sábado, 28 de septiembre de 2013

Nadja. André Breton.





"Ante el misterio. Hombre de piedra, compréndeme".


Esconde Nadja la esencia de dos grandes novelas del siglo XX (y de casi todas las grandes novelas): Trópico de Cáncer y Rayuela. Como si formaran parte de una trilogía, las tres plantean a personajes perdidos sobre el plano de un París laberíntico y a tres mujeres, como una efigie, a las que nunca se les llega a ver el verdadero rostro. Nadja, Mona (June) y la Maga.

Las tres, símbolos del misterio y de lo inabarcable, que reflejan, al igual que las calles de París, el estado mental dislocado de los escritores. Y cuando digo "dislocado" quiero decir iluminado quizás, o como mínimo alerta, esperando una señal.


Los tres escritores confiesan haber terminado sus novelas de una tacada casi en estado de trance después de haber conocido a una mujer. También lo hizo Proust con su particular Albertina (en cierto sentido, otra vez la misma novela). Y resulta que estas cuatro mujeres: Nadja, Mona, Maga y Albertina, también tenían todos un referente en la vida real. Cuatro personas (Albertina era un hombre) que desataron la búsqueda existencial de estos cuatro escritores que cometieron los mismos errores:

1. El deseo de posesión de la persona amada, como William Bourrough en Queer. Dice bretón:

Nadja ha telefoneado mientras me encontraba ausente. A la persona que ha contestado la llamada, y que le preguntaba de mi parte como llegar hasta ella, le ha contestado: no se me alcanza".

 2.  Los tres escritores (los cuatro, y los cinco...) como buenos maniáticos y nerviosos solo pretendían comprender su objeto de deseo como se comprende un libro, y comprender no es aceptar. Quizás si hubieran aceptado -eso tan difícil- no habrían escrito estas novelas capitales, pero hubieran escrito otras... como El beso de la mujer araña de Puig o La sonrisa en el ojo de la mente de Durrell. En fin. Mucho más "equilibradas"...


Bueno, no lo hicieron y nos dejaron estas grandes documentos sobre la inadaptación que dejan entrever un nuevo orden de posibilidades. Como si el dolor, el desconcierto y el sufrimiento iluminaran un camino.

Tres mujeres, al final, igual de perdidas sobre el plano de París que los escritores que intentaron controlarlas. Mujeres despiertas a otro sistema diferente. Crueles también y poderosas, pero al mismo tiempo débiles, incapaces. Victimas. Como los poetas en el poema Albatros de Baudelaire.

Dice Bretón:

Para recuperar su atención le recito un poema de Baudelaire, pero las inflexiones de mi voz le producen un nuevo espanto, aumentado por el recuerdo que conserva del reciente beso: "un beso que contiene una amenaza". Se para de nuevo, se acoda en el petril de piedra desde donde su mirada y la mía se hunden en el río, centelleante de luces a estas horas: "Esa mano, esa mano en el Sena, ¿por qué esa mano que arde en el agua? Es cierto que el fuego y el agua son lo mismo. Pero ¿qué quiere decir esa mano? ¿cómo la interpretas tu? Pero déjame que vea esa mano. ¿Por qué quieres que nos vayamos? ¿de qué tienes miedo? Piensas que estoy muy enferma? ¿Verdad? Yo no estoy enferma. Pero qué significa para ti todo esto: el fuego en el agua, una mano de fuego en el agua (bromeando) Claro que no se trata de la fortuna: el fuego y el agua son los mismo; el fuego y el oro algo completamente distinto. Son tus pensamientos y los míos. Mira de dónde surgen todos, hasta dónde caen. Y luego, en cuanto se deshacen, la misma fuerza vuelve a rehacerlos y de nuevo ese ascenso, esa caída... y así interminablemente". 

Exclamo: "¡Pero Nadja, qué extraño! ¿De dónde sacas precisamente esa imagen, que está expresada casi de la misma forma en una obra que acabo de leer y que no puedes conocer (y debo explicarle que constituye el motivo de un grabado que encabeza el tercero de los Dialogos entre hylas y philonous , de Berkeley en la edición de 1750, que va acompañado de la leyenda: urget aquas vis sursum eadem flectit que deorsu -la misma fuerza lanza hacia el cielo las aguas y las hace volver a caer).









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sábado, 21 de septiembre de 2013

Poesías completas. Konstantino Kavafis.



Kavafis dijo en cierta ocasión: "a veces pasa por mi cabeza la idea de escribir sobre mi vida amorosa. ¡Aún no lo he hecho! ¡Los prejuicios son tan grandes"...

Y resulta curioso, porque da la impresión de que en realidad no hizo otra cosa sino escribir sobre su vida amorosa: la que vivió o la que le gustaría haber vivido, la que experimentó y la que imaginó.

