Naturalismo tardío para un novelón de época basado en experiencias biográficas. De otra época, claro. También se tradujo como la Cárcel del alma y cuenta al modo costumbrista la vida de una pareja de jóvenes desde el comienzo de sus amores en las fiestas mundanas de la ciudad de Buda en Hungría, las visitas a los salones, el cortejo, hasta que su felicidad tiene un encontronazo con el comienzo de la Primera guerra Mundial. Casi seiscientas páginas de literatura realista y convencional.
Aunque la novela tiene cierto valor testimonial y descriptivo, tanto de la sociedad pre-guerra como de la situación de los soldados alistados a su pesar. No obstante, lo más interesante de esta "telenovela" folletinesca es la descripción del conflicto de la protagonista, unida existencialmente a un marido que a los pocos días de casarse es movilizado y hecho prisionero por el enemigo y al que no sabe si volverá a ver. La presión que ejerce la sociedad contra sus instintos y su necesidad de continuar su vida.
Lajos Zilahy. Narrador y dramaturgo húngaro. Dotado de una minuciosa capacidad de observación que dejó plasmada en casi todos sus escritos, destacó sobre todo por un puñado de novelas que, traducidas a muy diversos idiomas, se difundieron como auténticos best-sellers por todo el mundo durante la primera mitad del siglo XX.
Sus primeras inquietudes literarias le llevaron a enfocar su reveladora lente novelesca sobre los problemas morales y las vicisitudes sociales que envolvían a las clases burguesas europeas del período de entreguerras, aunque posteriormente se fue decantando por el análisis de otros grandes grupos sociales de poder, como la aristocracia y las altas esferas financieras.
Finalmente, en una tercera etapa de su producción novelesca, coincidente con la fase de su vida que se desarrolló en los Estados Unidos de América (en donde fijó su residencia a partir de 1948), Lajos Zilahy cultivó una prosa bastante menos ácida en su sátira social, ahora suavizada por la evocación nostálgica de tierras lejanas y tiempos pasados.
Entre las principales narraciones extensas del escritor húngaro figuran algunos títulos que, traducidos al castellano, hallaron un amplio eco entre la crítica y los lectores españoles. Así ocurrió con Primavera mortal (1922), Los dos prisioneros (1927),Algo flota sobre el agua (1928) y, muy especialmente,El desertor (1930), una interesante reconstrucción novelesca de las experiencias vividas por el propio autor durante su intervención en la I Guerra Mundial. Además de estas obras, Lajos Zilahy escribió otras novelas de gran interés, como las tituladas El alma se apaga (1932), El ángel enfurecido (1953) y El siglo feliz(1960).
Pero sus habilidades en el cultivo de la prosa de ficción no se limitaron a la redacción de narraciones extensas, ya que también cosechó grandes elogios con sus brillantes relatos breves. La mayor parte de los cuentos de Lajos Zilahy vieron la luz a través de varias recopilaciones, entre las que sobresalen las tituladas de Gran dilema, El velero blanco e Idilio de pescadores. Por último, en su faceta de dramaturgo, el escritor estrenó en su país varias piezas teatrales que también contribuyeron a acrecentar su prestigio literario; entre ellas, cabe recordar las tituladas Süt a nap (Luce el sol, 1924), A tábornok (El general, 1928) y Tüzmadár (El pájaro de fuego, 1932).
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Creo recordar que una vez escuché decir a un José Hierro ya mayor que solamente podía escribir en los bares, con la música de las tragaperras de fondo, la gente hablando y el sonido del cristal de los vasos y las tazas de café. Aunque quizás lo que dijo fue lo contrario, no me acuerdo muy bien. En serio.
La poesía de José Hierro, dentro de lo que se llamó la poesía desarraigada o existencial de la primera generación de la postguerra, posiciona la conciencia del tiempo como núcleo temático y obsesivo que enriquece su reflexión y se desarrolla a lo largo de toda su obra que, por otro lado, sorprende por su unidad estética y de contenido.
