sábado, 7 de febrero de 2015

Cántico. San Juan de la Cruz




El Cántico de San Juan de la Cruz plantea entre otras cosas el problema de la interpretación del arte: ¿Cómo debe descodificar el receptor una obra artística?

Para San Juan la respuesta era clara: es sus Comentarios imponía la clave que permite una "correcta" interpretación del Cántico, es decir, la lectura religiosa: el sexo como símbolo de la unión con Dios.

No obstante, entiendo que si un texto escrito para explicar un concepto debe ser "explicado" para que pueda ser entendido, alguien ha cometido un gran error (y no precisamente el lector, que podrá hacer con el poema lo que le parezca adecuado).

Basándonos en la literariedad del texto nos encontramos ante un bello poema cargado de erotismo explicito sobre el amor idealista... pero aún más,  es una exploración de la mente de quien idealiza el amor, y por encima de esta idea (que es lo que le da valor al texto) está la concepción de la existencia como un proceso de búsqueda irreversible (de entrar en lo desconocido) que se manifiesta en una transformación de quiénes somos y quiénes hemos sido y, por supuesto, quiénes seremos.

Pero también la idea de que esa transformación se produzca por el contacto con los demás y surja el amor como la fuente de esta transformación irreversible (pero deseable) tanto en el amante que busca a la persona amada como en el encuentro...

Me resulta inevitable pensar en un verso de otro místico a su modo, más cercano y decadente, vaciado de contenido por la cultura pop, Leonard Cohen quien en su poemario La energía de los esclavos escribió:

quién podría haber imaginado que el corazón envejece del contacto con otros. 


1

¿Adónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti, clamando, y eras ido. 

Al contrario de lo habitual en la tradición poética renacentista y medieval, no se inicia el poema con una localización del entorno, sino con una pregunta (invocación) al amado. Una demanda que no tiene lugar ni tiempo: una narración situada en un entorno indefinido: abstracto. Pero además, esta primera estrofa se desplaza en la memoria con unos divertidos saltos temporales: cada verso retrocede en el tiempo: el amado se esconde después de abandonarla, huyó tras haberla herido, para después avanzar la narración más allá del primer verso iniciando la primera parte del poema: la búsqueda del amado por parte de la amada, claro. El ciervo, símbolo del encuentro sexual dejando claro desde el comienzo el tono del poema.


2

 Pastores, los que fuerdes
allá, por las majadas, al otero,
si por ventura vierdes
aquél que yo más quiero,
decidle que adolezco, peno y muero.   



Comienza la búsqueda preguntando a los pastores. Pero lo más bonito de la estrofa es la expresión de la proyección interior de la mujer: el único rasgo que conoceremos del amado (y por el que debe ser reconocido) es una percepción subjetiva de la amada: aquel que yo más quiero. Su amor por él es lo que le identifica (le hace reconocible a los demás), situando el poema en el plano de la consciencia o de la inconsciencia o, seguro, en el mundo interior de la amada: su imaginación.



3


Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.  

Además de la aparición por primera vez del símbolo sexual más extendido en todas las culturas (las flores), la equivalencia con la estrofa primera en el tiempo verbal futuro.


4

¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado,
decid si por vosotros ha pasado! 

Estrofa de transición: invocación a las criaturas. Comienza la comunicación con la naturaleza (recuerdo de Baudelaire: la naturaleza es un bosque donde vivos pilares...) o la naturaleza entendida como un lenguaje que puede ser interpretado. 


5

Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura. 

Alguna gente dice que esta estrofa es la respuesta de las criaturas, yo prefiero pensar que es la respuesta que la amada cree que le darían las criaturas, como hablándose a sí misma con otra voz. 


6

¡Ay, quién podrá sanarme! 
Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras enviarme
de hoy más ya mensajero,
que no saben decirme lo que quiero.  

Me gusta mucho el segundo verso "acaba de entregarte ya de vero" que nos conduce al primer contacto fallido de la primera estrofa, cuando el ciervo "la hirió" y el amado desapareció, dejando claro que hubo un encuentro frustrado. De nuevo la naturaleza como "mensajero" de una verdad que debe ser descifrada.


7

Y todos cantos vagan,
de ti me van mil gracias refiriendo.
Y todos más me llagan,
y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo.

Prácticamente lo mismo que la anterior.


8

Mas ¿cómo perseveras, 
oh vida, no viviendo donde vives,
y haciendo, porque mueras,
las flechas que recibes,
de lo que del amado en ti concibes?

Muy bellos los dos últimos versos las flechas que recibes de lo que del amado en ti concibes. El poema se enmarca en el neoplatonismo, en el concepto del ideal, es decir, "el concepto perfecto, ideal, que no existe y debe ser perseguido": por lo tanto, el amado no existe, más que en su interior y las flechas que la hieren son las contradicciones entre la realidad y el idealismo. 


9

¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?
Y pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste,
y no tomas el robo que robaste?   

"Aqueste corazón" para objetivar la pregunta: la amada se aleja de sí misma. "Assí le dejaste": es absurdo emplear el adverbio "así" en literatura, ya que debe ir acompañado de un gesto o una imagen o no expresa nada. Esa es la cuestión: el estado de su alma no puede describirse con palabras. 


10

Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacellos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos,
y sólo para ti quiero tenellos


11

Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshazellos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos,
y sólo para ti quiero tenellos.

Para ser tan idealistas y tan espirituales esta gente le daba mucha importancia a lo que entra por los ojos. No obstante, la estrofa 11 se funde en la reflexión interior entristecida justo antes de rebasar el climax de desesperanza del poema que explotará en la estrofa siguiente:


12 

¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados,
formases de repente
los ojos deseados,
que tengo en mis entrañas dibujados!  

Hemos llegado al momento en el que la amada se desespera. Lo bonito de esta estrofa es que aparece la fuente: el símbolo sexual más repetido en la lírica tradicional española: el lugar en el que se encuentran (se miran) por primera vez los enamorados, además de su simbología como fuente-agua-espejo: las visiones, el reflejo interior, etcétera. 


13

 ¡Apártalos, amado,
que voy de vuelo!

                  Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma,
al aire de tu vuelo, y fresco toma.  

Termina la búsqueda después de la desesperación de la amada como si reconocer su impotencia fuese lo único que le permitiera entregarse al amado, quien habla por primera vez (vuelvete paloma, etc.) en el poema. Su voz es firme y autoritaria: no hay bondad ni compasión en él (ni aquí ni en ningún momento del poema).


