domingo, 27 de abril de 2014

Cuentos completos 2. Julio Cortázar.



Fue el mismo Julio quién dijo que si tenías que esperar al final de un libro para que te dijera lo que tenía que decirte, habías perdido el tiempo y casi mejor hubiera sido leer las últimas páginas directamente.

Para algunos escritores la literatura es una búsqueda o más bien una exploración. Por eso, más allá de una trama, unas ideas o una estructura, solamente es "el proceso literario" lo que tiene importancia, como lector o como escritor.

Teniendo esto en cuenta, duele como una pequeña traición comprobar como en los primeros libros de este segundo volumen de los cuentos de Cortázar su obra se perfecciona técnicamente pero se diluye en lo convencional. Y no quisiera que se me malinterprete, cualquiera de sus cuentos está entre los escritos en castellano más interesantes del siglo XX, pero (hay un pero) comparados con la primera mitad de su obra dejan la sensación de que sí, están bien y siguen siendo originales y sorprendentes, pero algo falta: la búsqueda. El libro Alguien que anda por ahí recoge algunos de sus narraciones menos convincentes, y es un poco triste comprobar que el libro está lleno de cuentos en los que solamente importa la "sorpresa final".



Curiosamente coincide este retroceso literario, por llamarlo de algún modo, con su renovada juventud al abrirse al mundo, al otro y a la política. Y curiosamente es al final de su vida, cuando su cansancio físico le lleva a recluirse de nuevo, donde su literatura alcanza otra vez el nivel en el que la había dejado, tomando impulso con Queremos tanto a Glenda para cerrar el circulo con el perfecto libro Deshoras, que supone una vuelta y una revisión, también una reivindicación, de sí mismo y de la obra que le dio a conocer, Bestiario.                      

En realidad, la gran diferencia entre estos libros y los primeros es el estilo en construcción y el estilo completo. Es decir, la distinción la marca el momento en el que su proceso literario deja de ser una búsqueda constante en la madurez como escritor, cuando esa búsqueda se convierte en un hallazgo y en un modo consciente de hacer las cosas. La búsqueda vale por sí misma. El hallazgo no. En el hallazgo termina todo. Lamentablemente la búsqueda en el arte es donde el creador gasta más energías y donde la obre exige más del autor, pero en este momento los intereses de Cortázar estaban en la vida y no en la literatura. Queda muy lejos 'El perseguidor',o 'Lejana' pero nada que reprocharle.


Uno de los textos de Un tal Lucas:


Ser una hidra es fácil pero matarla no, porque si bien hay que matar a la hidra cortándole sus numerosas cabezas (de siete a nueve según los autores o bestiarios consultables), es preciso dejarle por lo menos una, puesto que la hidra es el mismo Lucas y lo que él quisiera es salir de la hidra pero quedarse en Lucas, pasar de lo poli a lo unicéfalo. Ahí te quiero ver, dice Lucas envidiándolo a Heracles que nunca tuvo tales problemas con la hidra y que después de entrarle a mandoble limpio la dejó como una vistosa fuente de la que brotaban siete o nueve juegos de sangre. Una cosa es matar a la hidra y otra ser esa hidra que alguna vez fue solamente Lucas y quisiera volver a serlo. Por ejemplo, le das un tajo en la cabeza que colecciona discos, y le das otro en la que invariablemente pone la pipa del lado izquierdo del escritorio y el vaso con los lápices de fieltro a la derecha y un poco atrás. Se trata ahora de apreciar los resultados. 




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miércoles, 16 de abril de 2014

La muerte en Venecia. Thomas Man



De mi primera lectura de esta novela solamente recordaba una definición de la belleza: el conjunto de rasgos cotidianos, comunes, con rasgos insólitos que no habíamos visto antes. De hecho, si pensamos en las cosas y las personas que nos han parecido bellas, seguramente la mayoría se adapten a esta definición.