Lo cierto es que su poesía parece un intento de acercarse a ciertas tendencias, de parecerse un poco a Elliot, incluso a Rimbaud a veces, desde la base léxica de Machado. Pero solo un intento con cierta calidad y con algunos buenos resultados y otros no tanto.
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Un profesor me dijo que terminar una carrera de letras con alguna laguna era como si un arquitecto se saltase la asignatura de cimientos, por ejemplo, o un médico copiase en el examen de sutura... Y yo terminé filología sin haberme leído el Fray Gerundio de Campazas.
Libro ancho como su título, Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, escrito a imitación del Quijote, se cierra al lector contemporáneo por su barroquismo y por su casi imposible descontextualización histórica. Comprender del todo esta obra implica ser un erudito en la cultura de los siglos XVII y XVIII, y disfrutar plenamente las aventuras de este predicador popular no está al alcance de cualquiera -la gran mayoría para los que este libro, si el Quijote también lo es, puede resultar un verdadero tostón.
La complejidad estilística y el rebuscamiento de las frases, buscando un fin cómico, es parte del contenido fundamental de la obra: la crítica de los oradores del siglo XVII que utilizaban en el púlpito un lenguaje altisonante. Un ataque, en definitiva al barroquismo y al efectismo artístico y retórico en sus formas más degeneradas.
Ambicioso proyecto, muy popular en su época pero hoy algo olvidado, en el que se muestra de una manera ejemplar como el estilo narrativo es parte y protagonista del discurso, no solo como experiencia estética, sino cargado de contenido. En este caso, el barroquismo del Fray Gerundio juega a ser recreación y virtuosismo a la vez que crítica y parodia. No puede entenderse de otro modo. Tanto cuando habla el propio narrador, como con los desbarates retóricos del protagonista de la obra.
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El problema de este libro es que se estudia en los institutos. Se considera una pieza fundamental en el desarrollo de la poesía moderna contemporánea y se les obliga a los estudiantes a realizar extrañas disquisiciones sobre la asombrosa sensibilidad poética del autor. Aunque, en realidad, lo único que consigue el sistema educativo es cerrar las puertas del todo a una futura lectura por placer. Quizás, si su "lectura" no fuese obligatoria, hacía tiempo que el contenido del libro habría perdido cierta relevancia social.
Construido como un engranaje de percepciones anímicas a modo de pinceladas impresionistas, el Diario cuenta el conocido viaje de novios de Juan Ramón Jiménez a Estados Unidos para rencontrarse con su reciente esposa Zenobria Camprubi. Mientras, se debate entre su miedo por dejar el idílico mundo infantil del pueblo, Moguer, y el deseo de crecer y comenzar una vida adulta, simbolizado por Zenobria. En Juan Ramón esta contradicción (para el resto del mundo cotidiana) adquiere un papel protagonista y potencia su sensibilidad en la identificación con todo lo que le rodea (el mar en el viaje, la ciudad).
Lo curioso del libro es que esta constante identificación entre el mundo, su circunstancia, y la hiperestimulación que provoca un viaje de este tipo, tiene como consecuencia un cambio significativo en el modo poético de Juan Ramón y una liberación estética crucial en el desarrollo de la poesía en castellano. Lo que ya no tengo tan claro es si este ensimismamiento poético merece un lugar en el mundo contemporáneo, porque lo que sí parece evidente es que la palabra poesía tenía un significado diferente en 1916, cuando se escribió este libro, al que tiene a dos días del 2012, cuando se escribe este entrada. Algún día hablaremos sobre esto.
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La literatura, el cine o la publicidad conforman una realidad basada en los deseos, las frustraciones, las aspiraciones y las ideas preconcebidas de quienes la crean. Si la publicidad, por ejemplo, se convierte en un espejo deformado, como una radiografía del alma de una sociedad, la literatura puede serlo de un modo más individual, al pertenecer cada obra a un autor con una circunstancia determinada, aunque evidentemente influenciados por las ideas y el modo de vida de la época en la que vivieron. Tanto para asumir las ideas generales que caracterizan un tiempo como para rechazarlas. Asimismo, la influencia se retroalimenta, las novelas pueden captar las tendencias sin matices ni tonos grises y potenciarlas para que la sociedad las asuma de nuevo, sucesivamente. Pero también pueden plantear una propuesta rupturista que sirva como base a futuros cambios en el paradigma social.