14

 ¡Mi amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos;  


15

La noche sosegada,
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora;  

Vuelve a tomar la palabra la amada: la simple mención de la realidad es una invocación y una celebración: la calidad de sus sentimientos no pueden expresarse más que nombrando y al nombrar se apropia de la realidad. La mujer ya está preparada, el tono del poema se relaja y se prepara el lecho (el entorno en el que ella se siente segura) y la soledad de los amantes.


16

Caçadnos las raposas,
questá ya floescida nuestra viña,
en tanto que de rosas
hazemos una piña,
y no parezca nadie en la montaña.

Lo que he dicho ya. Las raposas representan el peligro del que están a salvo, la viña florecida (la sexualidad, la fertilidad, el símbolo cristiano, también el vino) las rosas, (de nuevo el sexo y la fertilidad) y el lugar oculto y solitario, donde desde siempre se ocultan los enamorados para hacer algo más que charlar, pero también el santuario: el lugar de oración, reflexión y meditación. 


17

detente, cierço muerto;
ven, austro, que recuerdas los amores
aspira por mi huerto,
y corran tus olores,
y pacerá el amado entre las flores.


18

¡O ninfas de Judea!,
en tanto que en las flores y rosales
el ámbar perfumea,
morá en los arrabales,
y no queráis tocar nuestros humblares.

No sé a vosotros, pero a mí me parece la escena de sexo explícito más bonita que he leído nunca. Para ser Santo, parece que san Juan sabía de lo que hablaba.  


19

Escóndete, Carillo,
y mira con tu haz a las montañas,
y no quieras dezillo;
más mira las compañas
de la que va por ínsulas estrañas.

Diría que después del tan ansiado encuentro (sexual) con el amado, la duda y la desconfianza ocupan la mente de la amada. También ese recuerdo y la percepción de sí misma (en el pasado, aunque escrito en presente): la que va por ínsulas estrañas.


20

A las aves lijeras, 
leones, ciervos, gamos saltadores,
montes, valles, riberas,
aguas, ayres, ardores,
y miedos de las noches veladores:

Otra enumeración, pero diferente: habla el amado de nuevo con voz autoritaria, la presencia de la preposición "a" nos adelanta que aparecerá un verbo, una acción, una orden. ¿A qué se refiere con "ardores"?


21

Por las amenas liras
y canto de serenas os conjuro
que cesses vuestras yras
y no toquéis al muro,
porque la esposa duerma más siguro.

Entiéndase "sirenas" por "serenas" y el conjuro... ¿no estábamos en el mundo católico? Aparece el verbo esperado, la acción, la orden del amado a las criaturas: proteger a la amada mientras duerme después de la unión, del encuentro.


22

Entrado se a la esposa
en el ameno huerto desseado,
y a su sabor reposa,
el cuello declinado
sobre los dulces braços del Amado. 

Por primera vez en el poema vemos un narrador objetivo en tercera persona que no sabemos quién es. Como si cambiara el plano para contarnos lo que acaba de suceder (la unión) desde otra perspectiva.


23

Debaxo del mançano,
allí conmigo fuiste desposada;
allí te di la mano,
y fuiste reparada
donde tu madre fuera violada.

¡¿Dónde tu madre fuera violada?! 

La presencia del manzano nos conduce al jardín del edén y al pecado original: parece ser que lo mismo que condenó a Eva, salva a la amada...


24

La noche sosegada,
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora;  


25

A zaga de tu huella,
las jóvenes discurran al camino;
al toque de centella,
al adobado vino,
emisiones de bálsamo divino.  

La plenitud tras la unión. De nuevo la amada es incapaz de expresar sus emociones sino solamente nombrar lo que ve.


26

En la interior bodega
de mi amado bebí, y cuando salía,
por toda aquesta vega,
ya cosa no sabía
y el ganado perdí que antes seguía. 

Comienza el proceso de transformación: la elevación espiritual a través del sexo y el amor, pero de momento, esta transformación es solo la negación (el olvido) de su pasado.


27



Allí me dio su pecho,
allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
y yo le di de hecho

a mí, sin dejar cosa;

allí le prometí de ser su esposa. 

Rememora la amada todo el proceso desde la perspectiva del presente (de su estado actual) actualizándolo, cambiándolo, como la memoria inaprensible de Proust o Bergson. No creo que sea necesario explicar a qué se refiere con "ciencia muy sabrosa".




28

Mi alma se a empleado,
y todo mi caudal, en su servicio;
ya no guardo ganado, 
ni ya tengo officio,
que ya sólo en amar es mi exercicio.

El ganado, el oficio... lo pastoril, que fue su pasado reciente, queda lejos para la amada en su estado actual de conciencia. La unión con el amado la ha transformado en algo entendemos que superior: la elevación espiritual a través del amor. 


29

Pues ya si en el ejido
de hoy más no fuere vista ni hallada,
diréis que me he perdido;
que andando enamorada,
me hice perdidiza, y fui ganada.

Vuelve a contar su historia de otro modo encarando la última parte del poema... a partir de esta estrofa comienza lo más aburrido del Cántico Espiritual: la invocación al amado. 


30

De flores y esmeraldas,
en las frescas mañanas escogidas,
haremos las guirnaldas,
en tu amor floridas,
y en un cabello mío entretexidas.

Nótese el valor simbólico que tenía la guirnalda o la diadema: la diferenciación. La persona adornada con una diadema o una guirnalda era separado de la media, distinguido: la amada después de la unión, la elevación espiritual, etcétera.


31

En solo aquel cabello
que en mi cuello volar consideraste,
mirástele en mi cuello
y en él presso quedaste,
y en uno de mis ojos te llagaste.


32

quando tú me miravas,
su gracia en mí tus ojos imprimían;
por esso me adamavas,
y en esso merecían
los mios adorarlo que en ti vían.

La transformación a través del amor en el objeto amado. 


33 

No quieras despreciarme
que si su color moreno en mi hallaste,
ya bien puedes mirarme,
después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dexaste.


34
La blanca palomica 
al arca con el ramo se ha tornado 
y ya la tortolica 
al socio deseado 
en las riberas verdes ha hallado.

