lunes, 3 de junio de 2013

Antología del grupo poético del 1927.







Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan. 


La primera vez que me interesé por estos poetas fue leyendo una biografía de los Clash. En el prólogo, el autor explicaba como, después de un concierto, Fermín Mugurruza le regaló a Joe Strummer esta antología o una similar. Desde entonces este grupo tiene algo hipnótico para mí que hace que vuelva a ellos una y otra vez.

Quizás sea la mitología creada a su alrededor, que genera demasiadas expectativas y uno se acerca a ellos intentando encontrar algo que no tienen. En realidad, siempre que los leo a todos juntos siento cierta decepción. Pero en cambio, la imagen de este grupo poético sigue en mi memoria lleno de connotaciones y sugerencias. Y eso es lo mejor que un poema puede darte: nada y todo al mismo tiempo.

Es precisamente porque al leerlos a todos juntos pierden algo de su individualismo y el lector no sabe a qué atenerse. Salvo excepciones como Cernuda o Lorca no eran poetas completos, a veces, incluso imperfectos y menores, ¿por qué entonces tienen tanta fuerza agrupados en una antología?

Con un pié en la tradición y otro en las vanguardias, la importancia de la generación del 27 no está en lo que dicen ni en sus poemas, sino más bien, en las direcciones en las miraban y los caminos que señalaron. Y eso los hace más importantes que su obra misma.

Aunque una de las características comunes de este extraño grupo poético es que no tenían características comunes (solamente cierta similitud en la aproximación a la creación poética), lo cierto es que forman un grupo compacto en el que todos encajan y se retroalimentan para dejar constancia de uno de los momentos más creativos de la cultura española.

Dentro de lo que se considera el grupo principal, los poetas seleccionados por Gerardo Diego (a quién habría que preguntarle por qué no incluyó a ninguna mujer), algunos salen claramente ganando en las comparaciones y otros se benefician del talento de los demás. Helos aquí:


Julio Salinas.





Su tema es el amor, el contacto físico y los sentidos. Su técnica, algo que a veces recuerda al impresionismo del primer Rilke o a la introspección de Proust. 

Es un poeta que nunca me ha terminado de gustar y que he releído muchas veces en una colección seleccionada por otro Julio, Cortázar, que tiene la gran habilidad de meterse en todos los textos que toca: así que nunca he leído a Salinas, sino los poemas de Salinas favoritos de Cortázar, que algo me dice que es mejor que leer a Salinas.



El alma tenías
tan clara y abierta,
que yo nunca pude
entrarme en tu alma.
Busqué los atajos
angostos, los pasos
altos y difíciles...
A tu alma se iba
por caminos anchos.
Preparé alta escala
—soñaba altos muros
guardándote el alma—
pero el alma tuya
estaba sin guarda
de tapial ni cerca.
Te busqué la puerta
estrecha del alma,
pero no tenía,
de franca que era,
entradas tu alma.
¿En dónde empezaba?
¿Acababa, en dónde?
Me quedé por siempre
sentado en las vagas
lindes de tu alma.



Jorge Guillen.


                         


Un poeta que tuvo una visión y se lanzó a por ella. La verdad es que tampoco me piace molto este poeta, pero hay que reconocer que propuso algo totalmente diferente a lo que se había escrito nunca en España. 

Eso sí, se equivocó al llamarlo poesía pura, como si lo demás fuera menos poesía cuando a veces, lo contrario, está más cerca de ser poesía pura que muchos de los versos de Guillén.



Desnudo

Blancos, rosas... Azules casi en veta,
retraídos, mentales.
Puntos de luz latente dan señales
de una sombra secreta.
Pero el color, infiel a la penumbra,
se consolida en masa.
Yacente en el verano de la casa,
una forma se alumbra.
Claridad aguzada entre perfiles,
de tan puros tranquilos
que cortan y aniquilan con sus filos
las confusiones viles.
Desnuda está la carne. Su evidencia
se resuelve en reposo.
Monotonía justa: prodigioso
colmo de la presencia.
¡Plenitud inmediata, sin ambiente,
del cuerpo femenino!
Ningún primor: ni voz ni flor. ¿Destino?
¡Oh absoluto presente!




Gerardo Diego




Aunque le tengo cariño a este escritor, nunca entenderé como pasó de ser el poeta divertido y arriesgado de sus primeros libros, al aburrido tradicionalista imitador de Machado de la post-guerra...

Lo dicho, nunca lo entenderé.