Eso sí, nunca lo hizo en primera persona. Kavafis es el poeta que más lejos ha llevado el correlato poético, es decir, la utilización de un personaje (histórico o imaginario) como medio de expresión de sus obsesiones: el deseo sexual, el paso del tiempo y la decadencia histórica y personal.

El amor y el deseo, salvo una o dos excepciones, siempre prohibido y recordado y por su puesto, siempre entre hombres, lo que le ha llevado a convertirse en una especie de icono homosexual. Aunque en la compresión de su obra, precisamente por la sinceridad del poeta y su expresión sin tapujos, poco importa la dirección de sus deseos. Lo contrario, por ejemplo, de poetas como Cernuda o Walt Whitman, en los que la homosexualidad y su autocomprensión se convierten en elementos indispensables (quizás no tan indispensable, vale) para entender su proceso creativo.

El paso del tiempo y los deseos insatisfechos, aunque sea un tópico gastado, suponían para el poeta alejandrino una presión de la que no podía deshacerse. Como en el poema de las velas en el que consigue fácilmente descorazonar al lector con la rapidez y la irreversibilidad del transcurrir del tiempo. Cada paso que damos es un paso hacía la muerte, hacía la vejez y sí, aunque en el poema Ítaca idealiza la vejez como un "por fin la sabiduría y la paz interior", dice Kavafis "aprovecha el viaje hacía Ítaca" y parece que sea el consejo de alguien que no lo hizo.

Y respecto a su refinada cultura grecolatina, Kavafis compuso, principalmente, poemas no sobre los grandes momentos históricos, sino sobre su decadencia, como Esperando a los bárbaros, poema de indescriptible belleza, bastante actual aujourd'hui.

También su maniático perfeccionismo estilístico para eliminar todo tipo de retórica y decoración, su estilo testimonial cercano, tan dramático... todo eso...

... pero además, Kavafis fue el segundo poeta que me habló (el primero fue este) y el que me enseñó a leer a otros poetas, porque a veces la poesía es algo que permite, a quienes no pueden hacerlo de otro modo, vivir intensamente. Pocos "vividores" al uso han sido buenos poetas.

...

(Mientras escribía el texto pensaba poner una lista muy larga de mis poemas preferidos del viejo poeta de Alejandría, pero estos simples seis versos son suficientes)


Nada me retuvo. Me liberé y fui
hacia placeres que estaban 
tanto en la realidad como en mi ser,
a través de la noche iluminada.
Y bebí un vino fuerte, como
sólo los audaces beben el placer. 







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sábado, 14 de septiembre de 2013

El templo del alba. Mishima.


"Vemos al Japón emborrachándose de prosperidad y hundiéndose en un vacío del espíritu. Vamos a devolverle su imagen y a morir haciéndolo..."
Mishima, 25 de noviembre de 1970.



Mishima puede resultar atractivo por su exotismo y por creer muchos lectores que su obra es una puerta a la cultura oriental, que puede serlo, aunque de un modo muy superficial. Si no, no sería tan popular en occidente.

Nos acercamos a Mishima desde lejos y cegados por las descripciones de delicadas cascadas y jardines y atardeceres búdicos, perdonamos algunos planteamientos por venir de una cultura diametralmente diferente a la nuestra. Una cultura "que no comprendemos".

Lo cierto es que la obra de Mishima, sobre todo, la cuatrilogía El mar de la fertilidad (de la que este libro es el tercer volumen), plantea el problema de la intromisión de las ideas políticas en el arte.

Quiero decir, cualquier forma de arte está construida desde una cosmovisión del mundo (aunque el receptor pueda entenderla como quiera), y esta cosmovisión, esta filosofía de vida, puede ser tan simple como un enfoque optimista o pesimista, o tan compleja como para representar un ideario vital, existencial o político más o menos concreto.

Entiendo que este proceso se produce siempre, es ajeno (o no) al escritor y puede ser interesante (o no) a la hora de comprender una obra. Como por ejemplo leer a Lorca desde la izquierda por "lo que representa" o reseñar algunos de sus textos como textos racistas (Lorca no sería racista, pero su visión del gitano y del afroamericano está llena de prejuicios y ayudó, además, a extenderlos por el mundo). Pero esto son solo reflexiones y juegos que podemos hacer con obras más o menos neutras en el terreno político.

El problema, si es que hay algún problema, puede aparecer cuando la obra es un vehículo consciente para convencer de una idea, no para reflexionar sobre un asunto aunque sea desde un cierto enfoque. Como la publicidad. Propaganda. En ese caso, ¿podría alguien que se defina desde la izquierda disfrutar la lectura de Mishima cuando sus planteamientos eran tan extremistas? ¿Importa entonces el mensaje primigenio de la obra más que el proceso de construcción por parte de Mishima y de reconstrucción por parte del lector?