Ya sabemos lo que le pasa a las tórtolas cuando se emparejan: es para toda la vida. Pero puede que no sea un símbolo positivo de fidelidad (como sublimación del amor eterno) sino del dolor eterno por el abandono. Recuerden el llanto de Dido en Cartago cuando Eneas la abandona. 


35

En soledad vivía,
y en soledad a puesto su nido,
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido.

Otra vez se vuelve a contar la misma historia desde otro punto de vista. No sabemos quién habla, pero parece, por el último verso, que el poder de transformación del amor no está en el momento de la unión de los amantes sino en la herida: el abandono. 


36

Gozémonos, Amado, 
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte y al collado,
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.

Aparte de las palabras y las imágenes eminentemente sexuales ("gozémonos", "do mana el agua pura") es el último verso el que me parece más sugerente: los amantes entrando en la espesura puede significar dos cosas: 1. la búsqueda de un lugar oscuro, cerrado y tranquilo donde dar rienda suelta a su amor (me recuerda a la canción de folcklore americano: Where did you sleep last nigh? In the pines, in the pines Where the sun don't ever shine I would shiver the whole night through, popularizada por Lead Belly y después por Kurt Cobain) y 2. La desaparición oriental del individuo en el cosmos.

               


37

Y luego a las subidas
cabernas de la piedra nos yremos
que están bien escondidas
y allí nos entraremos
y el mosto de granadas gustaremos.

De nuevo, la búsqueda de un entorno apartado y "el mosto de granadas". Inevitablemente me viene a la cabeza otro verso de San Juan del Cantar del alma (quizás uno de mis poemas preferidos de la lírica española): aquella eterna fuente está escondida. También la sabiduría alcanzada por "el que huye del mundanal ruido", etcétera.









38

Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía
y luego me darías
allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día.

El problema del misticismo de San Juan, de su sabiduría y su experiencia mística, es que parece que el conocimiento o la plenitud se encuentran en el exterior, es decir, es otorgada y entregada por el amado (la visión católica). A no ser, cómo decíamos al principio, que el amado no exista más que en la imaginación de la amada (de quien busca) y es solo en la caverna, en el bosque apartado, en la espesura metáfora de la soledad del mundo interior, donde es posible alcanzar este conocimiento. Por cierto, con "aquello que me diste el otro día" se refiere a "la ciencia sabrosa", "al mosto de la granada", etcétera.


39

El aspirar de el ayre,
el canto de la dulce filomena,
el soto y su donayre
en la noche serena,
con llama que consume y no da pena.

El poema va terminando y se cierra con la idea de una plenitud tranquila de algo que se consume y desaparece: la vida terrenal y se transforma en otra cosa: la vida espiritual. Filomena es la primavera.


40

Que nadie lo mirava
Aminadab tampoco parescía,
y el cerco sosegaba
y la cavallería
a vista de las aguas descendía.

Extraña estrofa para cerrar el poema. Aún así, sugiere cierta tranquilidad y reposo: "el cerco sosegaba...". Pero soy incapaz de darle un sentido a "Aminadab" ni a la caballería. He leído que la caballería podría ser una representación de la sexualidad (la pasión) masculina, lo que no desentonaría en exceso con el tono del poema y se adaptaría fácilmente al ultimo verso: "a vista de las aguas descendía", el lugar donde se encuentran los amantes, el lugar donde nace el amor, etcétera, como si volvieran a encontrarse de nuevo: ahora de otra manera.



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martes, 3 de febrero de 2015

Diario del ladrón. Jean Genet



Lo mejor del libro es la metáfora que lo introduce:

El traje de los presidiarios es de rayas, rosa y blanco. Si, conminado por un impulso del corazón, elegí yo el universo en que me complazco, al menos puedo descubrir en él los numerosos sentidos que deseo: existe, pues, una relación estrecha entre las flores y los presidiarios. La fragilidad, la delicadeza de aquellas son de la misma naturaleza que la brutal insensibilidad de estos. Si tuviera que representar a un presidiario -o a un criminal- lo adornaría con tantas flores que él mismo, al desaparecer bajo ellas, se convertiría en otra, gigante, nueva...

El libro continua como un viaje casi espiritual a la degradación (hacia lo que se denomina el mal, por amor, corrí una aventura que me llevó a la cárcel) del criminal (el robo, la traición y el asesinato) como camino para encontrarse a sí mismo a través del amor, que no es otra cosa que la ternura hacía el asesino, el ladrón (entendido como el que el ser más alejado de la sociedad).

No obstante, la primera imagen poética del libro (el presidiario como flor), por lo forzada, (buscando el paralelismo entre el tejido y el color del uniforme del preso con la textura de los pétalos de una rosa) por lo forzada, repito, se convierte en un símbolo completo y rotundo cuando Genet lo explica: es su mundo, su libro, su creación, su historia. El escritor puede acercar dos realidades y conceptos aparentemente alejados y convertirlos en una sola imagen y eso es a lo que deben referirse cuando se habla de la libertad en el arte.

La fuerza de está metáfora se mantiene matizando con una visión poética el comportamiento y las descripciones de los personajes (todos pillos como los del cine quinqui) transformando la realidad (el libro está basado en sus vivencias) en algo que va más allá de la experiencia, un mito quizás, en el que incluso parece encontrarse cierta predisposición místicapero no dura mucho tiempo, lamentablemente, y al final la novela solo realismo sucio (eso, o el lector prosaico como yo olvida la magia del principio si no se la recuerdan a lo largo del libro).

Dicen que este libro animó a Bukowsky a escribir por primera vez (por aquello de si este puede, yo también). Sea cierto o no, el escritor americano leyó el Diario del ladrón y es divertido pensar que entonces se imaginaría la exótica ciudad de Cádiz que describe Genet cuando explica cómo vivían las pandillas de mendigos y homosexuales, como manadas de perros salvajes, entre Cádiz y San Fernando:


Stilitano y yo nos fuimos a Cádiz. De tren de mercancías en tren de mercancías llegamos cerca de San Fernando y decidimos continuar el camino a pie. Stilitano desapareció. Se las arregló para darme cita en la estación. No estaba allí (...) 

San Fernando está junto al mar. Decidí ir a Cádiz, construida en medio del agua, pero unida al continente por un espigón muy largo. Cuando emprendí el camino, era por la tarde. Tenía ante mí las altas pirámides de sal de las salinas de San Fernando, y más lejos, en el mar, con la silueta recortada por el sol poniente, una ciudad de cúpulas y minaretes: en la extrema tierra occidental tenía repentinamente la síntesis del Oriente. Por primera vez vez en mi vida desdeñaba a un ser por las cosas. Me olvidé de Stilitano.