Nocturno

Están todas

También las que se encienden en las noches de moda

Nace del cielo tanto humo
que ha oxidado mis ojos

Son sensibles al tacto las estrellas
No sé escribir a máquina sin ellas

Ellas lo saben todo
Graduar el mar febril
y refrescar mi sangre con su nieve infantil

La noche ha abierto el piano
y yo las digo adiós con la mano.



Federico García Lorca.




La joya de la corona de la generación del 27. El amigo de todos que en cada verso anunciaba la tragedia de su muerte. Dalí lo contó: a menudo cuando estaba con gente que no conocía, Lorca representaba su muerte como si le hubiera dado un ataque al corazón, tomando un café, paseando por el parque, bajando unas escaleras...

La muerte de Lorca causó tanta conmoción precisamente porque nadie se lo esperaba. Lorca era quien no debía morir. Una victima, como tantos otros, asesinado en un fuego cruzado. 

La obra de Lorca, tan cerca de la emoción, representa la creatividad espontánea y la intuición de Andalucía, donde no hace falta explicarlo todo y es más importante la sensación que la reflexión.

Todos los poetas contemporáneos le deben a Lorca que todavía haya gente que se interese por ellos.

En otro post puse mi poema preferido: Paisaje con dos tumbas y un perro asisirio, hoy propongo otro de mis poemas favoritos de Lorca: 


Ciudad sin sueño.

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. 
No duerme nadie. 
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas. 
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan 
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas 
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros. 

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. 
No duerme nadie. 
Hay un muerto en el cementerio más lejano 
que se queja tres años 
porque tiene un paisaje seco en la rodilla; 
y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto 
que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase. 

No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! 
Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda 
o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas. 
Pero no hay olvido, ni sueño: 
carne viva. Los besos atan las bocas 
en una maraña de venas recientes 
y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso 
y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros. 

Un día 
los caballos vivirán en las tabernas 
y las hormigas furiosas 
atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas. 

Otro día 
veremos la resurrección de las mariposas disecadas 
y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos 
veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua. 
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! 
A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero, 
a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente 
o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato, 
hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan, 
donde espera la dentadura del oso, 
donde espera la mano momificada del niño 
y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul. 

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. 
No duerme nadie. 
Pero si alguien cierra los ojos, 
¡azotadlo, hijos míos, azotadlo! 

Haya un panorama de ojos abiertos 
y amargas llagas encendidas. 

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. 
Ya lo he dicho. 
No duerme nadie. 
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes, 
abrid los escotillones para que vea bajo la luna 
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.


Rafael Alberti.



Neopopularista y surrealista, Alberti es un poeta sobrevalorado en todos los sentidos, bueno, no lo sé. 

Es un poeta que no era un poeta, igual que era un político que no era político. Más bien una impostura de algo, una fachada. Tenía la habilidad y la técnica necesarias para escribir poesía, pero no el espíritu ni la predisposición.

No obstante, por momentos parece un verdadero poeta cuando se acerca a la lírica popular, aunque no he leído nada más falso y forzado que su vena surrealista.



Yo te arrojé de mi cuerpo,
yo, con un carbón ardiendo.

-Vete.

Madrugada.
La luz, muerta en las esquinas
y en las casas.
Los hombres y las mujeres
ya no estaban.

-Vete.

Quedó mi cuerpo vacío,
negro saco, a la ventana.

Se fue.

Se fue, doblando las calles.
Mi cuerpo anduvo, sin nadie.


Juan José Domenchina.



Un poeta de oficio, sin pretensiones, que no intentó más que escribir lo mejor que pudo. Así que es un poeta sincero para quien la poesía no era más que algo importante en su vida. Por ese motivo, aunque nunca rozó el inconsciente colectivo, sus versos siempre fueron... ¿reales, es la palabra?

Su obra a veces barroca y popular y otras veces, seca y reflexiva, está llena de ironía que la empuja un poco lejos de sí mismo, como Quevedo. Lo barroco y el rebuscamiento verbal llega al colmo en su obra Dédalo, libro con el que ese incorpora externamente a la corriente vanguardia.

Por cierto, no olvidar sus aforismos, quizás los más interesantes de la literatura española y su aproximación a los haikus y a la estética oriental.  

Un poeta mucho más sincero y honesto que la mayoría, y eso ya es mucho. 



Distancias.
En la vida hay distancias.

El hombre emite su aliento,
el limpio cristal se empaña.

El hombre acerca sus labios
al espejo...
pero se le hiela el alma.