O en cualquier caso, ¿es más importante la finalidad política del libro que su capacidad de sugerencia?

Lo de Mishima es complicado, porque a pesar de no gustarme sus planteamientos y objetivos admiro su habilidad para escoger temas y desarrollarlos y me plantea siempre una pregunta, además, bastante seria: ¿por qué?

¿Por qué el imperio y por qué el seppuku? 



Y la única respuesta que se me ocurre es que hay gente que hace lo contrario de lo que querría. Personas a las que les han hecho creer que sus impulsos y deseos son un error y una vergüenza y ellos mismos se obligan a ser totalmente lo contrario de lo que quisieran. O algo así.

Con El Templo del Alba, Mishima se acercaba al final de su vida y la literatura es, entonces, más urgente, sin tiempo para perder en preciosismos, pero también sus reflexiones son o más blancas o más negras, como sin posibilidad de mostrar todos los lados del poliedro. La decadencia de la cultura Japonesa para Mishima se expresa a través de un hombre que siente deseos que no corresponden a alguien de su posición y lugar en la sociedad y la homosexualidad de una bella y joven princesa... Japón se rompe...

La respuesta la ofrecerá el escritor justo después de terminar el último volumen de El mar de la fertilidad: ¡seppuku!

No, en serio. Algo de razón tenía: la pérdida de la raíz filosófica del budismo para dejar sitio a los valores consumistas del capitalismo es una verdadera tragedia y tampoco somos nadie para juzgar la reacción de Mishima.




Lo cierto es que al final, El templo del Alba resulta una novela algo aburrida, mal desarrollada y un poco tontorrona, pero cuyo interés está en el proceso vital del hombre que la escribió. La escribiría temblándole la mano y aunque así no se pueda escribir, los textos escritos en ese estado suelen tener bastante interés. En general.

A pesar de todo, aunque en realidad no me gusta su obra, hay algo en Mishima que no comprendo y que me interesa. Y además, viendo sus fotos, incluso me trasmite cierta simpatía, Mishima, a pesar de todo.






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viernes, 6 de septiembre de 2013

Tractatus logico-philosophicus. Ludwing Wittgenstein.



No importa lo que dicen los libros, sino lo que a cada uno se le ocurre cuando los lee. Por eso, a veces, la complejidad de un texto, su encriptamiento o su ambigüedad, son un regalo para el lector: la sugerencia de ideas incompletas o simplemente el hecho de señalar direcciones donde perder el pensamiento es de por sí algo mucho más interesante que lo que un escritor pretendía decir.

Pasa también en la filosofíaNadie puede pretender que  esas "visiones" sean asumidas como explicaciones del mundo -aunque en la práctica, la relación con el entorno siempre reposa en algún tipo de filosofía. Para mí, los filósofos son poetas que intentan explicar lo que no puede explicarse y lo hacen con metáforas, asociaciones de ideas y construcciones del pensamiento.   

En fin.

El caso es que "no entender" a Wittgesnstein y escuchar a gente discutiendo sobre su obra en una conversación de ascensor fue algo que dañó mi autoestima seriamente. Pero una cosa es saber lo que quiso decir y ser capaz de seguir el hilo de sus reflexiones (solamente accesibles a expertos, creo yo), y otra distinta es "entender" cosas de lo que quiso decir o de lo que dejó escrito.Y también otra muy distinta es que su texto funcione como un billete de tren para ir a lugares que uno no conoce. Como dijo Proust: "para abrir puertas en tu interior que jamás hubieras abierto de otro modo". 

El viaje de Wittgestein comienza en la lógica formal de un modo muy especializado. Concretamente trata en primer lugar de la estructura lógica de las preposiciones y de la naturaleza de la inferencia lógica. Y termina analizando los errores de nuestro sistema lógico, una rama del saber bastante concreta y minoritaria -a priori, podríamos decir que casi sin relevancia social- para llegar a su limites. Los límites de nuestro pensamiento. Y ahí la famosa y malinterpretada conclusión de su obra:


Y no es que sea exactamente así, es que se dio cuenta de que los sistemas no funcionan más allá de nuestras rutinas.

Decía su amigo Bertrand Russel que Wiggestein se convirtió en un místico. Y no me parece raro, todos los que profundizan en un tema, por concreto y delimitado que sea, llegan a la misma descorazonadora conclusión. Como si se abriera la puerta a una visión totalizadora del mundo. Una visión poética en cierto sentido.

Y sí, era un poeta Wiggestein. Porque a pesar de su sentencia "lo que puede decirse debe decirse de una forma clara y sencilla", la realidad es que su obra trata de lo que no se puede hablar, aunque resulta que si se puede si no se utiliza la lógica pragmática del lenguaje, si no se espera que las sentencias expresen lo que dicen. Es decir, si se utiliza la poesía.