Para vivir, iba por la mañana, muy temprano, al puerto, a la "pescadería", donde los pescadores tiran siempre de la barca algunos peces que han pescado por la noche. Todos los mendigos conocen esta costumbre. En vez de ir, como en Málaga, a asarlos al fuego de los demás andrajosos, me volvía solo al medio de las rocas que miran a Puerto Real. El sol nacía cuando mis peces estaban asados. Los comía casi siempre sin pan ni sal. De pie, o echado en las rocas, o sentado en ellas, en el punto más al este de la isla, cara a la tierra, yo era el primer hombre a quien el primer rayo iluminaba y calentaba. Este primer rayo era la primera manifestación de vida. En las tinieblas, en los atracaderos, había cogido el pescado . También en las tinieblas me reintegraba a mis rocas. La llegada del sol me aniquilaba. Le rendía culto. Entre él y yo se establecía como una intimidad maliciosa. Ciertamente lo honraba sin un ritual complicado, no se me hubiera ocurrido imitar a los primitivos, pero sé que este astro se convirtió en mi dios. En mi cuerpo era donde se levantaba, donde proseguía su curva y la terminaba. Si lo veía en el cielo de los astrónomos es porque era la proyección atrevida, en él, del que yo conservaba en mí. Tal vez incluso lo confundía inconscientemente con Stilitano desaparecido.



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sábado, 31 de enero de 2015

El poeta es un fingidor. Fernando Pessoa


La lengua portuguesa es mi nación. 


A pesar de ser el autor de  algunos versos excelentes, Fernando Pessoa no escribía poemas: inventó poetas. Su obra fue la construcción precisa y milimétrica de una generación de autores que llevarían la lengua portuguesa a la altura de la gran potencia en la que se convertiría Portugal, como esperaba Pessoa y nunca sucedió.

Seguidor (más bien continuador) de la profecía mesiánica de Bandarra sobre el retorno del rey Sebastián I (que regresaría de la muerte para devolver el honor y el poder a Portugal), para Pessoa 'el deseado' no se levantaría de la tumba, sino que regresaría en la figura del supracamoes: el poeta de portugal. Muy probablemente Pessoa pensaba en sí mismo...

Y en cierto sentido lo fue, Pessoa, el poeta de Portugal, aunque realmente su nombre (y su imagen: las gafas, el sombrero y el bigote, y su mirada pensativa y triste) están ligados a la hermosa ciudad donde nació: Lisboa. Pero como decíamos antes, Pessoa no escribió poemas (aunque los escribiese) sino que dio vida a una generación de poetas que escribían sus propias poemas diferentes de los de Pessoa: sus heterónimos (no confundir heterónimo con seudónimo: el segundo término se utiliza para esconder al autor, y el heterónimo es un poeta que nace dentro del autor pero diferente, libre y dotado de autonomía: un amigo invisible).

De hecho las descripciones y biografías eran tan detalladas y la cosmovisión de cada poeta tan completa, que durante un tiempo algunos se pensaron que eran reales... No podemos conocer a Pessoa a través de sus poemas pero sus heterónimos son el reflejo del estado de su consciencia:

Conocida es la historia de la única mujer con la que se le conoce una relación. Mientras se escribía y se citaba con Pessoa, recibía amenazas del poeta Álvaro de Campos (uno de sus heterónimos) y un día el poeta llegó a su casa, tarde, a una cita y ella le llamó por su nombre: Pessoa... y él contestó: soy Álvaro de Campos, deja de perjudicar a Fernando...

La linea divisoria entre lo que el poeta sentía y lo que quería sentir y las contradicciones entre sus heterónimos, a veces claras y evidentes, hace pensar que en realidad cada ser humano es en potencia todo lo que se puede ser, todas las posibilidades, y es nuestra educación y experiencia la que enciende unas velas y apaga otras...


De Fernando Pessoa:

Todas las cosas que hay en el mundo
tienen su historia,
salvo esas ranas en lo profundo
de mi memoria.

Cualquier lugar del mundo tiene
un donde estar,
salvo este charco del que me viene
este croar.

Sobre los juncos la luna se alza
falsa demás,
y al triste charco su luz realza
menos y más.

¿Dónde, en qué vida, fue verdadero
lo que me acuerdo
cuando oigo ranas en un estero
que no recuerdo?

Nada. Entre juncos duerme un mutismo.
Croan ufanas
de un alma antigua que hay en mí mismo,
sin mí, las ranas.


De Alberto Caeiro: 

El Tajo es más bello que el río que corre por mi aldea,
pero el Tajo no es más bello que el río que corre por mi aldea
porque el Tajo no es el río que corre por mi aldea.


El Tajo tiene grandes navíos
y todavía navega en él,
para quienes en todo ven lo que ya no existe,
la memoria de las naos.


El Tajo baja de España
y el Tajo entra en el mar en Portugal.
Todo el mundo lo sabe.
Pero pocos sabes cuál es el río de mi aldea
y para dónde va
y de qué sitio viene.
Y por eso, porque pertenece a menos gente,
es más libre y mayor el río de mi aldea.


Por el Tajo se va al Mundo.
Más allá del Tajo está América
y la fortuna de quienes la encuentran.
Nadie ha pensado nunca en lo que hay más allá
del río de mi aldea.


El río de mi aldea no hace pensar en nada.
Quien se encuentra a su lado, sólo a su lado está.




No basta abrir la ventana
para ver los campos y el río.
No es suficiente no ser ciego
para ver los árboles y las flores.
También es necesario no tener ninguna filosofía.
Con filosofía no hay árboles: sólo hay ideas.
Hay sólo cada uno de nosotros, como un sótano.
Hay sólo una ventana cerrada, y todo el mundo afuera;
y un sueño de lo que se podría ver si la ventana se abriese,
que nunca es lo que se ve cuando se abre la ventana.




De Ricardo Reis

Ven a sentarte conmigo, Lidia
a la orilla del río.
Con sosiego miremos su curso
y aprendamos que la vida pasa,
y no estamos cogidos de la mano.
(Enlacemos las manos.)

