domingo, 25 de enero de 2015

Poema en veinte surcos. Julia de Burgos



Me sorprende no encontrar a la poeta puertoriqueña Julia de Burgos en ninguna de las enormes antologías que recopilan los mejores poemas en castellano de todos los tiempos. Siempre incluyen a pocas mujeres, es un hecho. En el siglo XX como mínimo nombran a Alfonsina Storni o Gabriela Mistral, pero nunca a Alejandra Pizarnick y resulta extraño que tampoco mencionen a quien probablemente (con su corta obra) sea una de las poetas más interesantes que hayan escrito en castellano (además con poemas tan bonitos y "antologables" como Río Grande de Loíza).

Yo la conocí gracias a escribir en este blog (con lo que ya ha merecido la pena) una entrada sobre Alfonsina Storni, precisamente. Me equivoqué y la ilustré con una foto de Julia de Burgos sugerida por Google (parece que hasta Google está empecinada en borrarla del mapa) y gracias a un comentario pude solucionar el error. Me sentí tan mal por haberla negado como San Pedro que busqué sus libros (que no son tan fáciles de encontrar) para conocerla. La sorpresa fue grande: se trata de una poeta cuya obra no entronca con la corriente castellana española (a veces tan egocéntrica y anecdótica) y se acerca sensiblemente (aunque no le dio tiempo de desarrollar su obra) a experiencias poéticas como las de Anne Sexton o Sylvia Plath.


El caso es que su obra es una cosa diferente al resto porque no parece que el castellano sea el idioma que defina su cosmovisión del mundo (o que su cosmovisión del mundo se adapte al castellano), aunque escriba en esta lengua nuestra como si tuviese que hacer una traducción simultánea de un idioma que no es lenguaje, sino consciencia.

De vida compleja y por momentos desarraigada (cultural y emocionalmente) la liberación femenina es un tema creciente en sus obra alentando la reivindicación feminista. Un ejemplo es su poema Yo misma fui mi ruta (Ya definido mi rumbo en el presente / me sentí brote de todos los suelos de la tierra / de los suelos sin historia / de los suelos sin porvenir / del suelo siempre suelo sin orillas / de todos los hombres y de todas las épocas) que invitaba a las mujeres puertorriquieñas de la generación de los años treinta, en plena lucha por sus derechos, a concienciarse de tres factores importantes: su potencial como mujer, el manejo de sus propias vidas y no sentirse inferiores.

Como casi todas las mujeres de las que he escrito en este blog, Julia de Burgos murió joven (no se suicidó) a los 39 años desplomándose repentinamente en una calle de Nueva York.  Quizás no le dio tiempo de hacerse un nombre en el mundo literario o quizás es otra cosa (como Alejandra Pizarnik) el motivo por el que no se la incluye en las antologías...



Yo misma fui mi ruta

Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese:
un intento de vida;
un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes,
y mis pies planos sobre la tierra promisoria
no resistían caminar hacia atrás,
y seguían adelante, adelante,
burlando las cenizas para alcanzar el beso
de los senderos nuevos.

A cada paso adelantado en mi ruta hacia el frente
rasgaba mis espaldas el aleteo desesperado
de los troncos viejos.

Pero la rama estaba desprendida para siempre,
y a cada nuevo azote la mirada mía
se separaba más y más y más de los lejanos
horizontes aprendidos:
y mi rostro iba tomando la expresión que le venía de adentro,
la expresión definida que asomaba un sentimiento
de liberación íntima;
un sentimiento que surgía
del equilibrio sostenido entre mi vida
y la verdad del beso de los senderos nuevos.

Ya definido mi rumbo en el presente,
me sentí brote de todos los suelos de la tierra,
de los suelos sin historia,
de los suelos sin porvenir,
del suelo siempre suelo sin orillas
de todos los hombres y de todas las épocas.

Y fui toda en mí como fue en mí la vida…

Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese:
un intento de vida;
un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes;
cuando ya los heraldos me anunciaban
en el regio desfile de los troncos viejos,
se me torció el deseo de seguir a los hombres,
y el homenaje se quedó esperándome.



Momentos


Yo, fatalista, 

Mirando la vida llegándose y alejándose 

De mis semejantes. 

Yo, dentro de mí misma, 
Siempre en espera de algo 
Que no acierta mi mente. 

Yo, múltiple, 
Como en contradicción, 
Atada a un sentimiento sin orillas 
Que me une y me desune, 
Alternativamente, 
Al mundo. 

Yo, universal, 
Bebiéndome la vida 
En cada estrella desorbitada, 
En cada grito estéril, 
En cada sentimiento sin orillas. 

¿Y todo para qué? 
--Para seguir siendo la misma. 