Os dejo con los últimos artículos del libro:

6.52 Nosotros sentimos que incluso si todas las posibles cuestiones científicas pudieran responderse, el problema de nuestra vida no habría sido más penetrado. 

Desde luego que no queda ya ninguna pregunta, y precisamente ésta es la respuesta.

6.521 La solución del problema de la vida está en la desaparición de este problema.

(¿No es ésta la razón de que los hombres que han llegado a ver claro el sentido de la vida después de mucho dudar, no sepan decir en qué consiste este sentido?)

6.522 Hay, ciertamente, lo inexpresable, lo que se muestra a si mismo; esto es lo místico.

6.53 El verdadero método de la filosofía sería propiamente éste: no decir nada, sino aquello que se puede decir; es decir, las proposiciones de la ciencia natural –algo, pues, que no tiene nada que ver con la filosofía-; y siempre que alguien quisiera decir algo de carácter metafísico, demostrarle que no ha dado significado a ciertos signos en sus proposiciones. Este método dejaría descontentos a los demás –pues no tendrían el sentimiento de que estábamos enseñándoles filosofía-, pero sería el único estrictamente correcto.

6.54 Mis proposiciones son esclarecedoras de este modo; que quien me comprende acaba por reconocer que carecen de sentido, siempre que el que comprenda
haya salido a través de ellas fuera de ellas. 

(Debe., pues, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido.) Debe superar estas proposiciones; entonces tiene la justa visión del mundo.

7 De lo que no se puede hablar, mejor es callarse.



Y aquí tenéis el Tractaus en PDF.












miércoles, 28 de agosto de 2013

Cuentos completos/1. Julio Cortázar.


De Kafka dije una vez que es mi amigo, y de Cortázar digo que es como un profesor del instituto al que admiro (si eso puede existir, un profesor de instituto al que admirar -es broma-) y necesitaba caerle bien. No sé, que viese talento en mi y esas cosas. Como en las películas americanas. Así pensaba mi cabeza de adolescente y así pensaba sobre Cortázar. Lo lógico es, después, revolverse contra los maestros hasta que al tiempo, un día, alguien te lo recuerda y entonces comprendemos todo con perspectiva y el hijo pródigo vuelve a casa y acaba uno admirando a Cortázar más si cabe, con sus triunfos y sus miserias. Completo.

De Cortázar no me gusta hablar con otra gente, quizás porque durante casi diez años leí y releí todo lo que pude encontrar escrito por él (antes de la era Internet) o sobre él. Y durante todo ese tiempo era "lo más importante". Lo que Cortázar decía "era lo que tenía que decirse"" y "cómo tenían que ser las cosas". Supongo que por cómo Cortázar influyó en mi vida y en mi manera de pensar, cuando me hablan de él pienso por defecto: no ha entendido nada. Pero en cambio, cuando alguien se me acerca y me dice "estoy leyendo a Cortázar, los cuentos" (algo que curiosamente pasa a menudo) de primeras me quedo expectante y si mi interlocutor sonríe, comprendo que lo ha entendido. O mejor, que lo está disfrutando. Y me alegro.

Después de esta introducción rara quisiera escribir sobre el primer volumen de los Cuentos Completos de Cortázar editados por Alfaguara. Un buen tocho que recopila cronológicamente la mitad de sus cuentos, es decir, los escritos durante su vida privada, la vida del solitario y un poco acomplejado Cortázar. Joven y viejo al mismo tiempo (extraordinariamente joven por fuera, y sorprendentemente viejo por dentro, pero mucho más joven todavía más dentro). Los cuentos del inadaptado ya no tan joven, que esconde su timidez en libros, libros y más libros (apenas vivía Cortázar en aquella época sino era en la literatura y las ideas) y afortunadamente para todos inmaduro, inmaduro, muy inmaduro. Como se debe ser, porque Cortázar nunca perdió lo que la mayoría de gente pierde cuando oficialmente se consideran adultos.


En fin, los cuentos de Cortázar rozan la perfección (y no lo digo en detrimento de Rayuela, porque precisamente la imperfección es lo que más se acerca a lo verdadero) y suponen, algunos de los textos más importantes de la literatura en castellano. Cortázar hizo sonrojarse a todos los escritores de su generación. No obstante, no me gusta que los llamen fantásticos, a sus cuentos, como podían serlos los de Poe o Guy de Maupassant.

Los cuentos de Cortazar son existenciales y hablan sobre el individuo perdido en un sistema social, económico, político, científico, cultural que no se sostiene, que está mal formulado, que no funciona por mucho que uno lo intente.

