domingo, 30 de marzo de 2014

Poesía. Verlaine.



Para André Breton "la sobrestimación de Verlaine fue el gran error de la época simbolista".

Y es verdad, Verlaine es un poeta antipático. Quizás porque la veneración a Rimbaud le deja en mal lugar o porque en su posición afectada frente al mundo, en su lastimosa búsqueda de la salvación en amor, encontramos algo de impostura, algo falso que se trasmite a sus poemas.

No obstante, sí hay en Verlaine una enseñanza poética que le incluye merecidamente en los manuales de Historia de la Literatura, a parte de su habilidad técnica para crear ritmos y armonías con las palabras.

Verlaine es la consagración del simbolismo, la puesta en práctica de un nuevo modo de entender el arte que ocupó desde mediados del siglo XIX hasta los años cuarenta aproximadamente del XX, con variaciones. Una relación casi mística entre el artista y la naturaleza (no tanto la naturaleza como el entorno directo del poeta).

Dejando de lado su hipocresía y la extraña división moral entre lo que él consideraba la vida en el pecado y la vida en la virtud, sus dudas frente a cual de las dos era su verdadera naturaleza (que se percibe en su obra con una proliferación exagerada de preguntas retóricas), me quedo con una imagen que representa un paso en firme en la concepción del arte como "la vida total y verdadera":

Verlaine adentrándose solo en un bosque al atardecer. Hay algo tenso en el ambiente provocado por el bosque en sí y por el hecho de iniciarse la puesta de sol. Pero es un paseo tranquilo. Sosegado más bien. Verlaine llega a un lago o una charca. Unas aves comienzan a volar asustadas por su presencia (él buscaría un nombre exótico para las aves) y mientras, el poeta percibe el ruido del aleteo y los graznidos que poco a poco se alejan cruzando un cielo cada vez más oscuro.

Para Verlaine esta imagen no simboliza sus sueños y su esperanzas que se pierden, es decir, no es una metáfora como la de los románticos penando por la noche en un acantilado viendo las olas chocar con las rocas, enfurecidas. Sino que todos estos procesos, el aleteo, los graznidos que se alejan y se apagan y sus ilusiones perdidas (o que empiezan a apagarse) son dos manifestaciones de una misma realidad que se encuentra tanto en el exterior como en el interior del poeta. 

Así lo entendía también Antonio Machado cuando paseaba por las tierras de Castilla y reflexionando sobre su vida y decía:

veréis llanuras bélicas y páramos de asceta,
no fue por estos campos el bíblico jardín.
Son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín. 


                                                                     ***

No puedo leer a Verlaine sin buscar en sus versos la sombra de Rimbaud. Quizás en este poema aparezca el joven poeta... no sé si como los "malos caminos dolorosamente inseguros" o quizás como "la frágil promesa del alba", la voz que le dice: "¡sigue caminando!".


J’allais par des chemins perfides,
Douloureusement incertain.
Vos chères mains furent mes guides.

Si pâle à l’horizon lointain
Luisait un faible espoir d’aurore ;
Votre regard fut le matin.

Nul bruit, sinon son pas sonore,
N’encourageait le voyageur.
Votre voix me dit : « Marche encore ! »

Mon cœur craintif, mon sombre cœur
Pleurait, seul, sur la triste voie ;
L’amour, délicieux vainqueur,

Nous a réunis dans la joie.




Por malos caminos iba,
Eran dolorosamente inseguros y
Tus manos queridas me guiaron.

En el horizonte lejano, pálidamente,
Lucía una frágil promesa de alba;
Y tu mirada fue la mañana.

Ningún ruido, salvo sus pasos sonoros,
Nada estimulaba al viajero.
Y me dijo tu voz: "¡Sigue caminando!"

Mi corazón, temeroso y sombrío,
A solas lloraba, por esa triste senda;
El amor, vencedor maravilloso,
Nos reunió en la felicidad.




domingo, 16 de marzo de 2014

Ron. Blaise Cendrars.

Jean Galmot en la Guayana.
Lo que está claro es que si un hombre manco se pone a escribir, no será para decir cosas irrelevantes. Parece como si Cendrars se le fueran a agotar la tinta y tuviera que medir muy bien sus palabras. Su estilo es perfecto. Esencial. Más que eso, su estilo es enérgico y es vitalista. Por eso no resulta pretenciosa la dedicatoria del libro:

Dedico esta vida aventurera de Jean Galmot a los jóvenes de hoy, cansados de la literatura, para mostrarles que una novela también puede ser un acto.

