lunes, 6 de julio de 2026

Anacreónticas


Por culpa de los libros de texto, el concepto 'poesía anacreóntica' se asocia a una idea de poesía pomposa, afectada y carente de sinceridad y de profundidad. La poesía anacreóntica española nos parece (sin conocerla) compuesta como simple imitación de escuela; una poesía con la que justificar la técnica y la incapacidad para emocionar. Sin embargo, la lectura de los versos anacreónticos griegos nos descubre una obra fresca, ligera, que canta al amor y al vino como plegarias dionisiacas y que acompañan la vida cotidiana (aún en el presente). Solo durante el Neoclasicismos, autores academicistas replicaron de forma rígida, artificial y llena de adornos lo que milenios antes hicieron los poetas griegos. 

Anacreonte no existe. No es el autor de los poemas, sino una figura legendaria que inspiró a los poetas anacreónticos. El Anacreonte histórico fue un poeta griego del que no nos queda ni un verso y que nació aproximadamente después de la muerte de Safo, entre los años 574 y 485 a.C. Sus versos hedonistas cantaron a los placeres del amor, a la espiritualidad del vino (como bien conocen los católicos) como una forma de rechazo al sufrimiento de la guerra, a la vejez y a la muerte. Es decir, una filosofía de vida que enlaza con el culto a Dionisio, Pero su se ha perdido completamente.  

No quedan rastros de los versos de Anacreonte, salvo comentarios y citas de dudosa adjudicación, y quizás, variantes de variantes casi con toda seguridad, apócrifos. No obstante, ha pasado a la posteridad como el poeta de los banquetes; de algún modo, la encarnación del culto a Dionisio (dios cuya misión espiritual era librar a la humanidad de la tristeza). Lo que conocemos como poesía anacreóntica es una colección de imitaciones tardías inspirados por el empuje anacreóntico y que se expresa en poemas breves compuestos entre los siglos III antes de Cristo y el siglo VI después de nuestra era. Nueve siglos sobre los que la poesía se mantiene con una homogeneidad sorprendente. Un ejemplo: 

Dadme la lira de Homero,
pero sin cuerdas sangrientas. 
Traedme copas rituales, y haré la debida mezcla. 
Bailaré como un beodo, 
y, con locura serena, 
al son del laúd cantando, 
al vino le haré un poema. 
Dadme la lira de Homero, 
pero sin cuerdas sangrientas.

Sabemos que Dionisio representa un tipo de espiritualidad presente en todo el mediterráneo, más allá de la simple ostentación del hedonismo, del sexo, de la locura y la embriaguez. El éxtasis divino y la permean estos cantos a la sensualidad que pueden leerse como odas a la ligereza de espíritu o como manifestaciones cotidianas de una espiritualidad profunda. Debemos olvidarnos de la caricatura aburguesada que los romanos hicieron de Dionisio y recuperar su máscara sagrada como misterio de la vida y la muerte, la locura y la trascendencia. Para los romanos Dionisio se reduce a Baco, un dios obeso y borracho. Dionisio, al igual que el cristo es la deidad de la Zoé (la vida indestructible), pero también el de la locura sagrada, el éxtasis místico, la negación del yo, el desmembramiento, la extinción y la paradoja existencial entre divinidad y humanidad. 

Aunque las anacreónticas han pasado a la historia como amenizaciones poéticas de los banquetes, tampoco debemos reducirlos a nuestra perspectiva vital práctica y hedonista. El banquete griego era también una actividad sagrada, porque lo sagrado permeaba la vida. Los banquetes se iniciaban con libaciones de vino como en la eucaristía cristiana. Lo vemos en el siguiente fragmento:

Ven tráenos, muchacho, una copa [...] derramando diez cascos de agua y cinco de vino, para que de nuevo pueda yo celebrar a Baco sin insolencia. 

En efecto, beber vino puro suponía introducir en tu interior la locura salvaje, destructiva y bárbara del Dionisio de las Bacantes de Eurípides. Beber vino mezclado racionalmente con agua, permitía alcanzar la eufrosina, la alegría festiva, un estado de gracia divina. La espiritualidad Anacreóntica consiste en el equilibro dionisiaco. 

En el poema VIII se dice: 

No me importan las riquezas de Giges. [...] a mí me importa coronar la cabeza con rosas; el hoy me importa a mí [...] bebe y brinda en honor de Lieo, no sea que venga alguna enfermedad y te diga que tu ya no bebas.

No se trata de simple frivolidad, sino de una postura metafísica ante el destino y la muerte (las moiras y tánatos): la respuesta dionisiaca, la respuesta luminosa de aceptación de la vida frente al mundo oscuro del hades. La luz dionisiaca es la luz espiritual, no la esperanza de una vida mejor sino la intensificación sagrada del presente a través del don de dios, el vino contra la finitud del ser.  