Nada 


Como la vida es nada en tu filosofía,
brindemos por el cierto no ser de nuestros cuerpos.

Brindemos por la nada de tus sensuales labios
que son ceros sensuales en tus azules besos;
como todo azul, quimérica mentira
de los blandos océanos y de los blancos cielos.

Brindemos por la nada del material reclamo
que se hunde y se levanta en tu carnal deseo;
como todo lo carne, relámpago, chispazo,
en la verdad mentira sin fin del Universo.

Brindemos por la nada, bien nada de tu alma,
que corre su mentira en un potro sin freno;
como todo lo nada, buen nada, ni siquiera
se asoma de repente en un breve destello.

Brindemos por nosotros, por ellos, por ninguno;
por esta siempre nada de nuestros nunca cuerpos;
por todos, por los menos; por tantos y tan nada;
por esas sombras huecas de vivos que son muertos.

Si del no ser venimos y hacia el no ser marchamos,
nada entre nada y nada, cero entre cero y cero,
y si entre nada y nada no puede existir nada,
brindemos por el bello no ser de nuestros cuerpos.


Ay ay ay de la grifa negra

Ay ay ay, que soy grifa y pura negra;

grifería en mi pelo, cafrería en mis labios;

y mi chata nariz mozambiquea.


Negra de intacto tinte, lloro y río

la vibración de ser estatua negra;
de ser trozo de noche,
en que mis blancos dientes relampaguean;
y ser negro bejuco
que a lo negro se enreda
y comba el negro nido
en que el cuervo se acuesta.
Negro trozo de negro en que me esculpo,
ay ay ay, que mi estatua es toda negra.



Dícenme que mi abuelo fue el esclavo

por quien el amo dio treinta monedas.
Ay ay ay, que el esclavo fue mi abuelo
es mi pena, es mi pena.
Si hubiera sido el amo,
sería mi vergüenza;
que en los hombres, igual que en las naciones,
si el ser el siervo es no tener derechos,
el ser el amo es no tener conciencia.



Ay ay ay, los pecados del rey blanco

lávelos en perdón la reina negra.
Ay ay ay, que la raza se me fuga
y hacia la raza blanca zumba y vuela
hundirse en su agua clara;
tal vez si la blanca se ensombrará en la negra.



Ay ay ay, que mi negra raza huye

y con la blanca corre a ser trigueña;
¡a ser la del futuro,
fraternidad de América!



Río Grande de Loíza


¡Rio Grande de Loíza!... Alárgate en mi espíritu

y deja que mi alma se- pierda en- tus riachuelos

para buscar la fuente que te robó de niño
y en un ímpetu loco te devolvió al sendero.



Enróscate en mis labios y deja que te beba,

para sentirte mío por un breve momento,
y esconderte del mundo y en ti mismo esconderte,
y oír voces de asombro en la boca del viento.



Apéate un instante del lomo de la tierra,

y busca de mis ansias el íntimo secreto;
confúndete en el vuelo de mi ave fantasía,
y déjame una rosa de agua en mis ensueños.



¡Río Grande de Loíza!... Mi manantial, mi río,

desde que alzome al mundo el pétalo materno;
contigo se bajaron desde las rudas cuestas,
a buscar nuevos surcos, mis pálidos anhelos;
y mi niñez fue toda un poema en el río,
y un río en el poema de mis primeros sueños.



Llegó la adolescencia. Me sorprendió la vida

prendida en lo más ancho de tu viajar eterno;
y fui tuya mil veces, y en un bello romance
me despertaste el alma y me besaste el cuerpo.



¿A dónde te llevaste las aguas que bañaron

mis formas, en espiga de sol recién abierto?


¡Quién sabe en qué remoto país mediterráneo

algún fauno en la playa me estará poseyendo!


¡Quién sabe en qué aguacero de qué tierra lejana

me estaré derramando para abrir surcos nuevos;
o si acaso, cansada de morder corazones,
me estaré congelando en cristales de hielo!



¡Río Grande de Loíza!... Azul. Moreno. Rojo.

Espejo azul, caído pedazo azul de cielo;
desnuda carne blanca que se te vuelve negra
cada vez que la noche se te mete en el lecho;
roja franja de sangre, cuando bajo la lluvia
a torrentes su barro te vomitan los cerros.



Río hombre, pero hombre con pureza de río,

porque das tu azul alma cuando das tu azul beso.


Muy señor río mío. Río hombre. Unico hombre

que ha besado mi alma al besar en mi cuerpo.


¡Río Grande de Loíza!... Río grande. Llanto grande.

El más grande de todos nuestros llantos isleños,
si no fuera más grande el que de mí se sale
por los ojos del alma para mi esclavo pueblo.







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