Pero no hay que olvidar que Thomas Mann plantea una idea de la belleza absolutamente materialista, como la contemplación de algo de lo que quieres formar parte o en su defecto, poseerlo. Una idea de la belleza que enfrenta al sujeto contra el objeto, oponiéndolos; que los divide y, por lo tanto, los aleja, y cuanto más intenso es el deseo de unión o posesión, más grande es la brecha que los separa y más imposible estrecharse las manos. Una idea de la belleza como una enfermedad. Una belleza decadente. 

Y que mejor escenario que la ciudad del idealismo romántico, de los cristales de murano y los espejos, de las apariencias y las máscaras lujosas y al mismo tiempo, una ciudad pantanosa, enfangada, donde la fiebre se extiende como una epidemia. Una ciudad donde el protagonista de esta novela descubre la belleza y la muerte. Pero, ¿qué nos quería decir Thomas Mann con esta historia en la que un hombre a punto de entrar en la vejez se obsesiona con un niño de una belleza extraordinaria, hasta el punto de destruirse a sí mismo mental y físicamente?

Ya hemos dicho que esta idea material de la belleza es destructiva y no puede llegar nunca... a un buen fin... pero lo cierto es que estamos condenados por ella misma y difícilmente podremos librarnos. Solamente Rimbaud ("senté a la belleza en mis rodilla, la encontré amarga y la injurié"). Pero volviendo a la novela... ¿Es Von Aschenbach un héroe de la sensibilidad o un lamentable y enfermizo decadente?

Quizás haga falta revisar a Platón, porque puede que Thomas Mann ni alabe ni castigue la actitud de su protagonista, sino que con cierta tristeza y complacencia analiza algo que seguirá ocurriendo muchas veces a lo largo de la historia.

Porque la belleza, Fedón -escribió el filósofo griego- nótalo bien, sólo la belleza es al mismo tiempo divina y perceptible. Por eso es el camino de lo sensible, el camino que lleva al artista hacia el espíritu. Pero ¿crees tú, amado mío, que podrá alcanzar alguna vez sabiduría y verdadera dignidad humana aquel para quien el camino que lleva al espíritu pasa por los sentidos? ¿O crees más bien (abandono la decisión a tu criterio) que este es un camino peligroso, un camino de pecado y perdición, que necesariamente lleva al extravío? Porque has de saber que nosotros, los poetas, no podemos andar el camino de la belleza sin que Eros nos acompañe y nos sirva de guía; y que si podemos ser héroes y disciplinados guerreros a nuestro modo, nos parecemos, sin embargo, a las mujeres, pues nuestro ensalzamiento es la pasión, y nuestra ansias han de ser nuestra vergüenza. ¿Comprendes ahora cómo nosotros, los poetas, no podemos ser sabios ni dignos? Comprendes que necesariamente hemos de extraviarnos, que hemos de ser necesariamente concupiscentes y aventureros de los sentidos? 

La maestría de nuestro estilo es falsa, fingida e insensata; nuestra gloria y estimación, pura farsa; altamente ridícula la confianza que el pueblo nos otorga. Empresa desatinada y condenable es querer educar por el arte al pueblo y a la juventud. ¿Pues cómo habría de servir para educar a alguien aquel en quien alienta de un modo innato una tendencia natural e incorregible hacia el abismo? 

Cierto es que quisiéramos negarlo y adquirir una actitud de dignidad; pero, como quisiera que procedamos, ese abismo nos atrae. Así, por ejemplo, renegamos del conocimiento libertador, pues el conocimiento, Fedón, carece de severidad y disciplina; es sabio, comprensivo, perdona, no tiene forma ni decoro posibles, simpatiza con el abismo; es el mismo abismo. Lo rechazamos, pues, con decisión, y en adelante nuestros esfuerzos se dirigen tan solo a la belleza; es decir, a la sencillez a la grandeza y a la nueva disciplina, a la nueva inocencia y a la forma; pero inocencia y forma, Fedón, conduce a la embriaguez y al deseo, dirigen quizá al espíritu noble hacia el espantoso delito del sentimiento que condena como infame su propia severidad estética; lo llevan al abismo, ellos también, lo llevan al abismo. Y nosotros, los poetas, caemos al abismo porque no podemos emprender el vuelo hacia arriba rectamente, solo podemos extraviarnos. Ahora me voy, Fedón; quédate tú aquí, y solo cuando ya hayas dejado de verme, vete tú también. 