Pensemos después, niños adultos,
que la vida pasa y no se queda,
nada deja y nunca regresa,
va hacia un mar muy lejano,
hacia el pie del Hado,
más lejos que los dioses.
Desenlacemos las manos,
que no vale la pena cansarnos.
Ya gocemos, ya no gocemos,
pasamos como el río.
Más vale que sepamos pasar
silenciosamente y sin desasosiegos.
Sin amores, ni odios, ni pasiones
que levanten la voz,
ni envidias que hagan a los ojos
moverse demasiado,
ni cuidados, porque si los tuviese
el río también correría,
y siempre acabaría en el mar.
Amémonos tranquilamente,
pensando que podríamos,
si quisiéramos,
cambiar besos y abrazos y caricias,
mas que más vale estar sentados
el uno junto al otro
oyendo correr al río y viéndolo.

Cojamos flores, cógelas tú y déjalas
en tu regazo, y que su perfume suavice
este momento en que sosegadamente
no creemos en nada,
paganos inocentes de la decadencia.
Por lo menos, si yo fuera sombra antes,
te acordarás de mí
sin que mi recuerdo te queme
o te hiera o te mueva,
porque nunca enlazamos las manos,
ni nos besamos
ni fuimos más que niños.
Y si antes que yo llevases el óbolo
al barquero sombrío,
no sufriré cuando de ti me acuerde,
a mi memoria has de ser suave
recordándote así, a la orilla del río,
pagana triste y con flores en el regazo.



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domingo, 25 de enero de 2015

Poema en veinte surcos. Julia de Burgos



Me sorprende no encontrar a la poeta puertoriqueña Julia de Burgos en ninguna de las enormes antologías que recopilan los mejores poemas en castellano de todos los tiempos. Siempre incluyen a pocas mujeres, es un hecho. En el siglo XX como mínimo nombran a Alfonsina Storni o Gabriela Mistral, pero nunca a Alejandra Pizarnick y resulta extraño que tampoco mencionen a quien probablemente (con su corta obra) sea una de las poetas más interesantes que hayan escrito en castellano (además con poemas tan bonitos y "antologables" como Río Grande de Loíza).

Yo la conocí gracias a escribir en este blog (con lo que ya ha merecido la pena) una entrada sobre Alfonsina Storni, precisamente. Me equivoqué y la ilustré con una foto de Julia de Burgos sugerida por Google (parece que hasta Google está empecinada en borrarla del mapa) y gracias a un comentario pude solucionar el error. Me sentí tan mal por haberla negado como San Pedro que busqué sus libros (que no son tan fáciles de encontrar) para conocerla. La sorpresa fue grande: se trata de una poeta cuya obra no entronca con la corriente castellana española (a veces tan egocéntrica y anecdótica) y se acerca sensiblemente (aunque no le dio tiempo de desarrollar su obra) a experiencias poéticas como las de Anne Sexton o Sylvia Plath.


El caso es que su obra es una cosa diferente al resto porque no parece que el castellano sea el idioma que defina su cosmovisión del mundo (o que su cosmovisión del mundo se adapte al castellano), aunque escriba en esta lengua nuestra como si tuviese que hacer una traducción simultánea de un idioma que no es lenguaje, sino consciencia.

De vida compleja y por momentos desarraigada (cultural y emocionalmente) la liberación femenina es un tema creciente en sus obra alentando la reivindicación feminista. Un ejemplo es su poema Yo misma fui mi ruta (Ya definido mi rumbo en el presente / me sentí brote de todos los suelos de la tierra / de los suelos sin historia / de los suelos sin porvenir / del suelo siempre suelo sin orillas / de todos los hombres y de todas las épocas) que invitaba a las mujeres puertorriquieñas de la generación de los años treinta, en plena lucha por sus derechos, a concienciarse de tres factores importantes: su potencial como mujer, el manejo de sus propias vidas y no sentirse inferiores.

Como casi todas las mujeres de las que he escrito en este blog, Julia de Burgos murió joven (no se suicidó) a los 39 años desplomándose repentinamente en una calle de Nueva York.  Quizás no le dio tiempo de hacerse un nombre en el mundo literario o quizás es otra cosa (como Alejandra Pizarnik) el motivo por el que no se la incluye en las antologías...



Yo misma fui mi ruta

Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese:
un intento de vida;
un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes,
y mis pies planos sobre la tierra promisoria
no resistían caminar hacia atrás,
y seguían adelante, adelante,
burlando las cenizas para alcanzar el beso
de los senderos nuevos.

A cada paso adelantado en mi ruta hacia el frente
rasgaba mis espaldas el aleteo desesperado
de los troncos viejos.

Pero la rama estaba desprendida para siempre,
y a cada nuevo azote la mirada mía
se separaba más y más y más de los lejanos
horizontes aprendidos:
y mi rostro iba tomando la expresión que le venía de adentro,
la expresión definida que asomaba un sentimiento
de liberación íntima;
un sentimiento que surgía
del equilibrio sostenido entre mi vida
y la verdad del beso de los senderos nuevos.

Ya definido mi rumbo en el presente,
me sentí brote de todos los suelos de la tierra,
de los suelos sin historia,
de los suelos sin porvenir,
del suelo siempre suelo sin orillas
de todos los hombres y de todas las épocas.

Y fui toda en mí como fue en mí la vida…

Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese:
un intento de vida;
un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes;
cuando ya los heraldos me anunciaban
en el regio desfile de los troncos viejos,
se me torció el deseo de seguir a los hombres,
y el homenaje se quedó esperándome.



Momentos


Yo, fatalista, 

Mirando la vida llegándose y alejándose 

De mis semejantes. 

Yo, dentro de mí misma, 
Siempre en espera de algo 
Que no acierta mi mente. 

Yo, múltiple, 
Como en contradicción, 
Atada a un sentimiento sin orillas 
Que me une y me desune, 
Alternativamente, 
Al mundo. 

Yo, universal, 
Bebiéndome la vida 
En cada estrella desorbitada, 
En cada grito estéril, 
En cada sentimiento sin orillas. 

¿Y todo para qué? 
--Para seguir siendo la misma. 



Nada 


Como la vida es nada en tu filosofía,
brindemos por el cierto no ser de nuestros cuerpos.

Brindemos por la nada de tus sensuales labios
que son ceros sensuales en tus azules besos;
como todo azul, quimérica mentira
de los blandos océanos y de los blancos cielos.