Y digo esto por una conversación reciente en la que me decían que el contenido era más importante que la forma. Olvidando quizás que la forma es parte del contenido. Y valga este libro como ejemplo. Un autentico puñetazo. Como si te da miedo nadar y te lanzan a la fuerza al agua. Y lo digo porque la historia del empresario, aventurero y político Jean Galmot puede narrarse de muchas formas, así que es solo el estilo, la vida de Cendrars que se trasmite en su manera de contar una historia.

Blaise Cendrars, su expresión lo dice todo. 

Se dice que es un estilo periodístico, fluido y ágil. Pero es mucho más que eso: es vitalista. Y por eso, sin esfuerzos (o al menos no lo parece), llega de lo prosaico a lo poético, de los concreto a lo universal, ¡y con un solo brazo! No en vano se dice de Cendrars que es el máximo exponente de la identidad entre el arte y la vida. Y yo al menos nunca había leído algo tan eléctrico como esto. Escribía con sangre, Cendrars.

Ron es una biografía, no un ensayo ni nada parecido, sobre Jean Galmot, un hombre idealista atrapado por su sentido de la libertad. Un quijote contradictorio, escritor, aventurero, empresario de éxito y diputado por la Guayana, acusado de especulación en el affaire del ron de 1919. Según explica un informe, al morir, en la autopsia, no le encontraron el corazón. "Imposible no quedar impresionado", dice Cendrars.

Pero repito, la historia de Galmot se ha contado muchas veces, pero no como Cendrars.

Por cierto, Galmot también era escritor y en sus textos deja entrever algunos intereses ocultos y misteriosos que no hacen más que enriquecer al personaje.

No voy a poner un fragmento de Cendrars, sino la última página conocida de La double existance, el libro que Jean Galmot concluyó mucho antes de morir y perder el corazón y cuyo manuscrito desapareció misteriosamente:



¿Recomenzar mi vida? No tendría sentido.

¿Elegí mi destino? Un día, me marché... Una fuerza me impulsaba. ¿Por qué escogí este camino en lugar de otro? Yo qué sé. Mis pasos no han dejado huellas sobre la elástica tierra. La vida se desplegaba a ambos lados del camino, como en la pantalla de un cine. La vida bulliciosa, cálida, semejante a un calvero en una jungla seca en el que los animales se agolpan y corren empujándose, torturados por la sed.

¿Cuántas vidas has vivido? ¿Sólo una? Entonces no sabes nada de la vida. Eres como un ciego ahíto, sentado a la orilla de un río. Tú si puedes recomenzar la vida y elegir el sitio en el que se encenegará tu alma.

 Pero yo he vivido bajo los cielos del mundo, bajo los deslumbrantes carmines de los trópicos, sobre la solitaria arena de los desiertos, he visto a los hombres pasar en caravana, luchar, gozar, degollarse unos a otros por dinero o por amor, es decir, revivir...

Mi viejo cuerpo cubierto de cicatrices ha conocido todos los esplendores, todas las carnicerías, todas las ignominias, bajo los vientos alisios y en las ciudades en las que se apretujan los hombres. Ya no tengo nada que aprender de la vida. ¿Para qué iba a recomenzar?

¿Recomenzar la vida? Mis ojos, deslumbrados por los caminos, no han conservado de ellos más que centelleantes imágenes de pesadilla. Cuarenta años luchando día tras día, hora tras hora, contra las fieras de la selva tropical y las fieras humanas. ¿Volver a soñar ese largo sueño? Jamás.

- ¿De quién hablas?

En cierto día apareció una mujer... Ya no es más que una imagen prendida a mi alma, una fosforescencia muy lejana en la oscuridad de mi interior.

Sus ojos, luz en la luz, son el único recuerdo. Por ella, querría recomenzar la vida. ¿Qué hombre no tomaría el camino ensangrentado que fue el mío, llorando de alegría, para reencontrarse con esa mujer?








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sábado, 1 de marzo de 2014

Entrevistas breves con hombres repulsivos. David Foster Wallace.



David Foster es el ultimo escritor. Con él terminan los manuales de literatura. Al menos fue el último escritor que se atrevió a ser sincero y escribió sin miedo desde la profunda libertad existencial. Pero al mismo tiempo como un escritor consciente de lo que ha significado la literatura a lo largo de la historia. De hecho, sus conocimientos culturales en general son abrumadores.

