y ambición que le quede a cualquiera los personajes que se encuentra en el averno: Diógenes, Pólux, Plutón, Menipo, o Caronte y Hermes, entre otros. 

Porque Luciano parte de un ateísmo materialista para enfrentarse (en estos diálogos humorísticos no exentos de poética, belleza y sabiduría) contra la superstición religiosa y ofrecernos, quizás de un modo consciente o involuntario, una entrada (casi dos siglos después del nacimiento del Cristo y de los cristianos) a un mundo que se aleja cada vez más de Homero, aunque nunca se aleje, porque Homero le da forma y lo determina. 

Caronte, Hermes y varios muertos. 

Caronte.- Mirad cuál es nuestra situación. Como podéis observar, nuestra barquichuela es muy pequeña, carcomida y llena de agujeros, y, sólo que se incline un poco más, volcaremos; y vosotros, habéis llegado todos a la vez, y además con mucho equipaje. Así que si embarcáis con todo, luego os podéis arrepentir, especialmente los que no saben nadar. 
Hermes.- ¿Y qué podemos hacer para llegar a buen puerto? 
Caronte.- Yo os aconsejo que dejéis en la orilla toda esa carga inútil y subáis sin nada, y aún así no será fácil que la embarcación aguante. A ti, Hermes, te ordeno que no permitas la entrada a aquellos que antes no hayan dejado su equipaje en tierra. De pie junto a la escalera, pásales revista y no los aceptes si antes no se han despojado de todo el equipaje. 
Hermes.- Tienes mucha razón, así que acataré tus órdenes. Vamos a ver, ¿quién es el primero?
Menipo.- Soy Menipo. Mira, Hermes ha lanzado al agua mi alforja y mi bastón. Menos mal que el manto lo dejé, y bien que hice. 
Hermes.- Entra, Menipo, gran hombre. Puedes escoger tu asiento, junto al piloto, y en la parte más alta, para que puedas ver a todos. Y aquel joven tan hermoso de allí, ¿quién es? 
Carmóleo.- Ese es Carmoleo de Mégara, el irresistible, cada uno de sus besos valía dos talentos.
Hermes.- Ya puedes ir deshaciéndote de tu belleza, de tus labios besucones, y de tu larga cabellera, también de tus mejillas sonrojadas y del resto de la piel. Está bien así; ya puedes entrar, ahora pesas mucho menos. ¡Tú, el del manto púrpura, la diadema, y el rostro terrible! ¿Quién eres? Lampico.- Me llamo Lampico, y soy tirano de Gela. 
Hermes.- ¿Y te presentas aquí con toda esta pompa, Lampico? 
Lampico.- No sé por qué razón te extraña tanto, ¿es que un tirano tiene la obligación de llegar desnudo, Hermes? 
Hermes.- Un tirano, claro que no, pero tú ahora eres un muerto, y éstos sí la tienen. Venga, desnúdate.
Lampico.- Mírame, ya no me queda nada. 
Hermes.- Ahora debes abandonar también la soberbia y el orgullo, Lampico. Pesan demasiado para entrar contigo en la barca. 
Lampico.- ¿No podría al menos conservar la diadema y el manto? 
Hermes.- De ninguna manera. Debes dejarlo todo. 
Lampico.- Haré lo que me dices. ¿Qué más? Porque todo lo he soltado ya, como puedes comprobar.
Hermes.- Despójate también de la crueldad, la locura, la insolencia y la cólera. 
Lampico.- Al fin, desnudo estoy. 
Hermes.- Está bien, sube ya. Y tú, grueso y musculoso, ¿cuál es tu nombre? 
Damasias.- Damasias, el atleta. 
Hermes.- Sí, ya me lo parecía. Te reconozco, pues te veía a menudo en las palestras. 
Damasias.- Así es, Hermes. Puedes dejarme entrar ya, pues estoy totalmente desnudo. 
Hermes.- A mí no me lo parece, amigo mío, pues son muchas las carnes que te rodean. Así que, deshazte de ellas, o de lo contrario la barca se hundirá al poner en ella un solo pie. Y también tira las coronas y trofeos que vas luciendo. 
Damasias.- Heme totalmente desnudo, como puedes ver peso lo mismo que cualquier muerto.
Hermes.- Ahora ya está mejor. Puedes subir. Y tú, Cratón, abandona tus riquezas, placeres y esa buena vida que llevas. No puedes subir tampoco con las pompas fúnebres ni los títulos de tus antepasados. Olvídate del linaje y la gloria, y arroja todos aquellos elogios que recibiste de algunas ciudades, y también esas inscripciones de las estatuas a ti dedicadas. No debes mencionar el gran sepulcro erigido en tu nombre, pues ya sólo el recuerdo de todo ello, pesa mucho. 
Craton.- Aunque me cueste, lo haré. Pues, ¿qué otra cosa puedo hacer si no? 
Hermes.- ¡Oye, tú! ¿A dónde vas tan armado? ¿Por qué llevas ese trofeo? 
Un General.- Lo traigo porque vencí, Hermes, y la ciudad me colmó de honores por mi sobresaliente valentía en la guerra. 
Hermes.- Suelta ese trofeo. En el Hades no te hará ninguna falta, pues allí reina la paz. Y ese de grave expresión, altivo gesto, de arqueadas cejas y abundante barba, que va totalmente sumido en sus meditaciones, ¿cuál es su nombre? 
Menipo.- Un filósofo, aunque de hecho, puedes llamarlo impostor o charlatán. Cuando le desnudes, descubrirás bajo su capa muchos objetos ocultos, dignos de risa. 
Hermes.- Primero, quítate el vestido, y después todo lo demás. ¡Oh Zeus! ¡Cuánta vanidad traes!, ¡cuánta ignorancia, vanagloria, espíritu de contradicción y problemas inextricables, espinosos discursos y liosos pensamientos! Y, por si no bastara, muchísimo trabajo inútil, y excesiva charlatanería, frivolidad y gran cantidad de palabras sin sustancia y, ¡por Zeus! También traes montones de oro, sensualidad, desvergüenza, ira, y voluptuosidad. Aquí nada pasa inadvertido, por mucho que quieras ocultarlo. Deja también tu falsedad, después tu presunción y superioridad. Con toda esa carga, ni una nave de cincuenta remos soportaría tu peso. 
Filósofo.- Me desharé de todo ello, si tú me lo pides. 
Menipo.- También debería afeitarse esa barba tan pesada y espesa, Hermes, por lo menos hay cinco minas de pelos. 
Hermes.- Tienes razón: ¡Quítatela también! 
Filósofo.- ¿Y quién me afeitará? 
Hermes.- Menipo lo hará con el hacha que usan los constructores de naves. Y utilizará la pasarela como tajo. 
Menipo.- No, Hermes. Será más divertido con una sierra. 
Hermes.- Con el hacha será suficiente ... ¡Bien! Ahora, sin esa peste a animal, pareces más humano.
Menipo.- ¿Te parece si le retoco también las cejas? 
Hermes.- Es una buena idea, pues las tiene arqueadas en lo alto de la frente, dándole un aspecto soberbio, no sé por qué. ¿Qué es eso? ¿Ahora lloras, canalla?, ¿es que te asusta la muerte? Embarca ya de una vez. 
Menipo.- Sin embargo, aún guarda lo peor debajo del brazo. 
Hermes.- ¿A qué te refieres, Menipo? 
Menipo.- A la adulación, Hermes, con la que ganó todo lo que tiene. 
Filósofo.- Entonces tú, Menipo, debes dejar tu libertad, sinceridad y despreocupación, también tu alma noble y tu risa: pues eres el único que no para de reírse. 
Hermes.- Ni hablar. Consérvalas. Pues todas ellas son ligeras, fácilmente transportables y muy útiles para el viaje. En cuanto a ti, orador, ya puedes ir descargando toda esa engañosa verborrea, repleta de contradicciones, comparaciones, barbarismos, además de otras muchas pesadas cargas del lenguaje.
Orador.- Está bien, lo dejo todo. 
Hermes.- Pues ahora, barquero, ya puedes quitar las amarras, recoger la pasarela y levar el ancla; después, despliega la vela y hazte cargo del timón. Espero que tengamos un buen viaje. ¿Por qué os lamentáis ahora, imbéciles, en especial tú, filósofo, a quien acabamos de afeitar la barba? 
Filósofo.- Lloro, Hermes, pues creía que el alma era inmortal. 
Menipo.- Te engaña; son otros motivos los que le afligen. 
Hermes.- ¿Cuáles son? 
Menipo.- Que ya no podrá nunca más disfrutar de magníficos banquetes, ni tampoco podrá escapar por la noche a escondidas de la gente, tapándose la cara con la capa, y así poder ir de burdel en burdel hasta el día siguiente, ni los jóvenes serán engañados y ni le ofrecerán ya más dinero a cambio de su charlatanería disfrazada de falsa sabiduría. Eso es lo que más le duele. 
Hermes.- ¿Y a ti, Menipo, no te apena estar muerto? 
Menipo.- No tengo ninguna razón para estar afligido, pues, como bien sabes me adelanté a la muerte, sin que nadie viniese a buscarme (1). Oye, perdona, ¿no oyes un clamor, como gritos que provienen de la tierra? 
Hermes.- Tienes razón, Menipo, y no vienen de un solo lugar. Los de Gela se han reunido en la asamblea y celebran gozosos la muerte de Lampico, mientras las mujeres sujetan a su esposa, y sus hijos, muy jóvenes aún, pasan por lo mismo, como presa de otros niños, son apedreados continuamente. En Sición aplauden al orador Diofanto, pues pronunció un discurso fúnebre en honor a Cratón. Y, ¡por Zeus!, también está presente la madre de Damasias que inicia, gimiendo, las lamentaciones de un grupo de mujeres por la muerte de su hijo. En cambio, a ti Menipo, nadie te llora; así tus restos pueden descansar en una paz absoluta. 
Menipo.- No lo creas. Si escuchas con atención, oirás a los perros aullar lastimosamente y también el batir de alas de los cuervos, cuando estén reunidos en mi entierro. 
Hermes.- Eres único, Menipo. Al fin hemos llegado a la otra orilla: presentaos vosotros ante el tribunal, seguid recto ese camino; el barquero y yo debemos ir a buscar otros muertos. 
Menipo.- Buen viaje, Hermes. Sigamos adelante. ¿A qué estáis esperando? Seremos juzgados de todas formas. Se dice que los castigos impuestos son verdaderamente crueles: ruedas, piedras, aves carroñeras (2). Y la vida que habéis llevado quedará evidenciada en cada uno de vosotros.
(1) Hace referencia al suicidio de este personaje.
(2) El autor hace referencia a castigos impuestos a diferentes personajes mitológicos como el de la roca y el buitre, sufrido por Prometeo, Sísifo, o Ticio. 