(...Pero se le hiela el alma.)

Distancias.


En la vida hay distancias.








Dámaso tuvo a bien meter un poco de dramatismo en la poesía de los años 30. Quizás demasiado. Su contribución principal al grupo fue la revalorización de Góngora (punto de partida del movimiento) y del cancionero tradicional.

Su obra y su excesivo desarraigo existencial tuvo una fuerte influencia en las generaciones de poetas españoles inmediatamente posteriores, que quizás exageraban un poquito su dramatismo, aunque motivos no les faltaban, claro. La reflexión filosófica de Dámaso pierde puntos en su conversación con Dios, como si Dios tuviera la culpa de algo, aunque gana en su gesto violento y alocado. 

Dámaso quiso sumergirse en el dolor y el sufrimiento del mundo, y lo intentó desde España... eso no lo hace cualquiera. 

Es un claro ejemplo de lo que decía antes sobre el grupo del 27, importa más dónde señalan que lo que dicen.


Insomnio
Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?


Vicente Alexaindre.




El autor de uno de los textos surrealistas más emocionante y conmovedor de la literatura española (me refiero a La destrucción y el amor), es otro de los ejemplos de la visión cosmogónica de esta generación. 

Dijo de él Cernuda: "el superrealismo francés obtiene con Aleixandre en España lo que no obtuvo en su tierra de origen: un gran poeta".

Aleixandre, como Huidobro o Cernuda, entendieron que el surrealismo ofrecía un nuevo mundo que era más viejo que nosotros mismos y que siempre había estado allí (la mayor revolución en el arte desde que los seres humanos empezaron a expresarse) pero comprendió que era solo una herramienta para liberarse de todo tipo de condicionamientos y poder llegar más lejos como poeta consciente.

De algún modo, igual que el surrealismo llevó más lejos la poesía, Aleixandre llevó un poco más lejos al surrealismo.




Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.


No es bueno
quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.
Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita
extendido.


Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,
y le he visto bajar por unas escaleras
y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.
La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.
Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con
temeroso denuedo,
con silenciosa humildad, allí él también transcurría.


Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.


Y era el serpear que se movía
como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,
pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.


Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.
Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras algo preguntar a tu imagen,


no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.




Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.
Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos y se entrega completo.
Y allí fuerte se reconoce, y se crece y se lanza,
y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.


Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor, en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
para ser él también el unánime corazón que le alcanza!



Luis Cernuda.




Junto con Antonio Machado, los dos únicos poetas verdaderos que ha visto España en los últimos tiempos. De verdad, podemos estar orgullosos de haber nacido en el mismo país que estas dos personas. 

Lo de Cernuda nunca se valorará lo suficiente. Un poeta a tiempo completo. Y no lo digo en broma, los demás eran profesores, periodistas, políticos, burócratas, eran seres humanos vivos que tenían una vida, aspiraciones, preocupaciones, vanalidades... Cernuda, en cambio, solo era poeta, lo demás, el alimento para su poesía y nunca lo suficientemente intenso, nunca lo suficientemente vivo.

Su obra, triste, difícil y reflexiva es la vida completa de un ser humano incapaz de coger una flor con las manos, precisamente porque sus ansias le paralizan, y vivir así no debe de ser fácil. Completamente inadaptado, con la mirada de un animal salvaje, viendo la vida como algo que se escapa, constantemente, como algo que no le está destinado.





Peregrino

¿Volver? Vuelva el que tenga,
tras largos años, tras un largo viaje,
cansancio del camino y la codicia
de su tierra, su casa, sus amigos,
del amor que al regreso fiel le espere.

          Mas ¿tú? ¿volver? Regresar no piensas,
sino seguir libre adelante,
disponible por siempre, mozo o viejo,
sin hijo que te busque, como a Ulises,
sin Ítaca que aguarde y sin Penélope.

          Sigue, sigue adelante y no regreses,
fiel hasta el fin del camino y tu vida,
no eches de menos un destino más fácil,
tus pies sobre la tierra antes no hollada,
tus ojos frente a lo antes nunca visto.



Y sí, se que quedan Emilio Padros y Altolaguirre... pero no los conozco demasiado....dentro de un tiempo completaré esta entrada si se tercia. 




martes, 14 de mayo de 2013

Poemas. Emily Dickinson.



Como casi toda la poesía que me gusta, la obra de Emily Dickinson es difícil de entender. En una primera lectura el impacto es demasiado grande como para prestarle atención a los pequeños detalles, o más bien, que el impacto de los pequeños detalles es tan intenso que impide apreciar la obra en el conjunto.