Por eso me sorprende su particular estilo narrativo (adoptado por casi todos los escritores modernos que quieren sonar rompedores) falto de belleza en el lenguaje como elemento plástico, de poesía en su forma material, que suele ser el estilo de los escritores más viscerales, menos reflexivos (me acabo de meter en un lío explicando algo que no soy capaz de aclarar bien y que va a generar multitud de malas interpretaciones). De todas formas da igual, la obra de David Foster es importante: propone algo que no ha sido dicho y lo propone de un modo totalmente diferente. Con eso basta para entrar en las colecciones de clásicos.

Pero además, su punto de vista ante las cosas: alguien que plantea la posibilidad de la duda ante la velocidad de la comunicación de nuestra era. Alguien que necesita un poco de tiempo y de reflexión para analizar todos los puntos de vista sin miedo a que sus descubrimientos destruyan algún muro sea del bando que sea.

No solo eso, si lo que se le pide a la literatura, al arte, a la cultura, es que abra puertas y ofrezca nuevas perspectivas, David Foster Wallace es el gran escritor occidental de los últimos tiempos (en los que la producción en masa de bienes culturales y la industrialización del proceso artístico han dañado la sensibilidad y la libertad de pensamiento casi de muerte). Pero un escritor, además, maniático del conocimiento que no dice una frase sin estar completamente convencido de que es esa la frase que debe que escribir.

Es decir, un escritor que propone un viaje  totalmente fundamentado, obsesivamente científico en ocasiones, cuyo objetivo es poner sobre la mesa la locura del sistema que hemos construido, casi desde su más reciente origen: David Foster Wallace es americano. Un grunge de los 90 que vio entre sus amigos y compañeros (y sufrió) mucha de la paranoia colectiva de la deshumanización que el sueño americano, el marketing y la falsa idea del éxito provocó en las relaciones entre las personas y en los sentimientos y frustraciones profundas de cada uno.

Estamos hablando de un grunge. Intelectual, pero un grunge. Es decir, un joven de corazón puro con cierta cultura callejera. Es decir, un joven con la cabeza en su sitio que valora la compañía de sus amigos y los entretenimientos sencillos, pero que al mismo tiempo ve (y sufre) como un sistema esquizofrénico le obliga a desligarse de lo que él considera una vida verdadera.

Por todo eso, es normal, casi debemos agradecérselo, que en su obra trate temas que de primeras nos hagan girar la cabeza o que incluso presente perspectivas que en principio no podamos asumir de ningún modo. Algo que ocurre a menudo con Entrevistas breves a hombres repulsivos. Un conjunto de textos y relatos sobre el miedo del hombre heterosexual a la mujer y su acercamiento sexual y emocional, por lo tanto, grotesco y mentiroso. Suficiente para ver reflejados a tus amigos, y con un poco de autocrítica a uno mismo. Pero una reflexión necesaria.

En serio, unos textos que dicen cosas que uno no quiere leer en absoluto, pero que una vez leídas cambian en cierto sentido el panorama de las cosas.







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martes, 25 de febrero de 2014

Presencias y figuras. Lezama Lima.



Cuando se refieren a alguien como un "poeta cubano" uno espera tontamente encontrar algo "cubano" en su obra, no una raíz tan profundamente grecolatina, no una obra en castellano que encaja tan perfectamente en la poesía francesa, por ejemplo. En la descomposición de la poesía francesa.

Lezama Lima es un poeta universal y uno de los más complejos y enigmáticos del siglo XX, tendiendo una mano a Góngora y otra a Apollinaire. Al primero le une la supremacía de la imagen poética primigenia y la consciencia de que cada verso, cada oración, es solamente un intento de apresarla. Al segundo, el gusto por los poemas largos y la libre expresión de la consciencia.

Supone su obra una reflexión sobre el lenguaje, sobre la capacidad de las palabras para llegar a algo verdadero, pero también una vitalista visión del mundo envuelto en muertes y resurrecciones, atardeceres y amaneceres que se solapan a través de imágenes (Lezama es muy consciente de la imagen) y que proponen un cambio en el uso artístico (de momento) del lenguaje. Igual que después de leer Ulises, al leer uno a Lezama, no puede escribir una frase del mismo modo, sin tener en cuenta una larga espiral de connotaciones y significados imposible de controlar.


Por eso, por no poder controlarse, solo se puede leer a Lezama (también Paradiso) sin esperar un destino, solo disfrutando de cada párrafo, de cada imagen. Y por eso mismo, su obra exige, obliga, a varias relecturas que enriquecen el texto progresivamente. No leas a Lezama Lima con prisas y no busques nada a priori aunque gente como yo te hayamos dicho antes que es uno de los escritores más grandes del siglo XX.