Este es el fragmento que Von Aschenbach recuerda poco antes de morir en un paseo por la playa y seguramente también lo recordó Thomas Mann en otro paseo por la misma playa antes de escribir el libro, que al fin y al cabo es como otra muerte.







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sábado, 12 de abril de 2014

Églogas y Geórgicas. Virgilio.



Desde el inicio de nuestra civilización muchas voces clamaron por el retorno al campo. Estos rebeldes antiguos solo querían escapar de las relaciones viciadas y los sistemas en los que empezaba a organizarse la vida en la ciudad: el mercado.

Virgilio fue uno de los primeros. Creador de un mito, de la primera gran utopía que desde entonces nos acompaña como forma de evasión de la dureza del trabajo. Para nosotros, más domesticados por el sistema (o más bien para nuestros padres) el sueño es tener un campo en el que escondernos y reencontrarnos cada fin de semana. Para los poetas, algo más profundo: la Edad de Oro, la idea de un mundo pastoril contrapuesto al de los ciudadanos, donde la oposición naturaleza/ciudad marca la organización social, las estructuras, la economía y por su puesto y sobre todo, los sentimientos.

Un mundo idílico, mítico, que no representa nuestro tiempo (ni el de Virgilio) pero que pertenece a todas las eras en distintas formas. La máxima expresión del idealismo evasivo, el "kibuzt del deseo" de Cortázar, "el país de la jodienda" de Miller o "la Navidad en la tierra" de Rimbaud. Y en efecto, se trata de un campo soñado, imaginado y sobre todo, anhelado. Por eso hablamos de un campo transfigurado por el deseo, idealizado. Y aunque esto lo haga irreal, es un bello sueño basado en la necesidad de paz, de sosiego, de sensibilidad natural, de amor al aire libre que sí es verdadero y puede rastrearse tanto en nuestras vidas como en los poemas de Virgilio.

En las Églogas, entre sollozos de amor y contiendas poéticas propios de una sociedad refinada y desocupada de la corte (aunque en el campo, sucios, despeinados y quemados por el sol) destaca el cuarto poema, el más ambiguo de todos y el más indescifrable. Al mismo tiempo, el que más ha cautivado la sensibilidad de los poetas de todas las épocas. Por este poema le consideran los cristianos a Virgilio como un profeta que anunció el nacimiento de Jesucristo un siglo antes de que ocurriera. Y no es que defienda esta postura, pero creo que ejemplifica perfectamente hasta donde llega su capacidad de evocación. La égloga mesiánica en la que no hay que limitarse a ese único significado, ya que Virgilio nunca supo las consecuencias de lo que estaba escribiendo ni sus significados ocultos.

No me resisto a ponerla entera:

Dice Virgilio:

Cantemos, ¡oh musas sicilianas!, asuntos más elevados. No a todos deleitan las florestas ni los humildes tamarindos: si cantamos las selvas, ¡que sean las selvas dignas de un cónsul! 

Ya llega la última edad anunciada en los versos de la Sibila de Cumas; ya empieza de nuevo una serie de grandes siglos. Ya vuelven la virgen Astrea y los tiempos en que reinó Saturno; ya desciende del alto cielo una nueva raza. 

Tú,¡oh casta Lucina!, favorece al recién nacido infante, con el que la vieja edad de hierro termina y empezará la de oro en todo el mundo: pues ya reina tu Apolo. 

Bajo tu consulado, ¡oh Polión! tendrá principio esta gloriosa edad y empezarán a correr los grandes meses; mandando tú desaparecerán los vestigios , si aún quedan, de nuestra antigua maldad, y la tierra se verá libre de sus perpetuos terrores. 