Más información: 

patriciadamiano.blogspot.com

www.elindependientedegranada.es

Pliego suelto 

El vuelo de la lechuza

Mitología a través del arte 




domingo, 30 de junio de 2024

Hambre. Knut Hamsun (II)

Las imágenes que ilustran esta entrada pertenecen a la versión en cómic de Martin Ernsten editada por Nordica libros.
Las imágenes que ilustran esta entrada pertenecen a la versión en cómic de Martin Ernsten editada por Nordica libros. 

La novela inaugura el siglo XX y la narrativa contemporánea. Lo dice el propio escritor: 

Un libro sobre las delicadas oscilaciones de una vulnerable alma humana, sobre esa extraña vida de la mente, sobre los misterios de los nervios en un cuerpo consumido por el hambre.

Hambre se aleja del realismo a través de subjetividad extrema y describe lo que ocurre en la mente de un personaje extremista, idealista y loco. No obstante, se aleja del Romanticismo porque el narrador no describe, sino que construye la realidad, el universo, desde su perspectiva. Como Picasso o Kandinsky. 

Si Cervantes reinventa la novela como herramienta de indagación a través del choque de perspectivas y la relación dialéctica entre los personajes y el entorno, Hamsun recrea el proceso en el que los sentimientos más profundo de un ser humano generan, como una divinidad un mundo a su imagen y semejanza, de acuerdo a sus necesidades de gozo y castigo.


Algunos ejemplos. Casi al comienzo de la novela ocurre el encuentro con la heroína romántica, un personaje antagonista femenino del que nunca sabemos nada. Ni siquiera su nombre. Simbólicamente, el narrador protagonista la bautiza simbólicamente como 'Ylayali', es decir, la reinventa, le da forma y sentido a su existencia. 

Me detuve y dejé que me adelantara de nuevo; no podía seguir caminando, todo me parecía muy extraño. estaba muy irascible, irritado conmigo mismo por lo que había sucedido con el lápiz y exultante en extremo por toda esa comida con que había obsequiado a mi vacío estómago. De repente, mi pensamiento toma caprichosamente una extraña dirección, se apodera de mí una curiosa inclinación a infundir temor a esa dama, a seguirla e incomodarla de algún modo. La alcanzo de nuevo y la adelanto, me vuelvo de repente y me encuentro con ella cara a cara. me quedo mirando sus ojos azules y en ese mismo instante invento un nombre que jamás había oído, un nombre con un sonido melódico y nervioso: Ylayali. 