Los críticos están de acuerdo en definir algunas características comunes en todas las fases evolutivas de su obra: el barroquismo, los poliritmos métricos y la consciencia de una relación sensible y una experiencia vital consciente de la cultura. Pero también es inventarse un mundo léxico para escudarse de una realidad inaprensible o reconstruir una realidad inasumible a través de la plasticidad del lenguaje. Construir la cultura, entonces.

Lezama Lima quería ser Homero.




El abrazo

Los dos cuerpos
avanzan, después de romper el espejo
intermedio, cada cuerpo reproduce
el que está enfrente, comenzando
a sudar como los espejos.
Saben que hay un momento
en que los pellizcará una sombra
algo como el rocío, indetenible como el humo.
La respiración desconocida
de lo otro, del cielo que se inclina
y parpadea, se rompe
muy despacio esa cáscara de huevo.

La mano puesta en el hombro de la mujer.
Nace en ellos otro temblor,
el invisible, el intocable, el que está ahí,
grande como la casa, que es otro cuerpo
que contiene y luego se precipita
en un río invisible, intocable.
Las piernas tiemblan, afanosas de llegar
a la tierra descifrada,
están ahora en el cuerpo sellado.
Comienza apoyándose enteramente,
un cuerpo oscuro que penetra
en la otra luz
que se va volviendo oscura
y que es ella ahora la que comienza
a penetrar.
Lo oscuro húmedo que desciende
en nuestro cuerpo.
Tiemblan como la llama
rodeada de un oscilante cuerpo oscuro.
La penetración en lo oscuro,
pero el punto de apoyo es ligeramente incandescente,
después luminoso
como los ojos acabados de nacer,
cuando comienzan su victoriosa aprobación.

La mano no está ya en el otro hombro.
Se establece otro puente
que respaldan los cuerpos penetrantes.
Ya los dos cuerpos desaparecen,
es la gran nebulosa oscura
que apuntala su aspa de molino.
Los dos cuerpos giran
en la rueda de volantes chispas.
Como después de una lenta y larga nadada,
reaparecen los cabellos llenos de tritones.
Miramos hacia atrás separando el oleaje
Y aparece el desierto con alfombras y dátiles.

Los dos cuerpos desparecen
en un punto que abre su boca.
Lo húmedo, lo blando,
la esponja infinitamente extensiva,
responden en la puerta,
abrillantada con ungüentos
de potros matinales
y luces de faisanes con los ojos apenas recordados.

El dolmen que regala los dones
en la puerta aceitada,
suena silenciosamente su madera vieja.
Los dos cuerpos desaparecen
y se unen en el borde de una nube.
La manta, la lechuza marina,
seca el sudor estrellado
que los cuerpos exhalan en la crucifixión.
El árbol y el falo
no conocen la resurrección,
nacen y decrecen con la media luna
y el incendio del azufre solar.
Los dos cuerpos ceñidos,
el rabo del canguro
y la serpiente marina,
se enredan y crujen en el casquete boreal.




Llamado del deseoso

Deseoso es aquel que huye de su madre.
Despedirse es cultivar un rocío para unirlo con la secularidad de la saliva.
La hondura del deseo no va por el secuestro del fruto.
Deseoso es dejar de ver a su madre.
Es la ausencia del sucedido de un día que se prolonga
y es la noche que esa ausencia se va ahondando como un cuchillo.
Es esa ausencia se abre una torre, en esa torre baila un fuego hueco.
y así se ensancha y la ausencia de la madre es un mar en calma.
Pero el huidizo no ve el cuchillo que le pregunta,
es la madre, de los postigos asegurados, de quien se huye.
Lo descendido en vieja sangre suena vacío.
La sangre es fría cuando desciende y cuando se esparce circulizada.
la madre es fría y está cumplida.
Si es por la muerte, su peso es doble y ya no nos suelta.
No es por las puertas donde se asoma nuestro abandono.
Es por un claro donde la madre sigue marchando, pero ya no nos sigue.
Es por un claro, allí se ciega y bien nos deja.
Ay del que no marcha esa marcha donde la madre ya no le sigue, ay.
No es desconocerse, el conocerse sigue furioso como en sus días,
pero el seguirlo sería quemarse dos en un árbol,
y ella apetece mirar el árbol como una piedra,
como una piedra con la inscripción de ancianos juegos.
Nuestro deseo no es alcanzar o incorporar un fruto ácido.
El deseoso es el huidizo.
Y de los cabezazos con nuestras madres cae el planeta centro de mesa
y ¿de dónde huimos, si no es de nuestras madres de quien huimos
que nunca quieren recomenzar el mismo naipe, la misma noche de igual ijada descomunal?