Este niño recibirá la vida de los dioses, y con los dioses verá mezclados a los héroes, y él mismo será visto entre ellos y regirá el obre sosegado por las virtudes de su padre.

Para ti, ¡oh niño!, producirá en primicias la tierra inculta hiedras trepadoras, nardos salvajes y colocasias, mezcladas con el risueño acanto.

Henchidas de leche las ubres las cabras volverán al redil por sí solas, y a los grandes leones no temerán los rebaños. De tu cuna brotarán para ti hermosas flores y desaparecerán la serpiente y la hierba venenosa; por doquier nacerá al ameno asirio. 

Y cuando puedas leer las alabanzas de los héroes y los hazañas de tus padres, y saber qué es la virtud, 
amarillearán los lentos campos con las blandas espigas, rosadas uvas penderán de las incultas zarzas, 
y los duros robles sudarán un rocío de miel. 

Todavía quedarán, sin embargo, algunos rastros de la antigua maldad, que moverán al hombre a provocar en naves las iras de Tetis, a ceñir las ciudades con murallas y a abrir surcos en la tierra. 

Habrá entonces otro Tifis, otra Argos conducirá selectos héroes; habrá también otras guerras, y de nuevo se lanzará sobre Troya el gran Aquiles. 

Después, cuando alcances la edad viril plena, el viajero dejará de cruzar el mar, y el náutico leño 
no negociará con los bienes: el campo proveerá de todas las cosas. 

No sufrirá el arado la tierra, ni la vid será podada; y a su vez el labriego desuncirá los robustos bueyes. No aprenderá la lana a mentir con variados colores; antes, ya en rojo múrice, ya en azafranada ajedrea, mudará el morueco en los prados su suave vellón; por sí mismo el minio vestirá al cordero que pace. 

¡Rodad tales siglos!, dijeron a sus husos las Parcas acordes con la inmutable voluntad de los Hados. 

¡Lánzate a estos altos honores!, cumplido está el tiempo, ¡oh progenie amada de los dioses! ¡oh magno vástago de Jove! 

¡Contempla cómo bajo la celeste bóveda se inclinan los astros, y las tierras, y el vasto mar, y el profundo cielo!¡Contempla como el siglo venturo regocija todas las cosas! 

¡Oh! ¡Que mis últimos años sean tan largos y me alcance el aliento para cantar tus hazañas! No vencerán mis versos ni el tracio Orfeo, ni Lino, aún si la madre a aquel y el padre a este asistieron, 
Calíope a Orfeo, y a Lino el hermoso Apolo. 

También Pan si compitiera conmigo, juzgando Arcadia, también a Pan declararía vencido el juicio de Arcadia. 

Comienza, ¡oh parvulillo!, por la sonrisa a conocer a tu madre: por diez meses un largo fastidio acompañó a tu madre. 

Comienza, ¡oh parvulillo! A quien no sonríen sus padres, no se le digna la mesa del dios ni el lecho de la diosa. 

¿No es exactamente lo que ha ocurrido? Pero también es algo que ocurrió muchas veces antes de Virgilio y algo que seguirá ocurriendo. 




Pero hablemos ahora de las Geórgidas.

Se trata de un poema didáctico. Pero si fuera solamente eso... un poema de amor a la paz y a las tareas del campo en el que simplemente  se describen los trabajos campestres, los orígenes de la agricultura, los instrumentos adecuados de cultivo, consejos, la tierra, el cultivo de la vid, la cría del ganado, los caballos, bueyes, perros y los enjambres... los cuidados de la colmena. Pero escrito con una sensibilidad que sobrecoge, con la convicción del que sabe del poder de lo sencillo. 

Respecto a lo último, al enjambre, he de decir que es de especial belleza como el poeta romano lo relaciona con el mito de Orfeo y como este, además de impactar con su fuerte carga simbólica descorazonadora, está también en el origen de la apicultura. Una bella imagen la de Orfeo bajando a los infiernos para rescatar a Eurídice y la de Eurídice regresando al infierno por culpa de Orfeo. El amor, el miedo y la muerte unidos en un mito bajo el zumbido vitalista de la abeja, que representa la vida en su mas amplio espectro...





