No es frecuente ver a un hombre con, en el vientre, el tiro de fusil que lo mató, meter cuervos negros en un lienzo y, más abajo, un especie de llanura tal vez lívida, vacía en todo caso, en donde el color borra de vino de la tierra arrostra delirantemente el amarillo sucio de los trigos.
Pero ningún pintor, si no Van Gogh, habría sabido encontrar como él, para pintar sus cuervos, ese negro de trufa, ese negro de "comilona lujosa" y a la vez como excremencial de las alas de los cuervos sorprendidos pro la luz descendente de la noche.
Y abajo, ¿de qué se lamenta la tierra bajo las alas de los cuervos fastos, sin duda fastos solamente para Van Gogh y, por otra parte, fastuoso augurio de un mal que no habrá de tocar más a Van Gogh?
Pues hasta entonces nadie como él había hecho de la tierra esa ropa sucia, retorcida de vino y húmeda de sangre.
El cuelo del cuadro es muy bajo, aplastado. Violáceo, como naves laterales de un rayo.
La franja tenebrosa insólita del vacío subiendo a la manera del relámpago.
Van Gogh ha soltado sus cuervos como los microbios negros de su bajo de suicidado a pocos centímetros de lo alto y como desde lo bajo del lienzo.
Siguiendo el tajo negro de la línea en donde el latido de su rico plumaje hace pensar sobre el reborde de la tempestad terrestre las amenazas de una sofocación de lo alto.
Y no obstante, todo el cuadro es rico.
Rico, suntuoso y calmo el cuadro.
Digno acompañamiento a la muerte de aquel que, durante su vida, hizo girar tantos soles ebrios sobre tantas parvas sublevadas y que, desesperado, con un tiro de fusil en el vientre, no supo no inundar un paisaje con sangre y con vino, sumergir la tierra con una última emulsión, alegre a la vez que tenebrosa, de un sabor a vino agrio y a vinagre corrompido.
SEGUNDO FRAGMENTO: Tutuguri (el rito del sol negro)
Tutuguri es un rito de renovación del sol negro, un ritual de los indígenas mexicanos tarahumara, que evoca la muerte del sol. Pero si lo conocemos es gracias a Antonin Artaud. Tutuguri es también su último poema, publicado después de muerto, y supuso para el artista el resultado de una profunda experiencia con el pueblo Tarahumara en 1936.
El rito nos habla de muerte eterna del sol, pero en el sentido de la negación de la luz, un sol que no debe amanecer para permitir la rebelión contra la luz y, por lo tanto, la rebelión contra el orden establecido.
Evidentemente la idea debió seducir al poeta francés, porque incluye conceptos como la liberación interior, el sol (un concepto importante para Artaud, recordemos su estudio sobre Heliogábalo), la búsqueda del lenguaje primordial o de un lenguaje nuevo que nos aleje del lenguaje solar (para Artaud el sol es el mal), la reconciliación con las sombras y la naturaleza, la búsqueda de medios de relación con el entorno alejadas del pensamiento occidental, el indigenismo o la renovación espiritual y poética.El rito nos habla de muerte eterna del sol, pero en el sentido de la negación de la luz, un sol que no debe amanecer para permitir la rebelión contra la luz y, por lo tanto, la rebelión contra el orden establecido.
Para Artaud, recuperar esa "naturaleza de árbol" no es precisamente una actividad pacífica; al contrario, implica un proceso doloroso que supone romper "la costra de la civilización" para volver a ser fibra vegetal y energía pura. Esta visión se consolidó en su viaje a México. Al observar los rituales del peyote (el Ciguri), Artaud creyó ver una humanidad que aún conservaba esa conexión mineral y vegetal. Vio en los signos de la naturaleza (las formas de las rocas y los árboles) un lenguaje sagrado que el hombre moderno ya no sabe leer.
Pero de voluntad
CUARTO FRAGMENTO: Seguridad general. La liquidación del opio
Enfermedad, locura, adicción, son palabras que utilizamos más o menos cotidianamente, pero que la mayoría no sabemos en realidad qué significan. Artaud las utiliza para definir su identidad y como sistema conceptual de su obra, pero en su voz, enfermedad locura y adicción encierran significaciones profundas que nos convierte en simples mediocres. Una enfermedad que no tiene cura, porque curarse sería como morir.