Lo inaudible

Es inaudible,
no podremos saber si las hojas
se acumulan y suenan al encaramarse
la mirona lagartija sobre la hoja.
Nos roza la frente
y creemos que es un pañuelo
que nos está tapando los ojos.
El oro caminaba
después hacia la hoja
y la hoja iba hacia la casa
vacía del otoño, donde lo inaudible
se abrazaba con lo invisible
en un silencioso gesto de júbilo.
Lo inaudible
gustaba del vuelo de las hojas,
reposaba entre el árbol inmóvil
y el río de móvil memoria.
Mientras lo inaudible lograba
su reino, la casa oscilaba,
pero su interior permanecía intocable.
De pronto, una chispa
se unió a lo inaudible
y comenzó a arder escondido
debajo del sonido facetado del espejo.
La casa recuperó su movilidad
y comenzó de nuevo a navegar.



Los fragmentos de la noche

Cómo aislar los fragmentos de la noche
para apretar algo con las manos,
como la liebre penetra en su oscuridad
separando dos estrellas
apoyadas en el brillo de la yerba húmeda.
La noche respira en una intocable humedad,
no en el centro de la esfera que vuela,
y todo lo va uniendo, esquinas o fragmentos,
hasta formar el irrompible tejido de la noche,
sutil y completo como los dedos unidos
que apenas dejan pasar el agua,
como un cestillo mágico
que nada vacío dentro del río.
Yo quería separar mis manos de la noche,
pero se oía una gran sonoridad que no se oía,
como si todo mi cuerpo cayera sobre una serafina
silenciosa en la esquina del templo.
La noche era un reloj no para el tiempo
sino para la luz,
era un pulpo que era una piedra,
era una tela como una pizarra llena de ojos.
Yo quería rescatar la noche
aislando sus fragmentos,
que nada sabían de un cuerpo,
de una tuba de órgano
sino la sustancia que vuela
desconociendo los pestañeos de la luz.
Quería rescatar la respiración
y se alzaba en su soledad y esplendor,
hasta formar el neuma universal
anterior a la aparición del hombre.
La suma respirante
que forma los grandes continentes
de la aurora que sonríe
con zancos infantiles.
Yo quería rescatar los fragmentos de la noche
y formaba una sustancia universal,
comencé entonces a sumergir
los dedos y los ojos en la noche,
le soltaba todas las amarras a la barcaza.
Era un combate sin término,
entre lo que yo le quería quitar a la noche
y lo que la noche me regalaba.
El sueño, con contornos de diamante,
detenía a la liebre
con orejas de trébol.
Momentáneamente tuve que abandonar la casa
para darle paso a la noche.
Qué brusquedad rompió esa continuidad,
entre la noche trazando el techo,
sosteniéndolo como entre dos nubes
que flotaban en la oscuridad sumergida.
En el comienzo que no anota los nombres,
la llegada de lo diferenciado con campanillas
de acero, con ojos
para la profundidad de las aguas
donde la noche reposaba.
Como en un incendio,
yo quería sacar los recuerdos de la noche,
el tintineo hacia dentro del golpe mate,
como cuando con la palma de la mano
golpeamos la masa de pan.
El sueño volvió a detener a la liebre
que arañaba mis brazos
con palillos de aguarrás.
Riéndose, repartía por mi rostro
grandes cicatrices.










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lunes, 3 de febrero de 2014

El testamento. Rilke.



La literatura impresionista, es decir, formada por fragmentos que juntos dan la sensación de un todo, la literatura basada en imágenes inconexas y en impresiones momentáneas, es la que más se acerca a lo real, ya que es la que se parece más al modo mental en el que nos apropiamos de la realidad externa que nos envuelve. Siendo serios, nada sucede como en las historias. Esa otra realidad literaria y narrativa (ya sean novelas o cine) que nos influencia y nos impone su orden, no existe.

Dicho esto, conviene recordar la frase de Rilke "lo bello es el comienzo de lo terrible" para entender en que sutil equilibrio creativo trabajaba y vivía el poeta europeo por excelencia. El Testamento cuenta las consecuencias de un abandono amoroso que dejó a Rilke en un estado de desarraigo eterno. Es un texto sobre el amor, pero al mismo tiempo también sobre la creación artística y sobre como todo se separa y se une en diferentes formas (a veces opuestas) en un mismo proceso.