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sábado, 5 de abril de 2014

Los paraísos artificiales. Charles Baudelaire.



Baudelaire no fue tan decadente como la gente piensa. Se le supone alcohólico y adicto al opio y al hachís, pero en realidad apenas probó estas drogas. Consumió opio durante una temporada como remedio a unos fuertes dolores de cabeza, y la experiencia le causó horror. La leyenda le convierte en un adicto o en un experimentalista, pero ni una cosa ni la otra. Los libros Los Paraísos artificiales y El Vino y el Hachís tienen la culpa de este malentendido histórico, pero en ellos Baudelaire no nos trasmite su experiencia con las drogas, en realidad son solamente una reflexión sobre las Confesiones de un inglés consumidor de opio de su admirado escritor Thomas de Quincey, verdadero adicto y autor del libro, que no tradujo, sino parafraseó.

Dicho esto, no son Los paraísos artificiales precisamente una invitación al consumo de drogas, sino una advertencia: solamente los espíritus fuertes poder volver del viaje y aún así no es probable. Se confunde lo demoníaco, con la debilidad y el vitalismo, y a veces uno no sabe si Baudelaire advierte al ciudadano occidental de los peligros del opio y del hachís o los alerta de la maldición del poeta. Igual que estas sustancias, el arte transfigura lo real embelleciéndolo. El artista en su estado natural se encuentra como el consumidor de drogas y este es para Baudelaire el aspecto que explica la facilidad con que el soñador descontento de la realidad busca evasión por estas "arriesgadas vías". Esto, es para Baudelaire lo demoníaco: el deseo intenso de vivir que hace daño, la necesidad de que lo real sea "algo más".

Lo poético y lo demoníaco son para Baudelaire sinónimos, algo que destruye al individuo, una especie de maldición. Bajo la influencia del opio y del hachís o de la poesía el ser humano, dice Baudelaire, "elevado a una altísima potencia de sí mismo se encuentra subyugado, pero para desgracia suya, no lo está más que por él mismo, es decir, por la parte de sí mismo que le domina; quiso convertirse en un ángel y se ha convertido en bestia".

En otro momento del libro, al describir los efectos del opio, casi parece que nos explique  en qué consiste la corriente poética que el inauguró, el simbolismo, o en cualquier caso, una experiencia mística, que el poeta encuentra de un modo natural y el ser humano común a través de las drogas:

"Sucede que a veces la personalidad desaparece y que la objetividad, propia de los poetas panteístas, se desarrolla en vosotros tan anormalmente que la contemplación de los objetos exteriores os hace olvidar vuestra existencia, llegando muy pronto a confundiros con ellos. Fijáis vuestra mirada en un árbol armonioso, curvado por el viento, y a los pocos momentos lo que en el cerebro del poeta sólo sería una comparación muy natural, se convierte en el vuestro en algo real. Primero atribuis al árbol vuestras pasiones, vuestro deseo o vuestra melancolía; sus gemidos y sus estremecimientos acaban siendo vuestros, y en seguida sois el árbol. De igual modo, el pájaro que planea en el fondo del cielo representa primero al ansia inmortal de elevarse por encima de todas las cosas humanas; pero de inmediato sois el pájaro". 

Acaba el texto con una cita del "notable filósofo poco conocido", Barbeau, que según el poeta, le dijo en una reunión donde algunas personas habían tomado "el dichoso veneno":

No entiendo por qué el hombre racional y espiritual utiliza medios artificiales para alcanzar la beatitud poética, cuando bastan el entusiasmo y la voluntad para elevarte a una existencia sobrenatural. Los grandes poetas, los filósofos, los profetas, son seres que, mediante el ejercicio puro y libre de su voluntad, alcanzan un estado en el que son a un tiempo causa y efecto, sujeto y objeto, hipnotizador y sonámbulo. 