En lecturas posteriores el paisaje poético de Dickinson se va aclarando, se enriquece con el misterio de su biografía -fue una niña activa y llena de vida hasta los 30 años, cuando se retiró de la sociedad y vivió una vida de ermitaña-, hasta el punto de que intentas leer a Emily, intentas cotillear en su vida  a través de sus poemas. Y así hay algo que no funciona.

Y digo todo esto porque en realidad no sé que escribir sobre la obra Emily Dickinson. Al leerla, la mente se embota de pensamientos claros y puros que al intentar atraparlos en palabras desaparecen y solo queda hablar de lo que habla todo el mundo: su reclusión, su amor por la naturaleza, su misticismo o su obsesión por la muerte. Pero hay algo más que no puede leerse y no sé qué es. Sus silencios, todo lo que no dice. Su parálisis exterior, vital y emocional.



196

No lloramos -Tim y yo,
somos demasiado importantes -
pero cerramos la puerta con llave
para impedir visitas-

luego escondemos nuestras valientes caras
hondamente en nuestras manos -
para no llorar -Tim y yo-
somos demasiado importantes-

Ni a soñar -él y yo-
condescendemos-
sólo cerramos nuestros ojos castaños 
para ver el fin-

Tim -mira las casas-
pero, oh, ¡tan altas!
Luego -temblamos- Tim y yo-
no sea que me ponga a llorar-

Tim -lee un pequeño himno-
y los dos rezamos
¡Por favor, Señor, yo y Tim-
siempre nos perdimos!

Tenemos que morir -en cualquier momento-
los clérigos dicen -
Tim -lo hará- si yo- lo hago-
yo-también-si él-

¿cómo lo arreglaremos-
Tim-era-tan -tímido?
¡simultáneos, llévanos -señor-
yo -tim y yo!


280


Sentí un funeral en mi cerebro,
los deudos iban y venían arrastrándose -
arrastrándose -hasta que pareció que 
el sentido se quebraba totalmente -
una liturgia, como un tambor -
comenzó a batir -a batir -hasta que pensé
que mi mente se volvía muda -
y crujió a través de mi alma
con los mismos botines de plomo, de nuevo,
el espacio -comenzó a repicar,
y existir, sólo una oreja,
y yo, y el silencio, alguna extraña raza
naufragada, solitaria, aquí -
caí, y caí -
y di con un mundo, en cada zambullida,
y terminé sabiendo -entonces -




384

Ningún cepo puede torturarme,
mi alma- en libertad
-detrás de este esqueleto morta
se teje uno de más valor
-No puedes horadar con un serrucho-
ni traspasar con una cimitarra-
dos cuerpos- por lo tanto perdura
-amarra uno- el otro vuela-
El águila de su nido no se despoja
-y gana el cielo más fácilmente que tú-
Excepto tú mismo tal vez nadie 

puede ser tu enemigo
-cautividad es conciencia-y también libertad.




410

La primera noche de aquel día había llegado -
dijo que sus cuerdas estaban rotas -
y agradecida de que algo tan terrible 
fuera tolerado
pedí a mi alma que cantara -su arco -
 en átomos destrozado -
y entonces para componerlo - 
me dio trabajo hasta la otra mañana -
como repetidos ayeres,desplegó su horror en mi cara -
hasta enceguecer mis ojos y a balbucear 
como un idiota -y aunque pasaron años 
desde aquel día -la risita perdura -
de la persona que yo era -y ésta -
que no siente lo mismo -¿podrá ser locura?




510

No era la Muerte, pues yo estaba de pie
Y todos los muertos están acostados,
No era de noche, pues todas las campanas
se agitaban bajo el sol del mediodía.
No había helada, pues en mi piel
Sentí cálidos vientos reptar,
Ni había fuego, pues mis pies de mármol
Podían helar un santuario.
Y, sin embargo, se parecían a todas

Las figuras que yo había visto,
Ordenadas para un entierro
Que rememoraba como el mío.
Como si mi vida fuera recortada

Y calzada en un marco,
Y no pudiera respirar sin una llave
Y era como si fuera medianoche.
Cuando todo lo que late se detiene

Y el espacio mira a su alrededor,
La espeluznante helada, primer otoño que llora,
Repele la apaleada tierra.
Pero todo como el caos,

Interminable, insolente,
Sin esperanza, sin mástil
Ni siquiera un informe de la tierra
Para justificar la desesperación.