Curiosamente, en estos poemas, en las letrillas flamencas y en la poesía persa y en la árabe de ambiente andalusí se expresan el mismo un profundo paralelismo temático y vitalista centrado en el hedonismo, el vino y el amor. Hazel o Rumi abordan el placer como una vía de escape terrenal. Al igual que Anacreonte cantaba a mezclar vino con la rosa para apaciguar las penas y celebrar la juventud, la lítica árabe clásica cultivó el género báquico (jamriyya), en el que el vino, las flores y las reuniones festivas son los grandes protagonistas. Ambas plantean estructuras breves que destacan por la simplicidad expresiva y el uso de poemas breves independientes de su significado.

Para la critica filológica no hubo una transmisión directa de textos poéticos griegos al árabe, que sí tradujeron a Aristóteles, Platón, Galeno o Ptolomeo. Se supone que ignoraron deliberadamente la poesía y el teatro griegos por su relación con la mitología pagana y porque la métrica era compleja de adaptar al árabe. Sin embargo, la poesía es una manifestación de la cultura y es lógico pensar que si la cultura grecolatina impregnó a la metafísica árabe, también se transmitiera su sensibilidad, ya expandida por todo el mediterráneo. 

La influencia existió aunque de manera ambiental o indirecta: el imperio Abasí se expandió sobre territorios profundamente helenizados como Siria, Mesopotamia y Persia. Los poetas árabes  frecuentaban tabernas regentadas por cristianos, judíos, persas, en las que las costumbres del banquete como cantos de tabernas o juegos de copas, seguían vivas. La forma de vida anacreóntica sobrevivió en la vida nocturna de Oriente medio. Pero también, en el siglo V u VII se escribieron poemas en griego de estilo anacreóntico en las escuelas de retórica de gaza que se trasmitían gracias  la imperio bizantino. El fenómeno se vuelve circular cuando la poesía árabe, preñada del espíritu báquico-dionisiaco anacreóntico resurge en la península en su configuración de Al-Andalus. Se cultivó una poesía en la que el vino, los jardines y el amor cortesano alcanzaron cotas de refinamiento extraordinarias. Cuando los humanistas europeos redescubren durante el Renacimiento el manuscrito de las anacreónticas, se confirma que la sensibilidad europea mantenía el secreto de la espiritualidad hedonista dionisiaca como un impulso humano de evadir la finitud de  la vida. 

Algunos poemas: 

IX

Deja, por los dioses te lo ruego, que beba y beba sin respiro. Quiero, quiero enloquecer. 

Loco fue Alcmeón y loco Orestes, el de desnudos piel asesinos de sus madres. Más yo, no por matar criatura alguna, con solo beber el rojo vino, quiero, quiero enloquecer. 

Antaño loco Heracles, que aljaba temerosa y el arco de Ífito agitaba. Ayax loco antaño, con su escudo, blandiendo el espadón de Héctor. 

Más yo la copa esta y en el pelo esta guirnalda es lo que tengo, no un arco, no una espada. Quiero, quiero enloquecer. 


XII

Cuentan que Atis, el castrado, enloqueció voceando por los montes el nombre y la hermosura de Cibeles. 

Otros en los altos de Claros por beber la parlante agua de Febo, de laureles coronado, su extravío a gritos nos pregonan. 

Más yo, si es saciado de vino, de esencias, de mi amiga, quiero, quiero enloquecer. 


XVIII - A

Dadme, muchachas, dadme de beber del licor de Dionisio sin respiro. Pues por la calor abrasado ya de gemir no ceso. Y dadme guirnaldas de las flores del dios para ceñirme: mi frente las está quemando. 

Pero del ardor de las pasiones, corazón, ¿con qué remedio puedo defenderme?


XX

Dulce en su cantar Anacreonte, dulce Safo. ¡Si haciendo un combinado con esta canción de Píndaro me los sirvieran!

Para mi gusto, los tres licores esos de acercarse Dionisio, la de Pafos luciente, o Eros incluso, los apuraran. 


XXI

Oscura es la tierra porque bebe, y beben los árboles de ella; bebe brisas la mar y de la mar el Sol, y aun del Sol bebe la Luna. 

¿A qué entonces violencia, camaradas, me oponéis porque beber también yo quiero?


XXXVIII

Con gozo bebamos el vino y celebremos a Dionisio, que la danza descubrió y ama los ritmos todos, camarada de los Amores, favorito de Afrodita. Por él nació Embriaguez, por él la Gracia vino al mundo, por él cesa el Pesar, por él se adormece la Aflicción. La mezcla del licor traen muchachos delicados y desterradas son las penas, con ventosa borrasca confundidas. 

Sin más tomemos vino y arrojemos los desvelos. Pues, ¿qué ganas con dolores y pesares? De lo venidero ¿qué sabemos?: la vida para los hombres es incierta. 


MÁS INFORMACIÓN: 

Lengua y literatura: Anacreónticas. Formas principales de la lírica. 

Revista Imán: El alcohol y la creación literaria. 

Poesía: Anacreóntica

Rodrigo Ola y Valdés: Una polémica soterrada: el paso de la poesía anacreóntica a la filosófica

Cervantes virtual: La imitación anacreóntica en Meléndez Valdés. 






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