"Yo pienso exactamente lo mismo" dice Baudelaire, aunque para él ser poeta era una maldición.










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domingo, 30 de marzo de 2014

Poesía. Verlaine.



Para André Breton "la sobrestimación de Verlaine fue el gran error de la época simbolista".

Y es verdad, Verlaine es un poeta antipático. Quizás porque la veneración a Rimbaud le deja en mal lugar o porque en su posición afectada frente al mundo, en su lastimosa búsqueda de la salvación en amor, encontramos algo de impostura, algo falso que se trasmite a sus poemas.

No obstante, sí hay en Verlaine una enseñanza poética que le incluye merecidamente en los manuales de Historia de la Literatura, a parte de su habilidad técnica para crear ritmos y armonías con las palabras.

Verlaine es la consagración del simbolismo, la puesta en práctica de un nuevo modo de entender el arte que ocupó desde mediados del siglo XIX hasta los años cuarenta aproximadamente del XX, con variaciones. Una relación casi mística entre el artista y la naturaleza (no tanto la naturaleza como el entorno directo del poeta).

Dejando de lado su hipocresía y la extraña división moral entre lo que él consideraba la vida en el pecado y la vida en la virtud, sus dudas frente a cual de las dos era su verdadera naturaleza (que se percibe en su obra con una proliferación exagerada de preguntas retóricas), me quedo con una imagen que representa un paso en firme en la concepción del arte como "la vida total y verdadera":

Verlaine adentrándose solo en un bosque al atardecer. Hay algo tenso en el ambiente provocado por el bosque en sí y por el hecho de iniciarse la puesta de sol. Pero es un paseo tranquilo. Sosegado más bien. Verlaine llega a un lago o una charca. Unas aves comienzan a volar asustadas por su presencia (él buscaría un nombre exótico para las aves) y mientras, el poeta percibe el ruido del aleteo y los graznidos que poco a poco se alejan cruzando un cielo cada vez más oscuro.

Para Verlaine esta imagen no simboliza sus sueños y su esperanzas que se pierden, es decir, no es una metáfora como la de los románticos penando por la noche en un acantilado viendo las olas chocar con las rocas, enfurecidas. Sino que todos estos procesos, el aleteo, los graznidos que se alejan y se apagan y sus ilusiones perdidas (o que empiezan a apagarse) son dos manifestaciones de una misma realidad que se encuentra tanto en el exterior como en el interior del poeta. 

Así lo entendía también Antonio Machado cuando paseaba por las tierras de Castilla y reflexionando sobre su vida y decía:

veréis llanuras bélicas y páramos de asceta,
no fue por estos campos el bíblico jardín.
Son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín. 


                                                                     ***

No puedo leer a Verlaine sin buscar en sus versos la sombra de Rimbaud. Quizás en este poema aparezca el joven poeta... no sé si como los "malos caminos dolorosamente inseguros" o quizás como "la frágil promesa del alba", la voz que le dice: "¡sigue caminando!".


J’allais par des chemins perfides,
Douloureusement incertain.
Vos chères mains furent mes guides.

Si pâle à l’horizon lointain
Luisait un faible espoir d’aurore ;
Votre regard fut le matin.

Nul bruit, sinon son pas sonore,
N’encourageait le voyageur.
Votre voix me dit : « Marche encore ! »

Mon cœur craintif, mon sombre cœur
Pleurait, seul, sur la triste voie ;
L’amour, délicieux vainqueur,

Nous a réunis dans la joie.




Por malos caminos iba,
Eran dolorosamente inseguros y
Tus manos queridas me guiaron.

En el horizonte lejano, pálidamente,
Lucía una frágil promesa de alba;
Y tu mirada fue la mañana.

Ningún ruido, salvo sus pasos sonoros,
Nada estimulaba al viajero.
Y me dijo tu voz: "¡Sigue caminando!"

Mi corazón, temeroso y sombrío,
A solas lloraba, por esa triste senda;
El amor, vencedor maravilloso,
Nos reunió en la felicidad.




domingo, 16 de marzo de 2014

Ron. Blaise Cendrars.