Durante todo el texto, la realidad que explica el protagonista refleja un desequilibrio entre su autoconciencia en soledad y su inseguridad en sociedad. Lo vemos cuando describe sus proyectos literarios que le darán renombre y le confirmarán como un genio, sacándole del pozo en el que se encuentra actualmente. Pero especialmente en su encuentro con una prostituta. El protagonista lo narra, siempre desde su perspectiva, pero al leerlo, nos efrece la sensación de que a realidad podría ser algo diferente: 

En Stortingsplass me topé con una muchacha que me miraba fijamente conforme me iba acercando a ella. ¡Buenas noches!, dije. ¡buenas noches!, y se paró. Hum. ¿Cómo andaba sola tan tarde? ¿No era un poco arriesgado para una joven pasear por karl Johan a esas horas? Ah, no? Bueno, pero no la importunaban nunca, quiero decir, no la invitaban a ir con ellos? La muchacha me miró extrañada, escruto mi rostro preguntándose que qué quería decir con eso. De repente me cogió del brazo y dijo: ¡Vámonos!

La seguí. Cuando hubimos dado algunos pasos junto a la estación de coches, me detuve, logré desprenderme de su brazo y dije: Escucha, amiga mía, no tengo ni un øre. Y me dispuse a marcharme. 

Al principio no quiso creerme, pero después de palpar mis bolsillos y no encontrar nada, se enfadó, echó la cabeza hacia atrás y me llamó tonto. Buenas noches!, le dije. ¡Espere un poco!, gritó. ¿Son de oro sus gafas? No. ¡Váyase al infierno, entonces! y fui. 

AL poco rato echó a correr tras mis pasos y volvió a llamarme. Puede venir conmigo aunque no tenga nada, dijo. me sentí humillado por la oferta de una pobre prostituta y dije que no. Además era muy tarde y tenía que acudir a otro sitio y, por otra parte, ella tampoco podía permitirse sacrificios de esa clase. 

Sí, ahora quiero que venga conmigo. Pero yo no quiero ir con usted así. Entonces seguro que va a ver a otra, dijo. No, contesté. ¡Ay!, no había mí ninguna chispa aquellos días, las muchachas se habían vuelto como hombres para mí. La miseria me había dejado seco. Pero tuve la sensación de encontrarme ante una situación lastimosa ante esa prostituta poco común y decidí salvar mi honor. 

¿Cómo se llama usted?, pregunté. ¿María? ¡Ahora escúcheme, María! Y me puse a explicar mi conducta. La muchacha estaba cada vez más asombrada. ¿Había creído acaso que era de esos que recorrían las calles por las noches a la caza y captura de muchachas? ¿De veras pensaba tan mal de mí?¿Le había dicho algo indecoroso? Se comportaba como yo la gente de malas intenciones? Tan solo le había hablado y seguido un par de pasos para ver hasta dónde llegaba. Por cierto, me llamaba Fulano de tal, pastor tal. buenas noches! ¡Vete y no peques más! 


Más información: 

Podcast. Club de lectura

librosarcanos.es

La plaza de Poe

lahierbaroja.com

Versión cómic de Nordica libros.

zendalibros.com

Ni un solo libro 





jueves, 27 de junio de 2024

Ritos de jaima. Liman Boisha

Imagen: La generación de la amistad. Poetas saharauis. 

Poca gente lo sabe: en el Sáhara Occidental todavía se nombran en castellano objetos como 'cuchara', 'chaleco', 'jarro', 'sábana' o 'mesa'. Un recuerdo de la cotidianeidad de otro tiempo, cuando los territorios ocupados por Marruecos constituían la provincia española número 53. 

En los campamentos de Tinduf en Argelia (un refugio para los saharauis abandonados por España en 1976), el castellano supone el recuerdo de una herida conservada por quienes han vivido más de medio siglo en el desierto. Pero una herida que refuerza la identidad cultural de un pueblo más allá de idiomas y fronteras. 

Quizás sorprende el dato, pero entre las jaimas y en las aldeas del desierto se transmiten leyendas, cánticos y arraigo en castellano. Lo dice el poeta sharaui Liman Boisha: pocos pueblos tan generosos, aman la lengua de aquel que un día les traicionó. Existe literatura en castellano en África del norte y la conservan la Generación de la amistad, un grupo de poetas saharauis que escriben castellano: Liman Boisha (1972), Ali Salem Iselmu (1970), Bahia Mahmud Awah (1960), Zahra Hasnaui (1964), Sukeina Aali-Taleb Fernández (1975), entre otros. 

No solo les une idioma, identidad y origen, sino el respeto y el deseo de dignificar su cultura. Aunque la mayoría de la generación vive en diferentes lugares de España, nacieron en el Sáhara Occidental cuando era colonia española, estudiaron en Cuba y regresaron a los campamentos de refugiados en Argelia.

Liman es uno de los poetas más aventajados de su generación y Ritos de jaima una obra de gran belleza que trasmite amor por una cultura nómada bajo el amparo simbólico de la jaima. Un amor que se trasmite a través del conocimiento de los ritos cotidianos. Poemas y explicaciones que permiten entender y por lo tanto valorar la forma de vida en los campamentos que que se basa en la importancia de la comunidad. 


La 'gente del bismilah rahmani rahim'

Es la hora de la oración

y me descalzo.

detrás busco un lugar limpio, 

y sobre la arena me postro,

y con arena purifico mis manos, 

mi rostro, 

mis antebrazos. 

En el nombre de Dios,

me levanto y elevo mis manos

en señal de rendición,

dejo mi mente desnuda

y recito la sura de Al Fat-ha.

De improviso estoy frente a un rebaño, 

invitado al pago de una deuda,

o converso con mi mujer sobre el próximo viaje. 

¡Y qué ojos hacían el té al lado del pozo!

Pero ¿quién me distrae de la oración?

¿Es un yinn?...

Debe ser blis, sheitan, el infame, el provocador, 

que enreda con sus deleites. 

Es él quien fomenta las enfermedades, 

arruina los pastos, 

el que seca los pozos, 

y envía sus oleadas de "gente del bismilah rahmani rahim

con tentaciones y pactos perversos. 

En la plegaria consciente,

en las escrituras y en las plantas, 

están los remedios

para neutralizar sus fechorías. 

¡Qué ojos

hacian el té al lado del pozo!

Pero ¿quién me distrae?...




Más información: 

peonza.es

Generación de a amistad saharaui

literafricas.com

trasdemar.com

sábado, 9 de mayo de 2015

La joya del discernimiento (Viveka Chudamani). Sankara


Adi Sankara (o Shankara) fue uno de los pensadores más importantes de la india en el siglo IX, fundamentales para fijar los conceptos de Brahman (Lo unitario exterior) y el proceso de su descubriemto en el Atman (lo unitario interior).

No me atrevería a explicar qué es el Brahman, tampoco Sankara, solamente ilumina un camino, que no tiene por qué conducir a la sabiduría, sino que sirve para medirte frente a ese otro modo de comprender el mundo: el modo oriental, el contemplativo el sentido más paralizante del término, el que no se practica a través de la acción o el que persigue la muerte en vez de huir de ella.