670 

No es necesario ser un cuarto 
- para estar embrujado 
-ni una casa -el cerebro tiene corredores 
-que superan los lugares materiales 
-vale más encontrar a la medianoche 
un fantasma visible que afrontar 
en el interior -ese huésped más helado.
Vale más atravesar galopando 

una abadía a pedreada 
-que encontrarse a sí mismo desarmado 
-en un lugar solitario -
Ese uno mismo, detrás de uno mismo oculto 

-debe sobrecogernos más 
-el asesino escondido en nuestro 
apartamento será un menor horror.
El cuerpo -busca un revólver 

-pone cerrojo a la puerta 
-presintiendo un fantasma superior -o más -








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martes, 23 de abril de 2013

Caballos desbocados. Yukio Mishima.



Mishima era tremendo. Un exaltado que llevó sus creencias a un límite al que poca gente las lleva. Y por mucha estética oriental y por muchas reflexiones sobre el budismo y el taoísmo, Mishima era también un romántico de cuidado como el Werther de Goethe.

Por eso nos resulta tan atractivo en occidente.

Es difícil hablar de Caballos Desbocados, segundo volumen de El mar de la fertilidad, sin recordar los acontecimientos que terminaron con su suicidio ritual por Seppuku, la ceremonia de muerte completa que aquí conocemos como Harakiri:

El 25 de noviembre de 1970, el escritor con cuatro miembros de la sociedad secreta Tatenokau, secuestró al comandante oriental de las fuerzas de autodefensa de Japón. Le ataron a una silla en su despacho y después de que Mishima saliera al balcón para declamar un manifiesto sobre el honor perdido de Japón, regresó frente al comandante amordazado para obligarle a ver cómo se quitaban la vida

Dejó escrito este poema y El mar de la fertilidad:

El hombre embravecido pronto al rumor del desenvaine
¿Cuanto ha soportado hasta ésta, la primera helada?
Aún, frente a quienes se agolpen despreciando el marchitar de la flor
Ésta, si un día ha de marchitar es porqué ¡bien flor ha sido!
y solo por su dignidad volará al tenue viento vespertino.


Caballos desbocados explica precisamente lo que empezaba a nacer en la mente y el corazón de Mishima

El suicido ritual japonés no es el "estoy cansado de vivir" occidental, no al menos superficialmente. El Seppuku, es un es un acto de honor del que los nacionalistas japoneses se sentían orgullosos. 
Más aún cuando lo que empuja al individuo a abrirse el vientre y rajarse el cuello  es el espíritu de la pureza, tema recurrente en Mishima, y en El Mar de fertilidad, cuya historia gira en torno a unos personajes incapaces de traicionarse así mismos y que tanto en el amor -en Nieve de primavera-, como en la política -en Caballos desbocados- llegan tan lejos como sus fuerzas se lo permiten.
No sabemos en qué momento la literatura y la teoría política imperial se convirtió en algo concreto en la cabeza de Mishima, lo que si es verdad es que no solo había "pureza" en su alma, también neurosis, depresiones, egomanía, y alguna que otra patología... aunque Mishima no estaba loco. 
Pero eso sí, como escritor nunca perdió el norte. Mishima es un gran escritor, uno de los mejores que pueden leerse. 







lunes, 25 de marzo de 2013

Antología. Stéphane Mallarmé


Ya que Mallarmé es un escritor complicado y que su traducciones al español son bastante deprimentes (en concreto los traductores de la edición de Visor  -son muchos, incluso Octavio Paz aparece por ahí- plantean "recreaciones" de los poemas: cambian de orden los versos, no respetan las puntuaciones, ni siquiera las más exigentes como los puntos, los guiones o los puntos y coma, y en ocasiones, lo que resulta mas molesto y ridículo, fuerzan la rima y el ritmo) quisiera trascribir un pequeño juego que han hecho los editores mostrando diferentes versiones de un poema de Mallarmé según la perspectivo o el gusto de quién traduce. Resulta un buen ejercicio para los lectores.


TRES VERSIONES DEL ABANICO DE MME. MALLARMÉ


Primero de todo, la versión original en Francés:

AUTRE ÉVENTAIL DE MADEMOISELLE MALLARMÉ.

O rêveuse, pour que je plonge
aun pur délice sans chemin,
sache, par un subtil mensonge,
garder mon aile dans ta main.