Brindemos por la nada del material reclamo
que se hunde y se levanta en tu carnal deseo;
como todo lo carne, relámpago, chispazo,
en la verdad mentira sin fin del Universo.

Brindemos por la nada, bien nada de tu alma,
que corre su mentira en un potro sin freno;
como todo lo nada, buen nada, ni siquiera
se asoma de repente en un breve destello.

Brindemos por nosotros, por ellos, por ninguno;
por esta siempre nada de nuestros nunca cuerpos;
por todos, por los menos; por tantos y tan nada;
por esas sombras huecas de vivos que son muertos.

Si del no ser venimos y hacia el no ser marchamos,
nada entre nada y nada, cero entre cero y cero,
y si entre nada y nada no puede existir nada,
brindemos por el bello no ser de nuestros cuerpos.


Ay ay ay de la grifa negra

Ay ay ay, que soy grifa y pura negra;

grifería en mi pelo, cafrería en mis labios;

y mi chata nariz mozambiquea.


Negra de intacto tinte, lloro y río

la vibración de ser estatua negra;
de ser trozo de noche,
en que mis blancos dientes relampaguean;
y ser negro bejuco
que a lo negro se enreda
y comba el negro nido
en que el cuervo se acuesta.
Negro trozo de negro en que me esculpo,
ay ay ay, que mi estatua es toda negra.



Dícenme que mi abuelo fue el esclavo

por quien el amo dio treinta monedas.
Ay ay ay, que el esclavo fue mi abuelo
es mi pena, es mi pena.
Si hubiera sido el amo,
sería mi vergüenza;
que en los hombres, igual que en las naciones,
si el ser el siervo es no tener derechos,
el ser el amo es no tener conciencia.



Ay ay ay, los pecados del rey blanco

lávelos en perdón la reina negra.
Ay ay ay, que la raza se me fuga
y hacia la raza blanca zumba y vuela
hundirse en su agua clara;
tal vez si la blanca se ensombrará en la negra.



Ay ay ay, que mi negra raza huye

y con la blanca corre a ser trigueña;
¡a ser la del futuro,
fraternidad de América!



Río Grande de Loíza


¡Rio Grande de Loíza!... Alárgate en mi espíritu

y deja que mi alma se- pierda en- tus riachuelos

para buscar la fuente que te robó de niño
y en un ímpetu loco te devolvió al sendero.



Enróscate en mis labios y deja que te beba,

para sentirte mío por un breve momento,
y esconderte del mundo y en ti mismo esconderte,
y oír voces de asombro en la boca del viento.



Apéate un instante del lomo de la tierra,

y busca de mis ansias el íntimo secreto;
confúndete en el vuelo de mi ave fantasía,
y déjame una rosa de agua en mis ensueños.



¡Río Grande de Loíza!... Mi manantial, mi río,

desde que alzome al mundo el pétalo materno;
contigo se bajaron desde las rudas cuestas,
a buscar nuevos surcos, mis pálidos anhelos;
y mi niñez fue toda un poema en el río,
y un río en el poema de mis primeros sueños.



Llegó la adolescencia. Me sorprendió la vida

prendida en lo más ancho de tu viajar eterno;
y fui tuya mil veces, y en un bello romance
me despertaste el alma y me besaste el cuerpo.



¿A dónde te llevaste las aguas que bañaron

mis formas, en espiga de sol recién abierto?


¡Quién sabe en qué remoto país mediterráneo

algún fauno en la playa me estará poseyendo!


¡Quién sabe en qué aguacero de qué tierra lejana

me estaré derramando para abrir surcos nuevos;
o si acaso, cansada de morder corazones,
me estaré congelando en cristales de hielo!



¡Río Grande de Loíza!... Azul. Moreno. Rojo.

Espejo azul, caído pedazo azul de cielo;
desnuda carne blanca que se te vuelve negra
cada vez que la noche se te mete en el lecho;
roja franja de sangre, cuando bajo la lluvia
a torrentes su barro te vomitan los cerros.



Río hombre, pero hombre con pureza de río,

porque das tu azul alma cuando das tu azul beso.


Muy señor río mío. Río hombre. Unico hombre

que ha besado mi alma al besar en mi cuerpo.


¡Río Grande de Loíza!... Río grande. Llanto grande.

El más grande de todos nuestros llantos isleños,
si no fuera más grande el que de mí se sale
por los ojos del alma para mi esclavo pueblo.







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domingo, 18 de enero de 2015

Poemas 1934-1952. Dylan Thomas



Al escucharle recitar, los poemas de Dylan Thomas adquieren una nueva dimensión porque suenan como himnos o salmos religiosos (la oración como poema) y su voz parece la de un sabio. Es un dato histórico que Robert Zimmerman se transformó en Bob Dylan gracias a este poeta de vida excesiva y caótica que anunciaba la libertad y el misticismo americano que luego reclamarían los beats.

Dicen que a los cuatro años era capaz de recitar Ricardo II de Shakespeare de memoria, lo que explicaría su sentido rítmico virtuoso y su profunda y dramática (teatral) visión poética, porque hay algo de shakesperiano en su obra, pero también de esotérico y religioso, al menos en lo que el esoterismo y la religión tienen de simbólico: es decir, la comunión con el entorno, la comprensión del mundo que nos rodea a través del rito y de la imagen: la metáfora, que es el modo autenticamente poético.


La simbología celta o bíblica para hablar del ser humano en la naturaleza, pero además, un ritmo y un verbo musicales que conducen los poemas hacia la idea de exuberancia. Dicho por el mismo Dylan Thomas: "la poesía debe ser tan orgiástica como la cópula, divisoria y unificadora, personal pero no provocativa, propagando al individuo en la masa y a la masa en el individuo".

Dylan Thomas es el ejemplo de artista autodestructivo que contrasta con el contenido trascendental de su obra. Sirva para explicarlo el relato de su muerte, que por cierto no está claro del todo: una joven cuenta que un hombre borracho se le acercó y le habló sobre la pérdida de su primer amor, le regaló un libro antes de tirarse a las vías del tren, parece que acababa de enterarse de la muerte de su primera amada de juventud, Rose Souther y de su hija. La intencionalidad de su muerte es incierta, también el relato de su antiguo amor, pero dicen que sus últimas palabras fueron:

He bebido 15 vasos de whisky, creo que es todo un record. 