También el modo condescendiente, el que acepta la calamidad con la misma actitud que la alegría.

Es decir, el modo que define la cosmovisión occidental por mostrar su reflejo contrario.

Sorprende, para un occidental, la concepción de Sankara del mundo y las percepciones, el fenómeno, como una ilusión, idea que tardaría más de diez siglos en asumirse en el mundo que nació que nació en la vieja Europa y su interpretación del sueño como algo que es verdad y mentira que expresa lo aprendido y lo experimentado durante la vigilia.


Dice Sankara:


El sueño es un estado diferente al de la vigilia en el que el ser brilla por sí mismo. En ese estado, el órgano interno empujado por las impresiones recibidas durante el estado de vigilia actúa por sí solo desempeñando los distintos papeles, tanto de sujeto como de objeto, usando la energía que extrae del Atman, que brilla en su propia gloria, siendo el testigo de todo sin verse afectado por nada de lo que en ese estado el budhi, que es su única sobreimposición, pueda hacer. Los sueños no pueden mancillar el Atman.

137

La atadura de un hombre es debida a la sumisión de su propia ignorancia que le lleva a identificar el Ser con este no-Ser, lo cual trae como consecuencia las interminables miserias del nacimiento y la muerte. Es debido a esta ignorancia que el hombre considera este cuerpo como real y se identifica con él; nutriéndolo, bañándolo y complaciéndolo con todo tipo de agradables objetos sensuales; lo cual crea el apego que le ata, igual que el gusano queda atrapado en las hebras de su propio capullo.

140

Cuando se pierde la visión del propio Ser, que brilla en el más puro resplandor, el hombre, impulsado por su ignorancia, se identifica erróneamente con este cuerpo, que es el no-Ser, y entonces, el gran poder de rajas, llamado el poder de proyección, fustiga cruelmente a este hombre atándole con las cadenas de la lujuria, el odio, la ira etcétera.

El apego del hombre es consecuencia de su sumisión al poder de esas dos fuerzas (la que nubla y la que proyecta) y engañado por ellas, él confunde el cuerpo físico con el Ser, lo cual le obliga a seguir vagando de cuerpo en cuerpo

Solamente es libre aquel que puede discernir los objetos de los sentidos y el Ser, que morando dentro de todos los seres, permanece separado e inactivo -igual que se puede separar un tallo de hierba de todo el ramillete que le rodea- y sumergiéndolo todo eso, permanecer en estado de intensidad con su Ser.

Este cuerpo no existía antes del nacimiento ni tampoco existirá después de la muerte; sólo dura un corto periodo de tiempo. Sus cualidades son transitorias y su naturaleza es estar en continuo cambio. Es una masa inerte compuesta y sujeta a diversas transformaciones; no es más que un objeto de los sentidos, igual que una jarra. ¿Cómo puede ser el cuerpo nuestro propio Ser, que es el único testigo permanente de todos los cambios en los tres estados?

Este cuerpo compuesto de manos, piernas, cabeza, tronco, etcétera, no puede ser el Atman, porque aunque le faltasen algunos o varios de sus miembros y órganos el resto del organismo sigue funcionando y e hombre puede seguir viviendo. este cuerpo que está gobernado por el cerebro no puede Ser, pues El es el gobernador de todo.

160

El necio piensa qu eél es su cuerpo, el erudito que ha extraído su conocimiento de los libros se identifica con la mezcla de cuerpo y el alma, mientras que el sabio que ha experimentado su Ser mediante la práctica del Conocimiento, reconoce que el eterno Atman es su Ser y para sí piensa: "Yo soy Brahman".

Igual que tú no te identificas con la sombra de tu cuerpo ni con la imagen de tu cuerpo que se refleja en el espejo, ni tampoco con este cuerpo que ves en tus sueños, ni con el cuerpo que adoptas en tus imaginaciones; de la misma manera no debes identificarte tampoco con este cuerpo vivo.

La experiencia universal nos enseña que en el estado de sueño profundo, cuando la mete queda reducida a su estado causal, para que ese individuo que está dormido, nada existe. De lo cual podemos deducir que esa experiencia relativa en la que el hombre vive, no es más que la creación de su propia mente y carece de realidad objetiva. 

Primero la mente crea en el hombre el apego pro su propio cuerpo y por los demás objetos de lso sentidos, lo cual le deja atado como una soga ata a un animal. Pero es esa misma mente la que más arde crea en el individuo un fuerte sentimiento de desagrado por esos mismos objetos sensuales, poniendo en evidencia su volubilidad, su inconstancia y su falta de objetividad. El sufrimiento que provoca en el individuo, este constante desdoblamiento provocado pro la dualidad mental, impulsa al individuo a buscar una realidad superior al comprobar que la mente no es digna de confianza. 

En la selva de los placeres sensuales mora un terrible llamado mente: que los hombres buenos que anhelan profundamente alcanzar la liberación jamás vayan allí. 

183

La envoltura mental tampoco puede ser el Ser Supremo, porque tiene un principio y un fin, está sujeta a cambios y se ve afectada por experiencias de sufrimiento y dolor. Además es un objeto reconocible por el Ser, que es el eterno sujeto que jamás puede ser identificado con un objeto que pueda llegar a conocerse con el intelecto. 

227

Todo este universo que en su multiplicidad es percibido pro el ignorante bajo diferentes formas separadas e independientes, no es más que Brahman que permanece absolutamente libre de todas las limitaciones de las que adolece el pensamiento humano. 

228

Una jarra, a pesar de ser una modificación del barro, no es algo diferente de él; en todas sus partes la jarra es esencialmente idéntica al barro, y a pesar de que se la llame jarra, esto no es más que una identidad ficticia, un nombre que induce a la fantasía. 

252

Al igual que es irreal todo cuanto aparece en un sueño, los objetos, el lugar, etc, también es irreal el mundo que experimentamos así, en estado de vigilia, porque no es más que el efecto de nuestra propia ignorancia. De la misma manera, este cuerpo, los órganos, los pranas, el ego... son también irreales, pues tú eres el sereno, puro, supremo Brahman, el primero sin segundo. 



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domingo, 12 de abril de 2015

En busca del tiempo perdido. 1. El camino de Swann




"Los hechos no penetran en el mundo donde viven nuestras creencias 
y como no les dieron vida no las pueden matar".


La literatura que supera la historia y la simple narración de una historia. Es decir la escritura (la transcripción) de una mentira que es más real que la realidad en cuanto a la emoción expresada.

Por el camino de Swann inicia el macrorelato En busca del tiempo perdido, escrito durante su encierro de 14 años en una habitación con la sola herramienta de la escritura para recuperar (recrear) su historia a través de sus impresiones.

Para algunos es una biografía cifrada donde el narrador es el autor y los acontecimientos y personajes tienen equivalencias directas en la vida real, una especie de biografía que se extiende en páginas y párrafos asfixiantes. Pero es una novela de ficción y como tal está escrita.