Artaud habla de la enfermedad como de un "medio para desencostrarse de la desesperación". Describe la desesperación como una costra que recubre maliciosamente nuestro cuerpo (de nuevo el cuerpo). Una envoltura patológica que nos daña. Enfermedad, locura, adicción son las palabras que para Artaud son acciones, es como Cristo, su cuerpo hecho palabras o las palabras en su cuerpo, o su cuerpo convertido en arte.Un chivo expiatorio o un cuerpo que trasciende el arte, para Artaud, la locura y la adicción, "la inclinación al veneno", no se puede eliminar. "no hay modo de disciplinar almas o de impedir nuestra inclinación al veneno. "Suprimidles un medio de locura, esas almas inventarán diez mil otros. Ellas crearán medios más sutiles, más furiosas, medios absolutamente desesperados". Porque Artaud sabe que el problema no es la enfermedad, ni la locura, sino la desesperación. "En tanto no hayamos llegado a suprimir ninguna de las causas de la desesperación humana no tendremos el derecho de intentar suprimir los medios por los cuales el hombre trata de desencontrarse de la desesperación":
Tengo la intención no disimulada de agotar la cuestión a fin de que se nos deje tranquilos de una vez por todas con los llamados de la droga. Mi punto de vista es netamente antisocial. No hay sino una razón para atacar el opio. Es la del peligro que su empleo puede hacer correr al conjunto de la sociedad. Ahora bien: ese peligro es falso. Nacimos podridos en el cuerpo y en el alma, somos congénitamente inadaptados; suprimid el opio, no suprimiréis la necesidad del crimen, los cánceres del cuerpo y del alma, la propensión a la desesperación, el cretinismo innato, la viruela hereditaria, la pulverización de los instintos, no impediréis que existan almas destinadas al veneno, sea cual fuere, veneno de la morfina, veneno de la lectura, veneno del aislamiento, veneno del onanismo, veneno de los coitos repetidos, veneno de la debilidad arraigada en el alma, veneno del alcohol, veneno del tabaco, veneno de la anti-sociabilidad.
Dejemos perderse a los perdidos, tenemos mejor cosa en que ocupar nuestro tiempo que tentar una regeneración imposible y además inútil, odiosa y dañina. En tanto no hayamos llegado a suprimir ninguna de las causas de la desesperación humana no tendremos el derecho de intentar suprimir los medios por los cuales el hombre trata de desencostrarse de la desesperación. Pues ante todo se tendría que llegar a suprimir ese impulso natural y escondido, esa pendiente especiosa del hombre que lo inclina a encontrar un medio, que le da la idea de buscar un medio de salir de sus males.
Asimismo, los perdidos están por naturaleza perdidos, todas las ideas de regeneración moral nada harán en ellos, hay un determinismo innato, hay una incurabilidad indiscutible del suicidio, del crimen, de la idiotez, de la locura, hay una invencible cornudez del hombre, hay una pulverización del carácter, hay una castración del espíritu. La afasia existe, la meningitis sifilítica existe, el robo, la usurpación. El infierno es ya de este mundo y hay hombres que son desdichados evadidos del infierno, evadidos destinados a recomenzar eternamente su evasión. Y basta. El hombre es miserable, el alma débil, hay hombres que se perderán siempre. Poco importan los medios de la pérdida; eso a la sociedad no le importa.
Hemos demostrado bien, ¿no es cierto?, que la sociedad nada puede, que pierde su tiempo; que no se obstine más, pues, en arraigarse en su estupidez. Estupidez dañina. Para los que se atreven a mirar de frente la verdad, saben ciertamente los resultados de la supresión del alcohol en los Estados Unidos. Una superproducción de locura: la cerveza al régimen del éter, el alcohol impregnado de cocaína que se vende clandestinamente, la ebriedad multiplicada, una especie de ebriedad general. En suma, la ley del fruto prohibido. Lo mismo, para el opio.