Jean Galmot en la Guayana.
Lo que está claro es que si un hombre manco se pone a escribir, no será para decir cosas irrelevantes. Parece como si Cendrars se le fueran a agotar la tinta y tuviera que medir muy bien sus palabras. Su estilo es perfecto. Esencial. Más que eso, su estilo es enérgico y es vitalista. Por eso no resulta pretenciosa la dedicatoria del libro:

Dedico esta vida aventurera de Jean Galmot a los jóvenes de hoy, cansados de la literatura, para mostrarles que una novela también puede ser un acto.

Y digo esto por una conversación reciente en la que me decían que el contenido era más importante que la forma. Olvidando quizás que la forma es parte del contenido. Y valga este libro como ejemplo. Un autentico puñetazo. Como si te da miedo nadar y te lanzan a la fuerza al agua. Y lo digo porque la historia del empresario, aventurero y político Jean Galmot puede narrarse de muchas formas, así que es solo el estilo, la vida de Cendrars que se trasmite en su manera de contar una historia.

Blaise Cendrars, su expresión lo dice todo. 

Se dice que es un estilo periodístico, fluido y ágil. Pero es mucho más que eso: es vitalista. Y por eso, sin esfuerzos (o al menos no lo parece), llega de lo prosaico a lo poético, de los concreto a lo universal, ¡y con un solo brazo! No en vano se dice de Cendrars que es el máximo exponente de la identidad entre el arte y la vida. Y yo al menos nunca había leído algo tan eléctrico como esto. Escribía con sangre, Cendrars.

Ron es una biografía, no un ensayo ni nada parecido, sobre Jean Galmot, un hombre idealista atrapado por su sentido de la libertad. Un quijote contradictorio, escritor, aventurero, empresario de éxito y diputado por la Guayana, acusado de especulación en el affaire del ron de 1919. Según explica un informe, al morir, en la autopsia, no le encontraron el corazón. "Imposible no quedar impresionado", dice Cendrars.

Pero repito, la historia de Galmot se ha contado muchas veces, pero no como Cendrars.

Por cierto, Galmot también era escritor y en sus textos deja entrever algunos intereses ocultos y misteriosos que no hacen más que enriquecer al personaje.

No voy a poner un fragmento de Cendrars, sino la última página conocida de La double existance, el libro que Jean Galmot concluyó mucho antes de morir y perder el corazón y cuyo manuscrito desapareció misteriosamente:



¿Recomenzar mi vida? No tendría sentido.

¿Elegí mi destino? Un día, me marché... Una fuerza me impulsaba. ¿Por qué escogí este camino en lugar de otro? Yo qué sé. Mis pasos no han dejado huellas sobre la elástica tierra. La vida se desplegaba a ambos lados del camino, como en la pantalla de un cine. La vida bulliciosa, cálida, semejante a un calvero en una jungla seca en el que los animales se agolpan y corren empujándose, torturados por la sed.

¿Cuántas vidas has vivido? ¿Sólo una? Entonces no sabes nada de la vida. Eres como un ciego ahíto, sentado a la orilla de un río. Tú si puedes recomenzar la vida y elegir el sitio en el que se encenegará tu alma.

 Pero yo he vivido bajo los cielos del mundo, bajo los deslumbrantes carmines de los trópicos, sobre la solitaria arena de los desiertos, he visto a los hombres pasar en caravana, luchar, gozar, degollarse unos a otros por dinero o por amor, es decir, revivir...

Mi viejo cuerpo cubierto de cicatrices ha conocido todos los esplendores, todas las carnicerías, todas las ignominias, bajo los vientos alisios y en las ciudades en las que se apretujan los hombres. Ya no tengo nada que aprender de la vida. ¿Para qué iba a recomenzar?

¿Recomenzar la vida? Mis ojos, deslumbrados por los caminos, no han conservado de ellos más que centelleantes imágenes de pesadilla. Cuarenta años luchando día tras día, hora tras hora, contra las fieras de la selva tropical y las fieras humanas. ¿Volver a soñar ese largo sueño? Jamás.