No obstante, a un nivel estructural, la única realidad de la novela es una masa de consciencia apropiándose del entorno y una consciencia, también, que intenta definirse fijando su experiencia, aunque sabe que sus percepciones, sus recuerdos no son una colección de historias que uno lleva sobre sí mismo, sino la misma individualidad que se transforma constantemente pero que desde lejos es siempre lo mismo: como, aunque suene a simbolismo barato, las mareas y la orilla del mar.

Este primer tomo asienta las bases temáticas y estilísticas que desarrollará Proust a los largo de 14 años de escritura sin apenas ninguna variación ni progresión: todo el libro es lo mismo, como dijo Cortázar, todos los fuegos el fuego: la descripción impresionista poética de los paisajes y construcciones que no explica nada sobre el paisaje sino sobre la consciencia de quien los observa, y el análisis psicológico de las motivaciones humanas a través de las anécdotas y el comportamiento :

y el amor y los celos como el momento en el que la consciencia se da cuenta de sí misma al descubrir al otro: el desconocimiento sobre el otro, el saber que es igual que nosotros y descubrir en el desconocimiento de ellos lo oculto de nosotros mismos.

Y por supuesto, el concepto bersoginano del tiempo y de la memoria, el estado del alma que cambia a cada instante, y la no posibilidad de la existencia de la consciencia sin la memoria y de la memoria sin la adición al sentimiento presente del recuerdo de los momentos pasados. La vida interior que es un continuo no una sucesión de estados y la constatación de que sin esta duración del pasado en el presente no habría posibilidad de consciencia sino solamente instantaneidad. 

Este primer tomo incluye la historia 'Unos amores de Swann' que a veces se publica separado por su independencia temporal (incluso hay una película), y que en cierto sentido puede ser un pequeño En busca del tiempo perdido. Swan, hombre elegante y sabio, admirable en cierto sentido en su enfermedad: los celos (uno de los temas más importantes del libro) que representan no el engaño amoroso ni la ruptura del ideal, sino la necesidad de conocer (lo desconocido, entendiendo por celos aquello que no es verdad, porque se desconoce, pero que surge en el mundo interior como una verdad completa que de ser conocida acabaría con el sufrimiento. 

En fin, subrayados:

La pared de la escalera por donde yo vi vi ascender el reflejo de la bujía, ha largo tiempo que ya no existe. En mí, también se han deshecho muchas cosas que yo creí que durarían siempre, y se han alzado otras nuevas preñadas de penas y alegrías nuevas que entonces no sabía prever, lo mismo que hoy me son difíciles de comprender muchas de las antiguas. Hace mucho tiempo también que mi padre ya no puede decir a mamá: "Vete con el niño". Para mí nunca volverán a ser posible horas semejantes. Pero desde hace poco otra vez empiezo a percibir, si escucho atentamente, los sollozos de aquella noche, los sollozos que tuve valor para contener en presencia de mi padre, y que estallaron cuando me vi a solas con mamá. En realidad, esos sollozos no cesaron nunca; y porque la vida va callándose cada vez más en torno mío, es por lo que los vuelvo a oír, como esas campanillas de los conventos tan bien veladas durante el día por el rumor de la ciudad, que parece que se pararon, pero que tornan a tañer en el silencio de la noche". 

Considero muy razonable la creencia céltica de que las almas de los seres perdidos están sufriendo cautiverio en el cuerpo de un ser inferior, un animal, un vegetal o una cosa inanimada, perdidas para nosotros hasta el día, que para muchos nunca llega, en que suceda que pasamos al lado el árbol, o que entramos en posesión del objeto que las sirve de cárcel. Entonces se estremecen, nos llaman, y en cuanto las reconocemos se rompe el maleficio. Y liberadas por nosotros, vencen a la muerte y tornan a vivir en nuestra compañía. 
Así ocurre con nuestro pasado. Es trabajo perdido el querer evocarlo, e inútiles todos los afanes de nuestra inteligencia. Ocúltase fuera de sus dominios y de su alcance, en un objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que no sospechamos. Y del azar depende que nos encontremos con ese objeto antes de que nos llegue la muerte, o que no le encontremos nunca...

(...) obras de esas ingenuas como lo eran mis propias impresiones, obras que indignaba a las hermanas de mi abuela el que yo admirara. Creían ellas que deben presentarse a los niños obras de arte de las que admiramos definitivamente cuando somos hombres maduros, y que os niños demuestren buen gusto si las encuentran agradables desde un principio Y es porque, sin duda, se representaban los méritos estéticos como objetos materiales que unos ojos abiertos no tienen más remedio que percibir, sin necesidad de haber ido madurando lentamente sus equivalentes dentro del propio corazón. 

al fijarme en las formas de sus agujas, en lo movedizo de sus líneas, en lo soleado de su superficie, me di cuenta de que no llegaba hasta lo hondo de mi impresión, y que detrás de aquel movimiento, de aquella claridad, había algo que estaba en ellos y que ellos negaban a la vez. 

(...) y muy pronto sus líneas y sus superficies soleadas se desgarraron, como si no hubieran sido más que una corteza; algo que en ellas se me ocultaba surgió; tuve una idea que no existía para mí en el momento antes, que se formulaba en palabras dentro de mi cabeza, y el placer que me ocasionó la vista de los campanarios creció tan desmesuradamente, que, dominado, por una especie de borrachera ya no pude pensar en otra cosa. 

Y de ese modo, por el lado de Guermantes, he aprendido a distinguir esos estados que se suceden en mi ánimo, durante ciertos periodos, y que se reparten cada día uno de mis días, llegando uno de ellos a echar al otro con la puntualidad e la fiebre; estados contiguos, pero tan ajenos entre sí, tan faltos de todo medio de intercomunicación, que cuando me domina uno de los no puedo comprender ni siquiera representarme, lo que deseé, temí o hice cuando me poseía el otro. 

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sábado, 21 de marzo de 2015

Metanoia. Carlos Edmundo de Ory



El gaditano Carlos Edmundo de Ory es un ejemplo más de algo que ocurre a menudo en el arte hispánico: los artistas marginales que, conocedores de otras experiencias, en este caso poéticas, se convierten en rupturistas por rechazo de la norma o de la moda. Su valor, la mayoría de las veces está no en lo que escriben sino en la huida. También con el poeta Carlos Edmundo de Ory, como en otros rupturistas, a veces importa más la intención que los resultados. 

Edmundo de Ory es uno de esos poetas menores no del todo conocidos que publicaba en las revistas literarias de la España de la dictadura. Al mismo tiempo no se le puede incluir en ningún grupo literario, solamente definirle por su absorción rotunda de las vanguardias y de los ismos. Por su intento de absorción de un estética que en esencia era solamente "hacer las cosas de otra forma".