Lo que quiero decir es que el objeto del amor de Rilke se dividía, siendo lo mismo, entre una mujer, ya perdida, y la necesidad vital de soledad. La soledad como único lugar posible donde el ser humano puede ser libre y completo y donde el artista puede crear. Dos objetos de un mismo amor o un mismo amor que se proyectaba en dos formas diferentes y contradictorias, ya que juntas nunca podrían existir, para desgracia del melancólico Rilke.

Porque al igual que en Bécquer el ideal-amor sugiere la creación poética, no una dama como muchos entienden, en Rilke su ideal amoroso es una soledad mística imposible de encontrar, una soledad que no es la del ser humano en la naturaleza, sino la de la consciencia en la nada, la soledad estorbada por cada ruido, por cada brisa.

A efectos prácticos, El Testamento es un conjunto de fragmentos de cartas, reflexiones y apuntes que Rilke reunió en abril de 1921 y en los que refleja las dificultades y preocupaciones que le aquejaban después de la primera guerra mundial. Es difícil de entender, pero Rilke era Europa y era normal que el estado del continente se reflejara en ánimo del poeta.

Dice Rilke:

...Y tampoco posteriormente, tampoco ahora, en estas últimas semanas, conseguí llegar a la conciencia de mi soledad natural, lo único a partir de lo cual puedo ser dueño de mí mismo. Mi corazón fue desplazado del centro de su círculo, hacia la periferia, hacia el lugar donde más cerca estaba de ti -y aunque ahí sea grande, sensitivo, jubiloso o angustiado-, no se halla en su constelación, no es el corazón o el centro de mi vida...

... Y de repente deseé, deseé, oh, deseé con todo el fervor de que mi corazón era capaz, deseé ser, no una de las dos pequeñas manzanas del cuadro, no una de esas manzanas pintadas en el alféizar: era algo que me parecía excesivo... No: deseé ser la sombra dulce y minúscula, la sombra insignificante de una de esas manzanas..., este fue el deseo en el que toda mi esencia se contuvo...

... Este estar solo en el que me he justificado desde hace veinte años, no debe convertirse en una excepción, en unas vacaciones que debería pedir a una dicha que vela sobre mí, en medio de múltiples justificaciones. Debo vivir sin fronteras dentro de dicha soledad. No debe dejar de ser la conciencia profunda y básica a la que puedo regresar siempre, no con el designio de arrancarle ahora, rápidamente, un determinado benefició, ni con la esperanza de que me sea necesariamente fecunda; sino de un modo espontáneo, no acentuado, inocente: como el lugar al que pertenezco. 








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viernes, 31 de enero de 2014

Siberia Blues. Néstor Sanchez.



Cada párrafo de este libro podría ser un poema en prosa perfecto, un poema complejo, como una espiral en la consciencia a través del estilo y de las palabra. Pero es una novela como un gran poema o una gran espiral. Un texto en castellano asombroso y curiosamente casi desconocido, a pesar de haber sido señalado su autor como el mejor escritor argentino de su generación (años sesenta) por Córtazar, que consiguió que Editoral Sudamericana le publicase sus primeras novelas. 

Entre Lezama Lima y James Joyce, Siberia Blues es una recuperación del pasado, una actualización de las imágenes que perduran en el archivo mental de cada persona y que se regeneran de un modo distinto con cada vivencia. Bien podría ser la acción de esta novela un hombre recordando, de nuevo, no en el orden en el que ocurrieron las cosas, sino en el orden en el que se presentan en el presente como imágenes mentales desencajadas.

En este sentido, el autor no ordena las imágenes para ofrecer al lector un mundo completo, cerrado y ordenado (lo único que puede hacer es dejarse llevar y disfrutar) sino que sirven para resituar al narrador, al poeta, construyendo no una narración, sino un espacio, físico y mental, y un espacio, además, que cambia a medida que avanza el tiempo y es recordado.


También es un ejercicio de estilo extremo y aquí radica la verdadera importancia de Siberia Blues, en cómo el estilo se transforma en emoción. Quisiera que se entienda bien, no un alarde de virtuosismo técnico académico, sino todo lo contrario: literatura sin limites, absolutamente libre. Pero literatura: palabras insertas en frases conscientes de sí mismas que tienen un significado literal pero al mismo tiempo sugerencias subjetivas ilimitadas. Frases no que describen imágenes, sino que surgen de ellas como las hojas en un árbol.