- ¿De quién hablas?

En cierto día apareció una mujer... Ya no es más que una imagen prendida a mi alma, una fosforescencia muy lejana en la oscuridad de mi interior.

Sus ojos, luz en la luz, son el único recuerdo. Por ella, querría recomenzar la vida. ¿Qué hombre no tomaría el camino ensangrentado que fue el mío, llorando de alegría, para reencontrarse con esa mujer?








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sábado, 1 de marzo de 2014

Entrevistas breves con hombres repulsivos. David Foster Wallace.



David Foster es el ultimo escritor. Con él terminan los manuales de literatura. Al menos fue el último escritor que se atrevió a ser sincero y escribió sin miedo desde la profunda libertad existencial. Pero al mismo tiempo como un escritor consciente de lo que ha significado la literatura a lo largo de la historia. De hecho, sus conocimientos culturales en general son abrumadores.

Por eso me sorprende su particular estilo narrativo (adoptado por casi todos los escritores modernos que quieren sonar rompedores) falto de belleza en el lenguaje como elemento plástico, de poesía en su forma material, que suele ser el estilo de los escritores más viscerales, menos reflexivos (me acabo de meter en un lío explicando algo que no soy capaz de aclarar bien y que va a generar multitud de malas interpretaciones). De todas formas da igual, la obra de David Foster es importante: propone algo que no ha sido dicho y lo propone de un modo totalmente diferente. Con eso basta para entrar en las colecciones de clásicos.

Pero además, su punto de vista ante las cosas: alguien que plantea la posibilidad de la duda ante la velocidad de la comunicación de nuestra era. Alguien que necesita un poco de tiempo y de reflexión para analizar todos los puntos de vista sin miedo a que sus descubrimientos destruyan algún muro sea del bando que sea.

No solo eso, si lo que se le pide a la literatura, al arte, a la cultura, es que abra puertas y ofrezca nuevas perspectivas, David Foster Wallace es el gran escritor occidental de los últimos tiempos (en los que la producción en masa de bienes culturales y la industrialización del proceso artístico han dañado la sensibilidad y la libertad de pensamiento casi de muerte). Pero un escritor, además, maniático del conocimiento que no dice una frase sin estar completamente convencido de que es esa la frase que debe que escribir.

Es decir, un escritor que propone un viaje  totalmente fundamentado, obsesivamente científico en ocasiones, cuyo objetivo es poner sobre la mesa la locura del sistema que hemos construido, casi desde su más reciente origen: David Foster Wallace es americano. Un grunge de los 90 que vio entre sus amigos y compañeros (y sufrió) mucha de la paranoia colectiva de la deshumanización que el sueño americano, el marketing y la falsa idea del éxito provocó en las relaciones entre las personas y en los sentimientos y frustraciones profundas de cada uno.

Estamos hablando de un grunge. Intelectual, pero un grunge. Es decir, un joven de corazón puro con cierta cultura callejera. Es decir, un joven con la cabeza en su sitio que valora la compañía de sus amigos y los entretenimientos sencillos, pero que al mismo tiempo ve (y sufre) como un sistema esquizofrénico le obliga a desligarse de lo que él considera una vida verdadera.

Por todo eso, es normal, casi debemos agradecérselo, que en su obra trate temas que de primeras nos hagan girar la cabeza o que incluso presente perspectivas que en principio no podamos asumir de ningún modo. Algo que ocurre a menudo con Entrevistas breves a hombres repulsivos. Un conjunto de textos y relatos sobre el miedo del hombre heterosexual a la mujer y su acercamiento sexual y emocional, por lo tanto, grotesco y mentiroso. Suficiente para ver reflejados a tus amigos, y con un poco de autocrítica a uno mismo. Pero una reflexión necesaria.

En serio, unos textos que dicen cosas que uno no quiere leer en absoluto, pero que una vez leídas cambian en cierto sentido el panorama de las cosas.







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