Pero Edmundo de Ory escribió muchos poemas, quizás demasiados, y no todos tienen el mismo interés ni la misma dirección, ni una importancia "capital" en su obra. En realidad, y esto lo digo con la voz baja, en su obra no son muchos los poemas que llegan a un calidad profundamente poética reseñable, auqnue los hay y eso no lo puede decir todo el mundo. 

Otra cosa que me sorprende es que a pesar de su interés por el juego, lo divertido de las vanguardias y la ironía, Edmundo es un poeta muy melancólico y triste y autocomplaciente.




Me vas a dejar triste otra vez como anoche
Y a ti te gusta estar pálida como anoche
El viento ulula ladran los perros como anoche
Ves que pongo en tu vientre mis manos como anoche

Hágase la locura dijo una voz anoche
Pero este viento no es el mismo que el de anoche
No preguntes ahora si el mundo empezó anoche
Esta noche nos traen los despojos de anoche

Pero se han puesto negras las estrellas de anoche
Sigue chillando el pájaro que entró en el cuarto anoche
Ya juegan como anoche gimiendo como anoche
las sombras que parecen bichos en agonía

España mística

Cerro lomo inmenso tímpano doliente
y en las perchas de los árboles
las casacas de los ángeles se pudren
Pones puertas al desierto
pantalones al espíritu
Lava un poco tu esqueleto con jabón
De los muertos muertos de hambre
pararrayos de oraciones
el ciprés

Tengo sed de alcantarillas
y de cerveza bendita
Dame prisión de campanas
con tus rosarios mohosos
Con tus capas de torero
hazme un traje funerario
un sudario de primera
Y en mi tumba pon mañana
un cocido de garbanzos con chorizo

Fiesta digna de matracas y cohetes
Oh mi España de peluca y de tomate
Matricúlame de muerto en la alcaldía
y celebra un carnaval de escapularios
ese día noche alba o madrugada


En un café

He vuelto ahora sin saber por qué
a estar triste más triste que un tintero
Triste no soy o si lo soy no sé
la maldita razón porque no quiero

He vuelto ahora sin saber por qué
a estar triste en las calles de mi raza
He vuelto a estar más triste que un quinqué
más triste que una taza

Estoy sentado ahora en un café
y mi alma late late
de sed de no sé qué
tal vez de chocolate

No quiero esta tristeza medular
que nos da un golpe traidor en una tarde
Pide cerveza y basta de pensar
El cerebro está oscuro cuando arde


 Ven triste ve tú

Triste estoy como un cajón vacío
El mutuo sueño de mis ojos rueda
Me acuesto en los valles a ver el tiempo
Agrando con mi cansancio el espacio

El sol todavía me persigue ¡oh dioses!
Sigo ciego y en mis manos mis manos pongo
Deseo conducirme a espaldas de la vida
como un cuerpo que al alma sus horas disminuye

Ven triste ve tú ven y ve solo
Sopla allá en el portal del infinito
La alborada metódica de la existencia sale
No encuentro puro territorio en nada

Un plagado único dolor perdido acude
a la desierta esfera blanca de los misterios
La sed santa la fe secreta roza el ánimo
¡Me asisten seres de fatales alas!

Ni voluntad ni empleo en el celeste fin
Sólo brillos comparten las altas apetencias
Triste sigo lo mismo que el hórreo
abandonado en la tormenta alada

Ven triste ve tú ven y ve solo.


SOLVEIG


I

Mi hija es una hoja de nieve
desde los pies a la cabeza
En Delfos se me dijo por la Pitia
que iba a ser mío un blondo bebé
y no un cachorro como engendro oscuro
Pues yo no soy ni perro ni elefante
sino animal con alas y sueño
animal que espera el mañana
y lava el mundo con la luna
que me cayó en la mano

El suelo de mi casa está limpio
como el cabello de mi esposa
Con ella subí a una torre
por las escalas de la luna
y a ti te dimos nombre

Nacer es ya un principio del fin
Y a ti te dimos nombre

II

Abuela de los pétalos
ya tiene un año de aire
habla canta y se divierte
y nos columpia el alma
Querube de abolengo eres
y eres vida día y noche
Cada pestañeo tuyo
es como un pez que crece
¿Quién soy yo que me prestan
los ángeles sus muñecas?

Plomo en los pies quiero ponerte
cuando me vaya al país natal
donde no hay rastro de polvo
para que no te corra sin mi ira
el huracán del mundo

III

Mi niña es tallo
la flor de la superación
Mi niña es levadura
Ella también es yema
y sobre todo llama o fuego del cielo
Nada temas padre cantor
ella es ella es lo que es
ángel continuo y de raíz
y carne desnuda de viento ligero
Dulce algodón visible y muscular
pirámide de molécula
que a la fuerza interviene y se sitúa
desde los brazos de su madre
—mi esposa llena de cucharas limpias—
en la úlcera del mundo
El mundo can que aúlla catástrofe
ciego en los arrecifes
cojo entre los escollos
la cola entre las piernas

IV

Nada temas Solveig pasa
la pluma de su mano por tu temblor paterno
Ese peso de lágrimas y de risa
llena el saco de nuestra vida

Ya trota y huella la tierra
Ya nos llama con su hato de sílabas
Ya su mímica vale la vida
Ya la vida vale su música
Ya sus gritos de gran ópera
sacuden los árboles del silencio

V

Oigo su voz sin nido todavía
en la laringe armónica
Y tu madre se mete en la cocina
para inventar pasteles
Dios firme la paz sobre nuestras cabezas
y tú que no eres sino un relámpago
un relámpago en mis brazos
yerba humana crecida en el alba de oro
y viceversa alba de oro
crecida en la yerba humana
me has vuelto al reino invencible
de inocencia y bondad

VI

Ella es la piel de mi alma
como su madre es la carne
Toda ella es mía y ella es mi mitad
La otra mitad es de cosa mía
Entonces tiene que vivir
Estrella de pelo dorado
Pitiminí del universo
Luz de todas mis letanías
y de todas mis metáforas



















 

domingo, 8 de febrero de 2015

Un hombre acabado. Giovanni Papini


Todo resultó inútil, sin embargo. Me he acercado a vosotros, hombres, pero no os quiero. No puedo quereros. Me asqueáis, me repugnáis. Y como no os quise, no os conocí; y al no conoceros no pude salvaros. Permanecí solitario en medio de vosotros, y me dejasteis solo. Mis palabras os dejan mudos, y mis promesas no os mueven a la acción. Habéis hecho bien.  

Giovanni Papini

Decía Henry Miller de Giovanni Papini que como filósofo no valía nada, pero que como perdedor fue el mejor que ha habido: alguien que fracasó en cada uno de los aspectos de su vida en los que se propuso triunfar, no porque su obra o sus experiencias no tuviesen valor, sino por su nivel de exigencia y sus pretensiones desmesuradas.