Leer este libro casi desconocido es una maravilla, primero, por ser uno de los textos artísticos más interesantes del castellano en los últimos años; segundo, porque al leer la novela uno tiene la impresión de ser la única persona en el mundo que la está leyendo, como descubrir un barco español naufragado con un tesoro y saber que vas a ser rico.

Siendo sincero, la novela la he tenido que leer dos veces seguidas y aún así no he terminado de entender "lo que pasa", en cambio, sí lo que cuenta... Por ejemplo, el primer párrafo. Perfecto:

Empieza con una carga algo repentina de brigada en desuso, de guitarreos viudos hace miles de años: cuarto de siglo más tarde se hace extranjera pero nostálgica referencia a los bajos entonces mal iluminados de Villa Urquiza, en particular la franja urbana sin acceso posible para nadie que no hubiera nacido en la franja y donde la legendaria barra de Tomasol, la que defendía el criterio de frontera, mantuvo a cualquier precio el fuego sagrado del ocio: todo esfuerzo embrutece, toda tentativa para incorporarse a la caravana del sudor se relaciona con el resto de la ciudad marmota, inminente, sacudida por el hollín y los despertadores.

Normal que a Cortázar le gustase...










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sábado, 25 de enero de 2014

Hablemos de langostas. David Foster Wallace.



Diría que Foster Wallace es el último escritor. La última persona que tenía algo realmente importante que decir a través de la palabra escrita. Murió joven, con algo más de cuarenta años, en el 2008, por lo que vio todo lo que había que ver: fue testigo y escriba de cómo el sistema se rompía en pedazos. Ahora que está destruido del todo ya no importa. Y no tiene sentido. Los escritores no pueden dejar constancia de nada salvo de si mismos, y la verdad.. ¿a quién le importa eso?


Foster Wallace era una especie de hijo del grunge intelectual que tenía una opinión para todo, aunque fuera la duda, absolutamente argumentada. Y si no sabía nada del tema absorbía toda la información posible para señalar algo en lo que nadie había pensado antes. Hablemos de langostas lo deja claro. No es más que una colección de sus artículos y crónicas escritos entre 1998 y 2005, publicados cuando era enviado especial de revistas como Rolling Stones o Gourmet y que independientemente de la disparidad de los temas tratados (porno, festival de la langosta, diccionarios, McCain, biografías de deportistas) tratan siempre de entender y de poner orden en el Caos, a veces desde la inocencia de la duda que no termina de tomarse muy en serio a sí mismo, quizás una consecuencia de su depresión crónica.



A parte de todo, son textos divertidísimos y profundos en los que más allá del tema del que se hable importa el proceso en el que el lector los adquiere a través de Wallace. Y también importa el punto de vista  de Wallace como un simple espectador con algo que decir... ¡después!... una vez en casa frente al ordenador, analizando las experiencias vividas, tratando de comprenderlas para formarse una opinión legítima y ofrecerla a sus lectores. Un proceso intelectual íntegro y asombroso, porque donde llega Wallace no hubiéramos llegado nosotros solos.

A quién no lo haya leído solo le avisaré de que a veces es muy (cómo decirlo) arduo y cansado, pero siempre, todo lo que escribe, cada frase y cada párrafo y cada nota a pié de página y cada nota a las notas de pie de páginas, y las notas a las notas de las notas a pié de página, siempre, absolutamente siempre, llegan a algún lado que supone, no solo una sorpresa, sino una nueva perspectiva. Leer a Foster Wallace te hace más listo, más inteligente, más humilde y mejor persona.

No me resiste a poner estos dos textos:

El primero sobre la campaña de McCain:

Acuérdense de aquellos chavales del instituto que se presentaban a las elecciones al comité de alumnos: cebollinos, demasiado acicalados, obsequiosos con la autoridad, ambiciosos de una forma triste. Ansiosos por jugar el Juego. La clase de chavales que al resto de los chavales les gustaría atizar si no resultara tan tedioso y carente de sentido. Y ahora piensen en algunas versiones adultas que existen en el año 2000 de aquellos mismos chavales: Al Gore, a quien el técnico de sonido de la CNN Mark A. describe diciendo que «casi parece que respira»; Steve Forbes, con su frente húmeda y su risita de lunático; la sonrisita de patricio de G. W. Bush y su torpe hipocresía; hasta el mismo Clinton, con su cara enorme, roja y falsamente amigable y sus frases de tipo «Siento su dolor». Unos hombres que ni siquiera parecen lo bastante seres humanos como para odiarlos: lo que uno siente cuando aparecen no es más que una abrumadora falta de interés, esa clase de profunda desconexión que a menudo es una defensa contra el dolor. Contra la tristeza. De hecho, la razón más probable de que a muchos de nosotros nos interese tan poco la política es que los políticos modernos nos ponen tristes, nos hieren profundamente de formas que cuesta identificar, ya no digamos hablar de ellas. Es mucho más fácil poner los ojos en blanco y pasar de todo. Probablemente el mero hecho de leer esto ya les provoque rechazo...