La prohibición que multiplica la curiosidad por la droga sólo ha beneficiado hasta ahora a los sostenedores de la medicina, del periodismo y de la literatura. Hay gente que ha edificado sus fecales e industriosos renombres sobre sus pretendidas indignaciones en contra de la inofensiva e ínfima secta de los condenados a la droga (inofensiva por lo ínfima y por ser siempre una excepción), esa minoría de condenados del espíritu, del alma, de la enfermedad.
¡Ah!, que bien atado está en aquellos el cordón umbilical de la moral. Desde su madre, ellos no han pecado jamás, por cierto. Son apóstoles, son los descendientes de los pastores; uno se pregunta tan sólo dónde abrevan sus indignaciones, y sobre todo, cuánto han palpado para poder hacerlo, y en todo caso qué es lo que esto les ha reportado. Y por otra parte, la cuestión no está allí. En realidad, ese furor contra los tóxicos y las leyes estúpidas que de él se derivan:
1º Es inoperante contra la necesidad del tóxico, que, saciada o insaciada, es innata al alma y la induciría a gestos resueltamente antisociales, aunque el tóxico no existiera.
2º Exaspera la necesidad social del tóxico, y lo transforma en vicio secreto.
3º Daña a la verdadera enfermedad, pues allí está la verdadera cuestión, el mundo vital, el punto peligroso: desgraciadamente para la enfermedad, la medicina existe.
Todas las leyes, todas las restricciones, todas las campañas contra los estupefacientes nunca lograrán más que sustraer a todos los necesitados del dolor humano, quienes tienen sobre el estado social derechos imprescriptibles, el disolvente de sus males un alimento para ellos más maravilloso que el pan y el medio en fin de re-penetrar en la vida.
Antes la peste que la morfina, aúlla la medicina oficial, antes el infierno que la vida. No hay sino imbéciles del género de J. P. Liaussu (que es, por añadidura, un feto ignorante) para pretender que hay que dejar a los enfermos macerar en su enfermedad. Y es aquí, por otra parte, donde toda la grosería del personaje muestra su juego y se da libre curso: en nombre, según pretende, del bien general.
Suicidados, desesperados, y vosotros, torturados del cuerpo y del alma, perded toda esperanza. No hay más alivio para vosotros en este mundo. El mundo vive de vuestros osarios. Y vosotros, locos lúcidos, cancerosos, meningíticos crónicos, sois unos incomprendidos. Hay un punto en vosotros que ningún médico jamás comprenderá, y es ese punto para mí el que os salva y vuelve augustos, puros, maravillosos: estáis fuera de la vida, estáis por encima de la vida, tenéis males que el hombre común no conoce, sobrepasáis el nivel normal y es por eso que los hombres son rigurosos con vosotros, envenenáis su quietud, sois disolventes de su estabilidad. Tenéis dolores irreprimibles cuya esencia consiste en ser inadaptable a ningún estado conocido, inajustable en las palabras. Tenéis dolores repetidos y fugaces, dolores insolubles, dolores del pensamiento, dolores que no están ni en el cuerpo ni en el alma, pero que participan de los dos. Y yo, participo de vuestros males, y os pregunto: ¿quién se atrevería a medirnos el calmante? En nombre de qué claridad superior, alma de nosotros mismos, nosotros que estamos en la raíz misma del conocimiento y de la claridad. Y esto por nuestras instancias, por nuestra insistencia en sufrir. Nosotros a quienes el dolor ha hecho viajar en nuestra alma en busca de un lugar de calma donde asirse, en busca de la estabilidad en el mal como los otros en el bien. No estamos locos, somos maravillosos médicos, conocemos la dosificación del alma, de la sensibilidad, de la médula y del pensamiento. Es preciso dejarnos en paz, es preciso dejar la paz a los enfermos, nada pedimos a los hombres, no les pedimos sino el alivio de nuestros males. Hemos evaluado bien nuestra vida, sabemos lo que ello comporta de restricciones frente a los otros y sobre todo frente a nosotros mismos. Sabemos hasta qué deformación consentida, hasta qué renunciamiento de nosotros mismos, hasta qué parálisis de sutilezas nuestro mal nos obliga cada día. No nos suicidamos todavía. Entre tanto que se nos deje en paz.
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