Para Cortázar el elemento fantástico, obviamente muy presente en sus cuentos, no es un juego narrativo, sino un símbolo de una brecha en nuestra cultura. Una pequeña hendidura por la que deberíamos meter el dedo, solamente por curiosidad, para ver si así acabábamos por agrandarla y romper la pared del todo (la pared contra la que chocaba Oliveira en Rayuela: "la pared del amor, la pared de la vida cotidiana, la pared de los sistemas filosóficos, la pared de la política").


Lo dice él mismo entre lineas: "la realidad para mí era no solamente lo que me enseñaban la maestra  y mi madre y lo que yo podía verificar tocando y oliendo, sino además continuas interferencias de elementos que no correspondían, en mi sentimiento, a ese tipo de cosas (...) Un desplazamiento que nos coloca frente a una fisura de la realidad, a través de la que percibimos otra realidad, otro orden de cosas, una serie de leyes que no son menos rigurosas de las que rigen en lo que llamamos mundo real (...) una especie de aceptación por adelantado de cualquier cosa que los demás consideraban como inexplicable, como un juego de casualidades o como un juego de coincidencia".

Esta entrada va a ser muy larga y tediosa. 

Decía al principio que de joven pensaba que lo que decía Cortazar era lo que debía ser dicho, pero en realidad lo sigo pensando. Leyendo a Russell, a Heidegger o a Wittgenstein o a otros muchos filósofos, pensadores o científicos que intentaron ir un poco más lejos de donde nos sentimos cómodos, la única conclusión posible es que nuestro sistema (nuestra cultura occidental greco-cristiana), nuestra cosmovisión en general, no funciona. Simplemente no encaja y no va a encajar nunca. Es como si mirásemos el mundo desde un ojo de buey: en un pequeño círculo la imagen se adapta a lo que queremos ver, pero los alrededores se distorsionan y se deforman. Y esa percepción, esta intuición, es lo más importante que Cortazar nos cedió, al menos intelectualmente hablando. Al menos para mí, claro.

Al contrario que en la novela, que para Cortázar (y para Cervantes) era un bendito desorden en el que cabe todo de muchas maneras posibles, "el cuento", dice él mismo "es una esfera, es una cosa que se define rápidamente y cuya perfección está precisamente en su brevedad". Por su perfección, y en esto era un maestro, si su visión del mundo no fuera la que es, sus cuentos seguirían teniendo interés, al menos desde el punto de vista técnico.


Experimentales y juguetones, la forma es parte del mensaje también para Cortázar. Aún así, y esto le acerca a Faulkner y a Shakespeare, también dijo una vez, que  "el cuento es un relato en el que lo que interesa es una cierta tensión" y la tensión es suficiente para ponernos alerta y sobre la tensión en el arte y en la naturaleza podríamos hablar mucho también, o al menos intentarlo, si es que hay palabras para hablar de todo eso. Pero entonces esta entrada sería interminable.

Antes de repasar mis cuentos preferidos de este primer volumen, que incluye los libros La otra orilla (textos de juventud), Bestiario (su primer libro maduro y que hizo que todos giraran la cabeza para saber quien era el autor: un cuarentón que iba a su ritmo, sin ninguna prisa por triunfar), Las armas secretas (uno de sus mejores libros), Final del juego (cuentos perfectos), Historia de cronopios y de famas (pequeños textos en prosa que pueden leerse como poemas) y Todos los fuegos el fuego (un libro con el que el Cortázar interior empieza abrirse al mundo), una pequeña frase de Cortázar sobre sí mismo:

"Mi problema sigue siendo, como debiste sentirlo al leer Rayuela, un problema metafísico, un desgarramiento continuo entre el monstruoso error de ser lo que somos como individuos y como pueblo en este siglo, de un futuro en el que el socialismo da una visión práctica y la poesía una visión espiritual".

Lejana.

Un cuento sobrecogedor. Me gustaría saber que piensa sobre él la autora de Mujeres que corren con los lobos, porque expresa de una forma absolutamente poética todo lo que ella dice sobre "la mujer esqueleto".  En este cuento podemos apreciar la profundidad de la mirada del joven Cortázar y su capacidad para entender los grandes problemas de la insatisfacción y la inadaptación y de la mujer. Otros hablaran de posesiones y fantasmas.

Las babas del diablo.

Un texto sobre la percepción, sobre el modo en el que conocemos nuestro entorno, sobre lo que nos damos cuenta y lo que no, lo que es y lo que puede ser y cómo esto nos afecta determinantemente. Maravilloso y perfecto en todos los sentidos. Y terrible al mismo tiempo. Antonioni hizo una peli con el texto, Blow-up, fundamental para ser un revival sesentero, en el que aparece un extraño escrcitor parecido a Cortazar que solo quiere fumar marihuana y ligar con jovencitas modernas. Una de las mayores alegrías de mi adolescencia fue ver que en esta peli aparecen los Yardbirds, ¡con Jimmy Page ademas!