Hay una cosa que me gusta mucho de este libro y aunque suene un poco tonto lo disfruto de vez en cuando: el índice. Leer los primeros versos que titulan los poemas de Dylan Thomas, en orden, deja claro que el poeta entendía el poema como una construcción en el que el verso es el ladrillo y las imágenes van acumulándose sobre la base, los cimientos, que se asientan en el primer verso. Un primer verso fallido haría temblar el poema, pero no es el caso de Dylan Thomas, claro:

La fuerza que por el verde tallo impulsa la flor...

Antes de que llamara...

En un principio...

La luz penetra donde no brilla el sol...

La mano que firmó el papel...

Y la muerte no tendrá señorío...

La losa decía cuando ella murió...

La conversación de los rezos...

Poema en octubre...

No entres docilmente en la noche callada...

Cuento de invierno...

Había un salvador...

Desposorio de una virgen...

En mi oficio u hosco arte...

Visión y oración...

El alcor de los helechos...

En el muslo del gigante blanco...





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domingo, 11 de enero de 2015

En Grand Central Station me senté y lloré. Elizabeth Smart



Puede ocurrir que al poeta la poesía se le quede pequeña. Es decir, que la forma métrica y rítmica, que sus cláusulas, el verso, no le permitan expresar completa y libremente la parte emocional de su poesía que se compone no sobre el papel, sino en la conciencia.

Entonces, lo natural es que el poeta busque otro género, otro lenguaje (la prosa) para desarrollar su trabajo y en este proceso el poeta se encuentra con la novela. Pero es solo una asimilación formal, en esencia continua siendo poesía (pero también novela). La trama y la tensión narrativa se difuminan en la imagen simbólica de la poesía y los tiempos crecen: el capítulo es el periodo, los párrafos versos y el contenido digamos poético puede dividirse y centrarse en diferentes impresiones que solamente en conjunto crearan la gran imagen del poema.

Dicho esto, En Gran Central Station... se describe a veces como una novela autobiográfica en la que la autora "narra" su pasión por un hombre casado (el poeta George Baker) del que se enamoró (antes de conocerlo) al leer uno de sus libros y del que llegó a tener varios hijos. Pero en este libro, pensado como un poema, Elizabeth Smart no "cuenta" ninguna historia ni hay ninguna acción narrativa.



El proceso es diferente:

Elizabeth Smart descubre una "verdad interior", entendiéndolo como una percepción totalmente consciente que no puede ser explicada a través del lengua, y esta percepción interna está asociada a una emoción que a su vez está relacionada con muchas otras emociones que derivan de sus rutinas y de su experiencia y al mismo tiempo, modifica sus deseos y sus esperanzas de futuro.

Después de esto, independientemente de cuál haya sido el desencadenante (su historia de amor con George Baker), Elizabeth Smart intenta expresarlo, o más bien transcribirlo, pero al hacerlo se da cuenta de que no puede, la única posibilidad es la escritura automática, describir todas las impresiones cercanas a esa verdad interior para conseguir comprenderla de algún modo... La literatura como forma de autoconocimeinto...

El resultado es una novela si se quiere llamar así (o un poema) de una belleza a veces díficil pero de una intensidad constante y extrema. Alucinante. 

(...)

Juego a hacer carreras con el desastre por la Tercera Avenida. El desastre espejea en las aguas del río Hudson. Cuando me atrevo a mirar hacia arriba buscando un signo que me reconforte, inexorables neones resplandecen.
No, nadie se compadecerá de ti en esta ciudad donde el fracaso es sinónimo de vergüenza, y las lágrimas anacronismos, algo que ya no se lleva, ni siquiera en los cines. 
"Mira, guapa, todos tenemos problemas. Anímate, mujer, no hay que tomarse las cosas tan a pecho."
Si en un momento como este consigues sonreír, podrías llegar a ser una estrella de la publicidad. Ahí es nada. Tiene agallas, la chiquita esa. Ahí donde la ves, con ese desparpajo, tiene detrás una tragedia que si yo te contara... Hace muchos años tenía sentimientos, lloraba y todo, te lo aseguro. Sí, era un ser humano como tú y como yo, claro que de eso hace muchos años. ¿Pero ves a dónde se puede llegar? Está ganando quince mil dólares al año, como quien no quiere la cosa. 

(...)

La hierba está ya verde en el campo. Mi imaginación se aferra a esa realidad como a una bolsa de agua caliente, y se aturde con ella, y la usa como una droga para librar mi corazón de todo lo que lo agita. Mi futuro está ya allí plantado, y mi esperanza se prepara a florecer a la vez que los cerezos. 
Mi amante merodea en torno al asesinato. No puedo llamarle. No puedo decir: mátala de una vez, y tampoco puedo decir: resucítala y quédate con ella para siempre -la única alternativa-.
No está aquí. Se ha ido, del todo. No hay nada más que el globo hinchado. Nada, excepto el brazalete que él puso en mi muñeca, me recuerda que alguna vez estuve viva. Mis ojos apagados, mis días vacantes, sólo demuestran que estoy muerta, no dicen por qué, ni hablan de su existencia. 

Contemplo vagamente los instrumentos del amor, y con frío asombro pregunto: ¿De veras se estremeció el planeta cuando él acercó la mano? El pecho al que antaño él prendía fuego desde lejos yace ahora más frío, menos inflamable que el Everest.
Mi estado presente está lejos del deseo porque lo dejó atrás. Es el estado en que lo insoportable se eclipsa: un estado de coma. Y estoy hasta tal punto sumergida en esta amnesia, en ese purgatorio, que he perdido la fe en el renacimiento: en el fondo no creo en el regreso de la primavera, en el amor, en nuestra bocas unidas.
¿Ocurrió alguna vez? ¿De verdad estuvimos tan juntos, como corrientes que se atraen con tanta fuerza, que terminan por fluir en una sola?
Si conservara la lucidez necesaria para recordar que mi apatía presente procede en línea recta de un amor excesivamente intenso, todo quedaría al servicio del amor, ni suele tampoco acompañar los estados de coma. 
Estoy flotando a la deriva. Sin cabeza. peligrosamente deshabitada.
A veces atisbo un despertar; pero la pesadilla de comprender-demasiado-tarde me estalla como un volcán, esparciendo una niebla todavía más densa. Como un loco que mira con ojos de soslayo, pegados con cola a una cuenta de vidrio, veo ese cerezo y la hierba verde, y procuro enfocarlo, y todo lo encauzo en esa dirección. Con la meticulosidad propia de los locos, terminaré por conseguirlo... 