Une fraîcheur de crépuscule
te vient á chaque battement
dont le coup prisonnier recule
l'horizon délicatement.

vertige! voici que frissonne
léspace comme un gran baiser
qui, fou de naître pour personne,
ne peut jaillir ni s'apaiser. 

Sens-tu le paradis farouche
ainsi qu'un rire enseveli
se couler du coin de ta bouche
au fond de l'unanime pli!

Le sceptre des rivages roses
stagnants sur le soirs d'or, ce lést,
ce blanc vol fermé que tu poses
contre le feu d'un bracelet.


Explican los editores en una nota a pié de página que van a mostrar tres versiones diferentes del poema en castellano. Una traducción en prosa, "tan literal como la consienta la índole del idioma" que permitirá "entender" todo lo que se pueda "entender"; una segunda traducción (mucho más peligrosa) "rítmica" para comprender lo que "no se puede comprender" forzando el contenido cuando sea necesario; y finalmente la tercera traducción, que procura crear de nuevo el poema adaptándolo a las singularidades del idioma, "con una equivalencia que esté más allá de lo literal".

Veamos. (La verdad es que hacen un poco de trampas para que la versión literal no quede bien)

I

Oh, soñadora: para que yo me sumerja
en la pura delicia sin camino,
sabe, por una sutil mentira,
guardar mi ala en tu mano.

Una frescura de crepúsculo
te llega a cada compás
cuyo golpe prisionero hace retroceder
el horizonte delicadamente.

¡Vértigo! he aquí que se estremece
el espacio como un gran beso
que, loco de nacer para nadie,
ni estalla al fin ni se apacigua.

¿Sientes el paraíso feroz,
lo mismo que una risa enterrada,
fuir del ángulo de tu boca
al fondo del pliegue unánime?

El cetro de las riberas rosas
estancado sobre las tardes de oro, éste lo es,
este blanco vuelo cerrado que tú dejas posarse
contra el fuego de un brazalete.

II

Oh, soñadora: para hundirme
en la pura delicia sin senda,
aprende, con sutil error,
a guardar mi ala en tu mano.

Una frescura de crepúsculo
te llega entre palpitaciones,
cuyo latir opreso ahuyenta
delicadamente el horizonte.

¡Oh, vértigo! ya se estremece
el espacio como una gran beso
que, loco  de nacer en vano,
ni estalla al fin ni se apacigua.

¿Sienes el fiero paraíso,
como una risa subterránea,
fluir del rincón de tu boca
hasta el fondo del pliegue unánime?

He aquí el cetro de las playas rosas
suspensas en tardes de oro:
vuelo blanco que cierras y posas
junto al fuego de tu brazalete.

Aquí empieza el genio creativo del traductor a hacer de las suyas, aún así no está tan mal y aunque pretendía imitar los efectos rítmicos y las armonías prodigiosas de Mallarmé se ha mostrado tímido en su intento.

Ahora viene la buena, el traductor ha convertido el texto de Mallarmé en un poema absolutamente diferente:

III

Oh, soñadora: para hundirme
en delicioso vuelo arcano
quieras -sutil error- asirme
del ala, cogida en tu mano.

hay frescor de ocaso en la lenta
pulsación, y al presto latido,
delicadamente se ahuyenta
el horizonte estremecido.

¡Oh, vértigo! ya, tembloroso,
el espacio un beso parece
que, loco de nacer ocioso,
ni estalla ni se desvanece.

¿No sientes la huraña ventura
-y sorda como sonrisa exánime-
que mana de la comisura
de tu labio hasta el pliegue unánime?

¡Oh cetro de la tarde rosa
que, en oro quieto, reverbera:
blanco vuelo que al fin se posa
junto al ascua de la pulsera!


Resulta evidente que de un poeta solo podemos traducir su cosmovisión, sus palabras, lo más literalmente posible para acercarnos a la estructura de su pensamiento. Lamentablemente algo se pierde siempre en las traducciones, la parte no comprensible de los poemas: el ritmo y la armonía. No obstante, al intentar adaptarlo (una empresa arriesgada si se trata de un virtuoso del verso como Mallarmé) perdemos la posibilidad de acercarnos al pensamiento del poeta en virtud de intentar algo imposible: traducir la parte no racional del poema.

La recreación del poema no es traducción, pensar en lo que el poeta hubiera dicho en nuestro idioma es recreación. Lo mejor sería, quizás, una versión intermedia: decir lo más literalmente posible lo que está escrito el poema, respetando puntuaciones y el orden de las palabras y adaptar las frases a la intención estilística del poeta sin que "suene mal" en castellano. Parece fácil.