Intelectual extremo (en el sentido de quien acumula conocimientos) Papini a los treinta años había leído y analizado todos los textos de la cultura universal (casi todos, claro) y a sus treinta años su autobiografía era la biografía de un viejo que sabe que ya no le queda futuro. Se había dado cuenta de que toda su cultura no tenía ningún valor y que nadie de los que le rodeaban estaba a la altura de su admiración: a los treinta años era un hombre temido por su sinceridad, solitario, que cuando alcanzó el éxito y la notoriedad radicalizó su sentimiento de misantropía.

Para haceros una idea, a lo largo de su vida, en diferentes etapas, Papini defendió todas las filosofías y postulados existenciales posibles: fue ateo y creyente intermitentemente, era capaz de ponerse en el lugar de todos (de los amantes y de los asesinos) pero nunca supo decir qué pensaba realmente, según porque estaba vacío como "los hombres huecos" de Conrad.

Famoso por su original obra Gog, que para él era su escrito más importante, Un hombre acabado (autobiografía o testamento) no es que sea un buen texto literario, pero es un documento humano de importancia extrema: a nadie le gusta Papini, porque después de haberlo defendido todo, defendió posturas que ninguno toleríamos y trató de desenmascarar la gran mentira de los egos.

Sirva como ejemplo de su fracaso:

hablando de literatura con una amiga italiana que me recomendó a Italo Suevo a Elsa Morante a Carduci y a algunos más que no recuerdo ahora, le dije que me interesaba Giovanni Papini, ella puso una expresión de desagrado y me dijo: ese no, era fascista. De hecho,  también fue comunista y anarquista (sobre todo) y democrata, con la misma intensidad. Que hoy en día se le desestime como fascita en la posteridad, creo yo que para Papini sería un absoluto fracaso: lo que decía Henry Miller: como filósofo no valía nada, pero como perdedor, fue el mejor de todos: un símbolo, un icono alguien a quien imitar.

Pongo un capitulo entero porque es demasiado bueno:



LA FUGA DE LA REALIDAD

¡Muchas memorias, sobradas nostalgias! Este color y calor del pasado, estos hechos y pasajes externos ¿qué cuenta? Son poesía, literatura, vanidad. Lo que importa aquí es la historia de un alma, la historia de mi alma, y no la de un palacio o de un periódico. No debería caer en semejantes debilidades y si no me avergüenzo hasta el punto de borrar las huellas es porque son también síntomas y pruebas de un fondo patético y sentimiental que no consigo ahogar ni en los accesos más dialécticos. ¿Es posible que yo no pueda ver la idea sin el cuerpo y sin la sombra y que no pueda comprender un sistema sino bajo la forma de vida y de experiencia sensible, pasional, cotidiana? Las cortezas, las cáscaras, los vestidos, las máscaras, son —lo sé perfectamente yo también—, nada más que cortezas, cáscaras, vestidos, máscaras. No son nada más, nada substancial, de íntimo. Las cortezas caen, los vestidos se gastan, las máscaras se destiñen y lo que queda es el concepto, el esqueleto interior e indestructible de la verdad. Lo que lo reviste es inesencial, variable, transitorio. Las manifestaciones, embajadas espirituales — las palabras, las palabras habladas, las palabras escritas; las cuartillas con las palabras impresas, los papeles ilustrados, las hojas que salen de cuando en cuando, las páginas que se reúnen en un volumen y hacen el opúsculo, el libro, la obra— no son más que tentativas, rodeos, espirales, murmullos: lenguas que se forman, que empiezan, que pocos entienden, que nadie quiere aprender. Cualquiera de nosotros que verdaderamente tenga una vida suya —y entiendo vida propia, personal, interior, sensitiva, intelectual, metafísica— es un Adán que debe dar nombre nuevamente a todas las cosas y construirse su vocabulario y fundar un lenguaje. Las palabras de los padres, en su boca, tienen otro sabor, otro tono y sonido, otro significado. Os hablará de luz y su mente tendrá ante sí las tinieblas, y cada vez que pronuncia una palabra simple, simplísima, común, insignificante, —la palabra hombre, por ejemplo— tendrá en su pensamiento su hombre, que no es, en verdad, creedlo, ni el hombre de la esquina, ni el hombre que está en la ventana, ni el hombre de Platón, ni el hombre de Dios, sino ¡su hombre y ningún otro: su ideal, su tipo, su sueño, mito y modelo de hombre!

Y cada cual debe volver a comprender su yo cuando éste ha pasado y está entre los muertos para siempre, con los otros muertos, con todos los yo que matamos diariamente con el veneno lento del olvido; y cuando queremos volver a hablar de él, que ya no existe, debemos rehacernos de su diccionario, de su gramática, de su sintaxis mental, y de nada sirve buscar entre los despojos que fueron en otros días sus trajes de gala y repetir los epígrafes que él dictó entonces para fijar (es decir, inmovilizar: matar) sus intuiciones y sus escurridizas conquistas sobre el eterno fugitivo. El cuerpo, la materia, no bastan: buscamos el espíritu, lo profundo. Y si no es posible la pintura —nos contentamos con la geometría. Yo no quiero hacer el solista sentimental de mí mismo. ¿Queréis la anatomía? He aquí la anatomía: despellejad, cortad, descarnad. Este es mi cuerpo, esta es mi carne— pero el soplo que la animaba, la idea que la 59 informaba ¿dónde están? ¿Entre esta polvareda de recuerdos, entre este revoltijo, del fondo de los cajones, entre estas cartas que tienen ya la pátina de casi diez años? No busquéis: no están aquí. Yo solamente puedo decir cuál era el nudo central de mi pensamiento en aquella borrasca de escrituras, de ofensas de defensas y de clamoroso apostolado. El sturm und drang ha pasado (historia, anécdota), pero la vena de aquel tumulto y de aquella tempestad está en el yo que queda, en el yo perpetuo, absoluto, que ha contado con la eternidad y debe participar de la eternidad.

Este nudo central de mi pensamiento de aquel tiempo era la fuga de la realidad —la no aceptación, la repulsa de la realidad. El pesimismo radical no era ya el punto último y único de mi concepción del mundo, y no pensaba poner bajo los ojos espantados de los hombres la proposición de un voluntario envenenamiento universal. Pero el dolor cósmico, atrasándose en mí como teoría, se había convertido en un estado de ánimo estable, se había quedado como un sedimento indestructible en la sangre y en el alma. Ya no lo formulaba, pero él había infundido todo concepto mío. "No nace pensamiento en mí que no lleve la muerte esculpida" escribía Miguel Ángel, y en mí no nacía idea sobre las cosas que no tuviese el amargo sabor del desprecio. Dicen que es propia de los jóvenes la serenidad esperanzada. No es verdad, no no es verdad al menos en todos. Porque el joven, antes de acercarse a la vida para poseerla, tiene ya dentro esperanzas, si no tiene el alma irreparablemente porcina, y supone tan magníficas e intensas, certidumbres de sublimidad próxima y de poder divino, que la realidad tal como es, la vida corriente, no pueden menos de ser para él un continuo castigar de desmentidos. Esperaba el paraíso y se encuentra en las más fétidas hoyas del infierno: creía encontrar a sus hermanos con las manos extendidas y encuentra una cadena de bestias que rugen, que riñen y se acometen; se imaginaba que la vida se le ofrecería como piedra limpia y mármol de buena grana para esculpir su imagen con el duro escalpelo de la voluntad, y en cambio tiene entre las manos una masa de barro y de mierda que no se deja moldear y modelada no se tiene en pie.