En esta recopilación de cuentos del siglo XIX, la editora María González Megia, plantea una revisión didáctica del papel de los personajes femeninos en la narrativa realista, analizando su construcción y los estereotipos femeninos puestos en escena por los diferentes autores seleccionados.
Cecilia Böhl de Faber, "Fernán Caballero" - La suegra del diablo.
Gustavo Afolfo Bécquer - El cristo de la calavera.
Rosalía de Castro - Cuento gallego.
Pedro Antonio de Alarcón - La comendadora.
José María de Pereda - El buen paño en el arca se vende.
Gaspar Nuñez de Arce - Sancho Gil.
Emilia Pardo Bazán - La mayorazga de Bouzas.
Benito Pérez Galdós - Celín.
Jacinto Octavio Picón - Elvira-Nicolasa.
Leopoldo Alas, "Clarín" - La reina Margarita.
Juan Valera - Garuda o la cigüeña blanca.
Armando Palacio Valdés - Los puritanos.
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Una vez escuché que la cultura estaba en los quioscos. Quien lo dijo se refería a una sana moda de hace unos años de regalar libros con los períodos. Normalmente colecciones de clásicos fundamentales, clásicos olvidados y clásicos que nunca han sido clásicos. El caso es que gracias esos "regalos", cuando empecé a interesarme por la literatura, pude leer en ediciones horribles -me avergüenzan mostrarlas en público- un gran número de novelas, de libros de poemas, etc. a los que nunca hubiera llegado por mi mismo.
Uno de ellos fue este libro de Neruda, que leí y releí obligándome a que me gustase hasta que un buen día me dí cuenta de que no, de que estos dos poemarios no tenían nada que me atrajera. Tampoco Neruda.
Partiendo de su aportación a la poesía en castellano -la introducción del surrealismo exuberante en el lenguaje, la libertad métrica y estilista- el contenido de su obra no deja de parecerme demasiado... cómo podría decirlo... parecido a fuegos artificiales. Plasticidad, imágenes impactantes y frases sonoras que esconden el verdadero significado de los poemas. La cosmovisión real del autor que queda sepultada entre el tigre, el condor y el deseo.
Si T. S. Elliot hablaba de la ironía en la creación poética como un medio para alejar al poeta (la persona física con su circunstancia) del poema, "utilizando la experiencia propia para crear una obra nueva". Neruda pretende que sean su circunstancia y sus emociones la obra misma. El modo Elliot tiene como consecuencia una obra universal, casi anónima, que paradójicamente acerca al autor al público. Mientras que el modo Neruda esconde al verdadero Neruda, nos muestra su "personaje poético" y espera que le aceptemos.
Julio Cortázar pasó de cuestionarse la situación del individuo inadaptado dentro de la sociedad a replantearse si era la sociedad la que impedía que las personas se adaptasen a ella. Descubrió el compromiso social y político, se reafirmó como un activista adoptando los postulados de la izquierda. Algunos criticaron este cambio repentino del individualista Cortázar, por venir acompañado, también, de un cambio a peor en su obra literaria (no así en los cuentos, que mantuvieron su alta calidad hasta el final).
Fantomas es una denuncia sobre los abusos de las multinacionales y un modo de hacer llegar al mundo las conclusiones del II Tribunal Bertrand Russell, en el que el escritor se plantea junto amigos como Octavio Paz o Susan Sontag, cuál es el modo en el que el activismo debe organizarse para evitar los abusos de las grandes empresas. Pero además, Fantomas, es un texto literario que se cuestiona a sí mismo en cuanto a literatura, que juega con la realidad y la ficción, con el metalenguaje, y asimila manifestaciones artísticas populares como el cómic. Hoy día, un texto antiglobalización de culto y un libro en el que cualquier lector, acostumbrado al joven y aislado Cortázar, puede reconciliarse con el comprometido y social Cortázar.