El segundo, sobre la poderosa industria del porno. 

Resultó que aquel detective -que tenía sesenta años, estaba felizmente casado, era abuelo, tímido, educado y obviamente un tipo decente- también era un fan acérrimo del porno. Él y Hecuba terminaron tomando café, y cuando H.H. por fin carraspeó y le preguntó al poli por qué un tipo que era tan obviamente decente y estaba claramente del lado de la ley y de las virtudes cívicas era fan del porno, el detective confesó que lo que le atraía de las películas eran «las caras», es decir, las caras de las actrices, es decir, aquellos momentos de orgasmo o de ternura accidental en que las actrices dejaban de lado sus muecas burlonas de «Fóllame, soy una niña mala» y de pronto se convertían en gente de verdad. «A veces, y nunca sabes cuándo, es lo que tiene... a veces de golpe se revelan a sí mismas», fue la explicación del detective. «Su... cómo se llama eso... humanidad.» Resultaba que al detective de la policía de Los Ángeles las películas para adultos le resultaban conmovedoras, de hecho mucho más que la mayoría de las películas convencionales de Hollywood, en las cuales los actores -a veces actores con mucho talento- se dedican a intentar fingir una humanidad genuina, es decir: «En las películas normales, todo es intencionado. Supongo que lo que me gusta del porno es que ahí pasa de forma accidental».

La explicación del detective de Hecuba resulta intrigante, por lo menos para estos enviados especiales, porque ayuda a explicar parte del atractivo del porno duro, películas que se supone que son «desnudas» y «explícitas» pero que en realidad contienen material filmado que se cuenta entre el más distante y opaco que se puede encontrar. Una gran parte de la naturaleza fría, muerta y mecánica* de las películas para adultos es atribuible en realidad a las caras de los actores y actrices. Se trata de caras que suelen parecer aburridas o inexpresivas o profesionales, pero que en realidad están simplemente escondidas, el yo permanece encerrado en algún lugar lejano muy por detrás de los ojos. 

Seguramente esa naturaleza escondida es la forma que un ser humano que está revelando las partes más íntimas de sí mismo tiene de preservar cierto sentido de la dignidad y la autonomía: negarnos toda expresión verdadera. (Se puede apreciar esta mirada aburrida, dura y muerta en las bailarinas de striptease, prostitutas e intérpretes de pornografía de todos los lugares y géneros.) Pero también es cierto que de vez en cuando en las escenas de porno duro aparece el yo escondido. Viene a ser lo contrario de actuar. Se puede ver cómo toda la cara del actor o actriz porno cambia cuando la conciencia de uno mismo (en la mayoría de las mujeres) o la inexpresividad desquiciada (en la mayoría de los hombres) ceden el paso a un placer erótico sentido de forma genuina hacia lo que está pasando; los suspiros y los gemidos dejan de ser automáticos para volverse expresivos. Solamente pasa de vez en cuando, pero el detective tiene razón: el efecto en el espectador es eléctrico. Y los actores y actrices que pueden hacer esto con frecuencia -permitirse sentir y disfrutar de lo que está sucediendo, con o sin cámaras- se vuelven estrellas enormes y legendarias. En los años ochenta lo podían hacer Ginger Lynn y Keisha, y ahora a veces pueden Jill Kelly y Rocco Siffredi. Jenna Jameson y T. T. Boy no pueden. Siguen siendo nada más que cuerpos.

* Entre los amigos y familiares de estos enviados especiales a quienes resulta que no les gusta el porno, una gran mayoría explican que no es que no les guste por razones morales, religiosas ni políticas, sino que les parece aburrido, y muchos de ellos parecen usar metáforas robóticas/mecánicas/industriales para intentar caracterizar ese aburrimiento. P. ej.: «El sexo en el porno duro suele consistir en nada más que órganos entrando y saliendo de otros órganos, meter y sacar, es como ver una torre de perforación funcionando todo el día para sacar petróleo».










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