Demasiado idealismo, dicen los sabihondos que ya han tomado olor al estercolero. Ya se sabe: muchos jóvenes mueren de este "demasiado" y no de aquel poco de plomo que les atraviesa el pecho. Pero en verdad os digo que no hay señal más segura de un ánimo pequeño, que el estar contento de todo. La serenidad puede llegar solamente después de la juventud, cuando se ha dado la vuelta alrededor y dentro de las cosas, y nos conforta de la nada infinita la gustación del instante que no volverá.

Yo sentía, pues, fuertemente, en aquel tiempo, el disgusto por lo real. No aprobaba, no aceptaba el universo tal como era. Mi actitud era despectiva y fiera. Y tendía a negar lo real, a despreciar las reglas de la vida real, a rehacer por mi cuenta, a mi modo, una realidad distinta y más perfecta.

¿Qué era, en efecto, aquel espíritu de furibunda anarquía y de descansada irrespetuosidad hacia los hombres y los dogmas, sino reacciones contra lo pretérito, contra lo fijo, lo glorioso, lo disciplinado y regular? ¿En qué consistía mi pasión por lo absurdo sino en la náusea de lo banal, de lo ordinario, del buen sentido común? ¿Y el desprecio por las reglas éticas, la buena educación, los fetiches populares, los métodos prudentes y las virtudes burguesas, en que se60 basaba sino en el cansancio del hecho inmutable y maldito, y de todos los miramientos y de todos los lazos y de todas las creencias?

Yo combatía el positivismo porque los positivistas pretendían ser los notarios imparciales de la realidad; —me inflamaba por el idealismo y lo llevaba hasta el último extremo porque aquel incluirlo todo en el espíritu, y aquel poner en duda hasta la existencia del cuerpo olía a extravagancia y a paradoja. Por odio al presente me encerraba con unos cuantos muertos de genio; por odio a lo existente me abandonaba al sueño; por odio a los hombres buscaba la soledad de las campiñas y la silenciosa amistad de las plantas. Mi palabra preferida en aquella época era ésta: Liberación. Liberación de esto y de aquello, de ahora y del después, de lo de acá y de lo de allá: liberación del todo.

Yo quería desvestirme y desvestir; volver a la perfecta desnudez, a la formidable libertad del ateo radical y universal. Y cuando me parecía estar desnudo y que los dolores y los pensamientos de la tierra no eran ya míos, quise fabricarme mi mundo. De dos maneras: con la potencia del espíritu y con la evocación de lo fantástico —con la voluntad y con la poesía.

El famoso pragmatista no me interesaba ya en cuanto a regla de investigación, cautela de procedimiento y refinamiento de métodos. Yo miraba más allá. En mí surgía entonces el sueño taumatúrgico; la necesidad, el deseo de purificar y reforzar el espíritu para hacerlo capaz de obrar sobre las cosas sin instrumentos ni intermediarios y llegar así al milagro y a la omnipotencia. A través de la "voluntad de creer" propendía a la "voluntad de hacer" —a la posibilidad de hacer. ¡Si la voluntad pudiese extender su círculo del mando del cuerpo propio a las cosas que lo rodean— y hacer de suerte que todo el universo fuese su cuerpo, obediente en todas sus partes a una orden suya, como ahora le obedecen estos pocos haces de músculos! Fingía partir de un precepto de lógica (pragmatismo) pero lo más secreto de mi alma estaba sedienta y envidiosa de la divinidad.

Un instinto semejante me condujo hacia el arte. Yo no podía sufrir la literatura: todo lo que hay de falso, de elegante, de fingido, de acomodado y decorativo en esta palabra, me repugnaba. Aun amando entrañablemente a algunos poetas muertos, tenía invencible antipatía por la gente que reúne poesías, novelas y romances, para ajena diversión y propia utilidad.

La filosofía me parecía mucho más noble y elevada. Pero la misma filosofía me recondujo al arte. Para poder expresar más apasionada y eficazmente ciertos puntos de mis pensamientos me dio por hacer uso inmoderado de las imágenes; intenté la forma del mito; del mito extraje leyendas; empecé a inventar coloquios y visiones y poco a poco introduje como interlocutores tipos creados por la poesía y por la tradición, los cuales empezaron a vivir por cuenta propia, a hablar con otro lenguaje, a mezclarse en otras aventuras. Del desahogo liricizante enderecé sin casi darme cuenta hacia el cuento literario, y la idea, que había sido el fin y el todo, convirtióse en una de las materias primas sometidas a la fantasía. El rumiar afanoso de mi pensamiento, la amargura de mis desencantos, el ímpetu de mi apostolado, se encontraron mejor y más fuertemente expresados en ciertas ambiguas creaciones poéticas. Y así nació en torno mío, sin querer, todo un mundo fantástico, opuesto al mundo real, donde podía retirarme a llorar y rememorar, donde era rey, y señor sin leyes. En ese tiempo conocí al pálido Demonio de nuestros días; escuché las confesiones del gentilhombre enfermo y de la Reina de Thuek, y acogí los gemidos del dolorido Hamlet y las confidencias de Juan Buttadeo y de Juan Tenorio. Procedían de la sombra, de lo irreal y con todo, me parecían más vivos que los vivos que pasaban a mi lado, y sólo con ellos me era dado entender y ser entendido, amar y ser amado; era aquel un mundo turbio y cerrado, donde la sombra empujaba a la luz y lo trágico salía de lo ordinario; un mundo habitado por jóvenes pálidos y sin ilusiones, por hombres poseídos y martirizados por ideas fijas y nuevos terrores; un mundo en que los actos eran raros, pero tumultuosos los pensamientos; y donde no se distinguían los confines de lo verosímil y de lo imaginario: era mi mundo, oscuro, oscuro y terrible, sí, pero que por lo menos no era este mundo, el mundo de todos.

Y así, mientras esperaba doblegar y rehacer la realidad con los prodigios de la voluntad sublimada, iba creando el refugio de una realidad provisora poblada por los dóciles espectros de los sueños. La poesía es la escala para llegar a la divinidad y el trabajo del arte es ya principio de creación. Poeta y profeta por hoy —¡y Dios, quizás, mañana!



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