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miércoles, 7 de enero de 2015

Poesía Completa. Guillermo de Aquitania



Es sabido que el concepto de Amor más usual en occidente surge de la confluencia de la cultura grecolatina y la judeocristiana: es decir la filosofía idealística de Platón y de la revisión católica de San Agustín y, sobre todo, Santo Tomas. Esta ideología predominante en la alta Edad Media mezclada a su vez con el erotismo y el deseo carnal dieron como resultado 'el amor cortés', casi un juego de normas y protocolos en el que el caballero escogía una dama de la corte (que representaba el ideal) y cantaba simbólicamente sus alabanzas y sus progresos desde el grado Fenhedor, en el que el enamorado no osa dirigirse a su amada por considerarse indigno y se limita la contemplación, el suspiro, a la espera de aprobación; el grado Pregador, en el que declara su amor; Entendedor o amigo, si la dama le acepta y el grado Drutz (el menos frecuente) si la dama le permite "dormir" bajo sus sábanas.

Lo cierto es que este ideal del amor desarrollado en provenza es el que aún se mantiene y se potencia en la narrativa y la ficción romántica actual, incluso en lo que se 'entiende' normalmente por 'amor'.

Lo curioso del caso es que su primer y máximo representante, el conde duque Guillermo de Aquitania (no el primer trovador), se dedica a destrozar los mitos, darle la vuelta, romperlos y reñirse de ellos...

Referente absoluto de las vanguardias del siglo XX, es quizás Guillermo de Aquitania el poeta más misterioso y ambiguo de la cultura occidental: desconocemos lo que sabía, pero siempre da a entender que sabe más de lo que dice, valga como ejemplo su célebre canción cuarta:


Haré un poema de la pura nada.
No tratará de mí ni de otra gente.
No celebrará amor ni juventud 
ni cosa alguna,
sino que fue compuesto durmiendo 
sobre un caballo.

De primeras niega todo el contenido de la lírica cortés, la juventud, el amor y la expresión de sentimientos (teniendo en cuenta que las emociones expresadas en esta escuela poética no eran reales sino "lo que se esperaba que debían sentir") y de segundas abre la puerta la puerta al subconsciente y al mundo de lo onírico que ocho siglos más tarde explorarán los surrealistas. "Fue compuesto durmiendo sobre un caballo" una enigmática frase con la que nos lo imaginamos regresando de la guerra, pero con la que desprecia totalmente el objeto de la lírica cortesana: no parece importarle mucho el objeto de su obra... Después continúa:

No sé en qué hora nací,
no estoy alegre ni estoy triste,
no soy huraño ni sociable,
y no puedo hacer otra cosa, 
que de este modo fui de noche hadado
en una alta montaña. 

Aparte de la mención a un nacimiento por brujería y a un pacto con el demonio (solamente las brujas parían de noche en la montaña) hay que ponerse en la mentalidad astrológica medieval para entender que quien no sabía la hora en que nació no tenía una carta astral, por lo tanto debía afrontar el futuro solo, estaba perdido en el tiempo, por decirlo de algún modo. Y no solo eso, ¿no recuerda su indefinición emocional (no estoy alegre ni estoy triste, no soy huraño ni sociable) a estos versos de Lao Tse: Todo el mundo está alegre y sonriente, como si festejaran el sacrificio de un buey, como si subieran al Pabellón de la Primavera; tan sólo yo permanezco tranquilo e impasible, como un recién nacido que todavía no ha sonreído. Sólo yo estoy desamparado, como quien no tiene hogar al que volver. Todo el mundo vive en la abundancia: sólo yo parezco no poseer nada. ¡qué loco soy!?

Y de nuevo, la ambigüedad racional y el desprecio a los valores cortesanos y al ideal del amor:

No sé cuando estoy dormido
ni cuándo velo, si no me lo dicen.
Por poco se me parte el corazón
de un punzante dolor;
pero no doy a cambio el precio de una hormiga,
¡por San Marcial!

Y más bromas sobre el tópico del amor como enfermedad:

Enfermo estoy y temo morir,
y de ello no sé más que lo que oigo decir, (buenísimo este verso, por cierto)
médico buscaré a mi voluntad,
y no sé de uno así.
Buen médico será si consigue curarme,
pero no si empeoro.



Y ahora empieza claramente la burla sobre los tópicos amorosos corteses, concretamente sobre la inmovilidad a la que se somete a la mujer en este tipo de lírica (presente en nuestros días), que representa solamente un símbolo del ideal:

Amiga tengo, no sé quién es,
pues nunca la vi, por mi fe.
Nada ha hecho que me agrade o me disguste,
y no me importa en absoluto,
que nunca hubo normando ni francés 
en mi casa.

Nunca la he visto y mucho la amo,
jamás obtuve de ella favor ni disfavor;
cuando no  la veo, hago caso omiso:
no doy a cambio un gallo.
Que sé de una más gentil y hermosa,
y que vale más.

No sé en qué lugar habita,
si es en montaña o si es en llano;
no me atrevo a decir la sinrazón que me hace,
prefiero callar;
y mucho me pesa que ella se quede aquí:
por eso me voy.

Y para terminar, el paradójico envío a "aquel que por medio de otro lo hará llegar a Poitou..." alguien que comprenderá el poema y le mostrará la contraclave, símbolo de haber entendido el mensaje secreto que nosotros no podemos entender. 

Mi poema está hecho, no sé sobre qué.
Me propongo enviarlo a aquel 
que, por medio de otro, lo enviará
a Poitou, de mi parte;
y le ruego que de su estuche me haga llegar
la contraclave. 

Pocos datos comprobables quedan sobre la biografía de Guillermo IX duque de Aquitania y VII conde de Poitiers... fue cruzado en Jerusalén y si brutal fue su actuación como señor feudal, sobre su carácter nos llegan noticias que lo describían como jugador, festivo, burlón, cínico, mujeriego: "fue éste audaz y valeroso, sobremanera alegre, superando incluso por sus muchos donaires a los juglares más graciosos", "pero en nada se conformó al nombre cristiano; sin duda fue violento amador de mujeres; por ello fue inconstante en todas sus empresas" o" Guillermo, duque de los aquitanos, enemigo de todo pudor y santidad".



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