El perseguidor.

¡Ah! ¡Charlie Parker!, nadie como él.

No hay mucho que decir sobre este texto que no se haya dicho ya o no lo explicase perfectamente el mismo Cortázar. Un Rayuela en pequeñito en el que el protagonista es un ser intuitivo y no un intelectual. Hay quien dice que es el mejor cuento escrito en castellano y yo quiero pensar que lo es. Solo una cosa, una pequeña cosa... pobre e inexperto Cortázar que todavía no había vivido mucho, eso de la marihuana volviendo loca a la gente...



La señorita Cora.

Quizás no sea su mejor cuento, pero es una delicia trágica. Pocas veces la sexualidad y el erotismo sin compeljidades están tan presentes en Cortázar, (en esto se parecía a Kafka, Cortázar) aunque en este cuento el sexo solo perfuma el ambiente. Especialmente bien descrita y enternecedora la timidez del protagonista.

Cada uno tiene sus cuentos preferidos, esta claro.

Lo malo del libro es la introducción de Vargas Llosa...







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martes, 20 de agosto de 2013

Apuntes del subsuelo. Dostoyevski.


"Si fuera solo por pereza por lo que no hago nada..."

Algo de relación si que tiene esta novela con La Metamorfosis de Kafka, o con Pato Salvaje de Ibsen (el que cuando está herido nada hacía el fondo del lago y se agarra a la vegetación para morir, para no salvarse). Incluso, el misántropo protagonista de Apuntes del Subsuelo dice en un momento: quieran o no, señores, me propongo contarles porqué ni siquiera pude cambiarme en insecto. Imposible no imaginarse a mi amigo Kafka sonriendo cuando, seguro, leyó esta frase.

Los protagonistas de Dostoyevsky tienen siempre ese algo demoníaco que abre las puertas del mundo moderno. Manzanas podridas, flores salvajes, frutos del romanticismo y de la razón: demasiado sensibles como para no dejarse llevar por sus instintos y demasiado cobardes y débiles para llevarlos a cabo con firmeza y sin arrepentimientos. Aún así, en su comportamiento hay cierta rebeldía demoníaca (al estilo de Baudelaire) que, utilizando la imaginería del escritor ruso, los salvan. Nuestros inadaptados favoritos, demasiado exigentes consigo mismos y con los demás, pero al fin, fieles solamente a sus sentidos.

Apuntes del subsuelo es la primera de las grandes novelas de Dostoyevski, las novelas de ideas, que tiempo después le convertirían en uno de los grandes escritores universales: Crimen y Castigo, Los demonios, El idiota o Los Hermanos Karamazov. Novelas "profundas" en las que el autor aspira a poner al descubierto los pactos secretos de la condición humana.

No podía ser de otro modo, esta novela fue muy impopular entre el público y los críticos soviéticos, en gran medida por su retrato del ser humano como seres vivos irracionales, incontrolables y nada cooperativos. Aunque esta misma visión descreída del individuo en la sociedad (esa falta de confianza) y sobre todo, la capacidad de elección del protagonista para decidir "condenarse", reflejaban en parte el futuro de las relaciones humanas y servían a Sartre para considerar Apuntes del subsuelo como una precursora del existencialismo.






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jueves, 15 de agosto de 2013

Miles, la autobiografía. Miles Davis y Quincy Troupe


"Si miras a Miles, mira a los músicos que han estado con él. Miles forma líderes, muchos lideres"


Dizzy Gillespie 


Su voz era un susurro ronco que le avergonzaba. No hablaba mucho, por lo que dicen, Miles Davis. Pero su entonación era musical igual que cuando tocaba la trompeta. Debió disfrutar bastante el periodista Quincy Troupe en las largas charlas que compartió con él escuchándole la historia de cómo cambió la música cuatro veces en el siglo XX.  


Si hubiera sido un simple espectador, su autobiografía merecería la pena. Entró de la mano del primero, de Charlie Parker, y le pasó el relevo a los jóvenes músicos de los 90. Les sobrevivió a todos y con eso ya sería suficiente, pero es que además su historia vertebra la era dorada del jazz y casi todas las corrientes "después de Parker" pasan por su creatividad y su visión profética. 

Sobre todos los músicos de jazz cae la mirada budista de Charlie Parker, "su sonrisa de hijoputa" (probablemente sea al autobiografía de Miles Davis el libro con mayor número de "hijoputas" que he leído nunca, "hijoputas" para todos, para lo bueno y para lo malo) y por debajo de él, está Miles Davis, que enseñó a cuatro generaciones de músicos a llegar lo más lejos posible con su instrumento. 