De a otra manera lo único que se consigue es poner de los nervios a lectores como yo.

Y de regalo, "L'Après-midi d'un faune" con debussy:








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viernes, 22 de marzo de 2013

La trilogía de Nueva York. Paul Auster.


Existen solamente tres puntos de vista para contar una historia

Un narrador omnisciente que actúa como un dios que lo sabe todo sobre sus personajes y decide qué quiere contar. La historia narrada en primera persona por alguien que participa directamente en los hechos, o finalmente, la historia contada en tercera persona por alguien que conoció de primera mano los acontecimientos narrados. 

El problema es que en la práctica el narrador dios se convierte en un simple observador, la primera persona en un narrador omnisciente y el observador, de repente, conoce los rincones escondidos, los secretos y el destino de todos los personajes, mas allá de lo que le permiten sus sentidos.


Porque... ¿quién cuenta, por ejemplo, los hermanos Karamazov? ¿Quién es ese extraño personaje que al principio de la novela nos explica que quiere relatar una tragedia de la que fue testigo directo hace muchos años? ¿Por qué no forma parte de la acción? ¿Cómo es posible, si simplemente vivió los sucesos como un ciudadano más -sin mucha implicación- que conozca todas las vicisitudes del caso, profundice tanto en los sentimientos de los personajes y pueda describir con tantos detalles escenas que ocurrieron en la intimidad de la familia Karamazov? Ni aún siendo uno de los Karamazov podría saber tanto. ¿Debemos creerle, entonces? Evidentemente, el narrador de la novela es un personaje anónimo, un ciudadano sin importancia colectiva, como decía Celine, pero también es algo más: es una presencia en cada escena del relato

Lo mismo ocurre con la primera novela de la historia: ¿Quién cuenta el Quijote? Sabemos que fue el moro Cide Hamete Benengeli (personaje de ficción creado por Cervantes), que transcribe una historia real que ha escuchado, pero ¿quién se la contó a él, si explica situaciones que solamente vivieron Sancho y Alonso Quijano? En cualquier caso, tuvo que ser uno de los dos, si eso tiene alguna importancia.


Este problema sobre las licencias de los escritores a la hora de escoger la perspectiva del narrador y la identificación narrador-escritor esta en la base de las tres historias que forman La trilogía de Nueva York, que suponen un planteamiento metaliterario sobre el proceso de escritura. También son relatos sobre el aislamiento utilizando la ciudad occidental por excelencia, Nueva york, como símbolo de un entorno frío y desnaturalizado que confunde y dificulta la búsqueda de los límites del yo. Una aventura mental y emocional complicada de la que a veces no se vuelve.

Quizás, el mejor Auster que he leído, un escritor de calidad a medio camino entre el riesgo experimental y el mainstream. Debo decir que existe una versión de la primera historia, La ciudad de cristal, en cómics de David Mazzuchelli (quien llevó a Batman a otro nivel) y Paul Karasik, que enriquece notablemente el texto original.










lunes, 18 de marzo de 2013

La Eneida. Virgilio.


Antes de morir, el poeta Virgilio pidió que quemaran los manuscritos del poema que estaba escribiendo:  La Eneida, su obra más ambiciosa, la que le llevó más tiempo y nunca terminó. La verdad es que sus pretensiones eran grandes: este poema debía ser la sintexis del pueblo romano y de sus aspiraciones. En cambio, algo ocurrió que desconocemos. Virgilio no quería que leyéramos esta obra.

Cuando recibió el encargo del emperador Augusto de glorificar el imperio y atribuirle un origen mítico, tenia Virgilio la experiencia y el triunfo de sus obras anteriores, sabía perfectamente lo que tenía que hacer y cómo tenía que hacerlo, pero frente a él estaban Homero, Roma y la lucha por la posteridad.

A diferencia del poeta griego, en cuya obra encontramos la impersonalidad creadora de naturaleza -algo que supone un verdadero misterio en el que la gente no se para a pensar hoy día- Virgilio es el artista presente en cada detalle y resulta imposible leerle sin pensar que estamos leyendo a Virgilio y no las aventuras de Eneas. Virgilio es un poeta culto que pertenece al mundo moderno. Homero inaugura el mundo moderno. Y Virgilio lo sabía. También que nunca conseguiría superarle.