Es asombrosa la lista de los músicos que el escogió para sus grupos, y todos cuando no eran conocidos: Coltrane, Cannonball Aderley, Art Farmer, Phily Joe Jones, Paul Chamber, Bill Evans, Tony Willians, Wayne Shorter, Ron Carter, Herbie Hancok, Keit Jarret, y un largo etcétera. Simplemente los mejores músicos, los que desarrollaron eso que conocemos como jazz. 


Por que a pesar de como tocase Miles Davis y de sus conceptos innovadores (algo que el siempre forzó, ya que aprendió de los dos que sentaron las bases de la mayor revolución musical de los últimos tiempos, Gillespie y Parquer: el bebop, y eso es precisamente lo que aprendió de ellos, que la música tenía que seguir evolucionando) lo mejor que hizo por la humanidad, decía, (y es algo por lo que nunca le estaremos suficientemente agradecidos) fue conseguir que ese grupo de chavales (no eran más que chavales cuando pasaron por sus manos) tocasen como lo hicieron después. 

Miles Davis fue un gran líder antes que otra cosa. Olvidándose de sí mismo confiaba en sus grupos y trabajaba para que todos sacasen lo mejor de sí. Que se lo digan a Coltrane.


"Toca lo que no ibas a tocar", solía decirle a sus músicos y todos coincidían en que uno no podía tocar como siempre cuando Miles te miraba, tenías que superarte. 

"Mira, si colocas a un músico en un puesto donde tenga que hacer algo distinto de lo que hace constantemente, podrá hacerlo, pero para ello deberá pensar de manera distinta. Tendrá que usar su imaginación, ser más creativo, más innovador, deberá arriesgarse más. Tendrá que tocar más allá de lo que conoce (mucho más allá) y eso puede conducirlo  un nivel superior a aquel en que ha estado hasta entonces, es decir, al nuevo nivel en que en ese momento se encuentra, y al siguiente nivel al que se dirija y más arriba aún. Entonces será más libre, contemplará las cosas desde una perspectiva diferente, preverá y sabrá que se aproxima algo distinto. He dicho siempre a los músicos de mi banda que toquen hasta donde sepan, y a continuación más allá de lo que sepan. Porque si lo hacen así, cualquier cosa puede ocurrir y allí es donde nace el gran arte y la gran música. 

Una suerte tener esta pequeña puerta a su interior  y a sus reflexiones (aunque la traducción es realmente mala) porque además, Miles Davis tenía palabras y argumentos para explicar lo que hizo y lo que quería hacer. Y la verdad es que pocos músicos tienen algo que decir cuando le quitas el instrumento de la boca. El mismo Miles Davis recordaba que Parker y Coltrane nunca hablaban de música. Coltrane nunca hablaba, de hecho, y Parker... digamos que no se sabía muy bien de lo que hablaba. O no todos eran capaces de entenderle, al menos.

Y el libro también es hermoso por como Miles habla de sus compañeros, los conoció a todos en sus rutinas y en sus borracheras y sus miserias, que aunque esté extendido el rumor de que hablaba mal de todo el mundo, no es verdad, tenía verdadero respeto por todos los grades músicos que se fueron quedando en el camino, verdadero cariño a los que tocaron con él y grandes esperanzas en los músicos que tocarían con él.


Y aún así, si no hablara de música, si simplemente contase la historia de un hombre que tenía que liberarse de sí mismo, el libro también debería estar en todas librerías. La historia de como se perdió en lo más oscuro de su interior tres o cuatro veces y salió a la superficie como si nada. No sé sabe cuantas veces se reinventó Miles Davis de las cenizas. Asombroso. 

Unos textos de la biografía, el primero sobre el racismo:

Recuerdo una ocasión en que Milton Berle, el actor, vino a verme cuando yo actuaba en el Three Deuces. En aquella época tocaba en la banda de Bird. Supongo que sería en 1948. En cualquier caso, Berle estaba sentado a una mesa escuchándonos y alguien le preguntó qué opinaba de la banda y de la música. Él se echó a reír y se volvió hacia el grupo de gente blanca que le acompañaba y dijo de nosotros que éramos unos «cazadores de cabezas», indicando así que éramos unos jodidos salvajes.
Pensó sin duda que era ingenioso y recuerdo cómo aquella gente blanca se reía de nosotros. Bien, pues nunca lo olvidé.

Un día le vi a bordo de un avión, cosa de veinticinco años más tarde, viajando ambos en primera clase. Me levanté y me presenté. Dije: «Milton, me llamo Miles Davis y soy músico.» Él empezó a sonreír y respondió: «Oh, sí, sé quién eres. Tu música me gusta de verdad.» Parecía muy contento de que me hubiera acercado a su asiento. Entonces dije yo: «Milton, tú me hiciste algo, a mí y a las personas con quienes tocaba tiempo atrás, que siempre he recordado, y siempre me he dicho que si un día te tenía cerca te haría saber cómo me sentí cuando aquella noche dijiste lo que dijiste.» Él me miraba ahora con extrañeza, pues evidentemente no sabía a qué me refería. Mientras tanto, yo sentía que la ira de aquella noche volvía a despertar en mi interior, y supongo que ello se me notaba en la cara. Le repetí lo que él había dicho y le recordé cómo él y sus amigos se habían reído de nosotros. Al instante se puso rojo; estaba confundido y sin duda había olvidado por completo el incidente. Así que añadí: «No me gustó lo que tú nos llamaste aquella noche, Milton, ni a nadie en la banda le gustó tampoco cuando les conté lo que habías dicho. Algunos incluso lo habían oído como yo.»

Su aspecto era ahora lastimoso, ya lo imaginas. Articuló: «Lo lamento mucho, muchísimo.» Y yo le dije: «Sé que lo lamentas. Pero sólo lo lamentas en este momento, lo lamentas después de que te lo he recordado, porque entonces no lo lamentaste.» Y di media vuelta y regresé a mi asiento, me senté y no le dije ni una palabra más.


Y un texto que lo humaniza bastante, sobre su relación de amor/amistad con Juliette Greco.

Bien, atravesamos todo el vestíbulo, que ahora estaba silencioso como un mausoleo, tomamos el ascensor y subimos a la suite de Juliette. Ella abrió la puerta, me rodeó con sus brazos y me dio un gran beso. Yo le presenté a Art, que estaba detrás de mí muy cohibido, y vi cómo la alegría se desvanecía de su cara. Es decir, fue evidente que lo que menos deseaba era ver, en aquel momento y allí, a aquel negrito. Estaba verdaderamente decepcionada. Pero, en fin, entramos, y su aspecto era el de una hijaputa total, más bella aún de como la recordaba. Mi corazón latía aceleradamente y procuraba tener mis emociones bajo control, por lo que reaccioné ante Juliette mostrándome frío con ella. Adopté mi papel de macarra negro.

Principalmente porque estaba asustado, y también porque la actitud de macarra se me había pegado mientras fui un yonqui. Le dije: «Juliette, dame algo de dinero. ¡Necesito dinero ahora mismo!» Ella fue en busca de su bolso, sacó unos billetes y me los dio. Pero su cara mostraba una expresión de completo asombro, como si no creyera lo que estaba ocurriendo. Yo cogí el dinero y di unas vueltas en derredor, mirándola fríamente. En mi fuero interno ansiaba abrazarla y hacerle el amor, pero sentía miedo de las consecuencias que aquello tendría para mí, miedo de no ser capaz de dominar mis emociones.

Al cabo de unos quince minutos le dije que tenía algo que hacer. Ella me preguntó si volvería a visitarla, si no sería posible que fuera a España con ella cuando rodase la película. Le respondí que lo pensaría y la llamaría más adelante. Dudo que nadie la hubiese tratado anteriormente de aquel modo; tantos hombres la admiraban y deseaban que probablemente habría conseguido siempre lo que quiso. Cuando me dirigía a la puerta, me preguntó: «Miles, ¿realmente volverás?» 

«Vamos, cállate. ¡He dicho que te llamaré más adelante! » En mi interior anhelaba que ella encontrase algún medio de obligarme a quedarme. Pero la había humillado tanto en aquel reencuentro que el desconcierto le impidió hacer otra cosa que dejarme marchar. Más tarde llamé y le dije que estaba demasiado ocupado para ir con ella a España, pero que, si iba a Francia más adelante, trataría de localizarla. Estaba tan perpleja que no supo qué hacer, pero accedió a que nos viéramos en un próximo futuro, cuando yo fuese a Francia. Me dio su dirección y número de teléfono, colgó, y así quedó la cosa.

A la larga volvimos a reunirnos y fuimos amantes muchos años. Le conté cuál era mi problema cuando la visité en el Waldorf, y lo comprendió y me perdonó, aunque reconocía que se había sentido extremadamente confusa y frustrada por la forma en que la traté. En una de sus últimas películas (una película de Jean Cocteau, creo) se la ve colocando una foto mía sobre una mesa, junto a su cama, claramente reconocible.

Éste fue, pues, uno de los aspectos en que cambié desde mi drogadicción: me había encerrado en mí mismo para protegerme de lo que consideraba un mundo hostil. Y a veces, como en el caso de Juliette Greco, no sabía quién era mi amigo y quién mi enemigo, y en muchas ocasiones no me paraba a averiguarlo. A fin de protegerme no permitía a casi nadie que penetrase en mis sentimientos y emociones. Durante mucho tiempo me dio resultado.