Pero lo intentó. Y el producto de sus esfuerzos es La Eneida. Un intento de superación de la obra homérica que incluye en su interior una pequeña Odisea protagonizada por el héroe Eneas y una pequeña Iliada con otra mujer de por medio como la malentenida Helena de Troya. Pero ya lo dijimos, algo en este texto le avergonzaba hasta el punto de querer convertirlo en cenizas para nadie lo leyera nunca.

El argumento de la obra tiene el interés narrativo de todos los poemas épicos, y quizás un poco más que la mayoría. Tiene momentos de enorme belleza y no debería asustarnos este texto por su densidad, ya que está escrito para entretener por un maestro en el arte de embelesar a los lectores con la narración de hechos y aventuras. Para la posteridad queda la historia del sufrimiento de la reina Dido, que por si sola puede constituir una obra maestra.






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domingo, 10 de marzo de 2013

Dignum est. Odiseas Elitis.


El título original de la obra, To Axión Estí, es una formula de alabanza que procede de un himno bizantino a la Virgen. Los traductores del libro en España decidieron traducirlo como "Dignum est", del latín "es digno", una fórmula correspondiente de un himno católico, que si bien mantiene el simbolismo religioso, pierde totalmente su verdadero significado: la alabanza y la celebración.

Envuelto entre el surrealismo, la liturgia y las historias y mitologías griegas, el libro es una especie de biografía interna y externa del poeta, donde se funden los ecos de los himnos eclesiásticos griegos y referencias, no religiosas exactamente, sino rituales, para alabar su entorno, sus vivencias y su experiencia. Es decir: un poema de exaltación de la vida. De la vida terrenal.


Hasta ahí esta todo bien, y es un libro de calidad muy recomendable. Pero me gustaría hacer un pequeño experimento:

Además de su simbolismo ritual bastante claro y evidente, el libro esconde un código de signos que necesitan de claves y de un profundo conocimiento para su interpretación. Al menos para "entender" lo que Odiseas Elitis quiso expresar. Sin estas claves resulta prácticamente inaccesible. Los editores tuvieron a bien añadir en las ultimas páginas una suerte de diccionario con sus respectivas explicaciones y la numeración del verso y la página para no perder nota. Lo que, siendo honestos, convierte la lectura del poema en un verdadero tostón.

En cambio, estos signos incomprensibles que nada nos dicen, tienen por si solos, por el poder y la sonoridad de las palabras (o en cualquier caso por las redes de impresiones que nos sugieren inconscientemente), aislados, un poder de evocación bastante intenso.

Si cogemos todos estos signos dispersos en el discurso poético de Dignum est (o mejor de To Aión Estí) obtenemos una curiosa lista de conceptos poéticos de gran intensidad y tensión, cuya naturaleza no está en su significado, ni mucho menos en la razón y si, quizás, si en la intuición. O al menos eso me parece a mí. Ahí va:

Las tres mujeres de negro, 
siete hachas, 
la Gran Torre, 
Roes... yeltis
el Gran Carnero, 
Santa Marina con los demonios, 
la isla con golfos de olivares, 
aquel que su sangre dio para encarnarme, 
Yera, 
muchos llevan la camisa negra, 
otros que hablan la lengua del puerco espín, 
los omófagos, 
los rostros de plomo, 
la Tetrácida, 
las rectas columnas, 
verbos-corrientes, 
dioses-tíos, 
la Epsilón y la Lambda, 
el formidable filo de tu espada (te conozco por el filo formidable de tu espada)
la marcha hacia el frente, 
la madrugada de San Juan, 
arta...tepeleni,
oi oi mana mou, oi oi mana mou,
los cinco dedos abiertos, 
la lila de la resurrección, 
ni una mirada de hada, 
los jóvenes de pies hinchados
el pelirrojo y el rayo de sol de la muerte, 
la sima del terremoto que se llenó de flores,
ceñudos capitanes... Apelates,
delvino, ayi Saranda, Koritsá,
Jalvá,
Prévessa,
Zoí,
los cinco dedos abiertos,
Lefteris,
tridente delfín, 
el patio de los corderos,
los colores del Himeto, 
la sagrada pantalla del agua,
el príncipe de los lirios, 
se agraban las letras,
la mano de la Sirena,
la daga,
la vértebra de algún Zeus,
el día de los santos Quirico y Julita,
el cinco de la serpiente, 
llegado del cielo luciendo púrpura túnica,
ruinas del futuro y de la araña, 
la pantalla,
Heráclito en su derruida voz, 
Marina,
la canción que Liyerí canto en el Hades.