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domingo, 19 de agosto de 2012

Poesía en verso. 1917-1923. Juan Ramón Jiménez.


La poesía, una vez terminada, pertenece al lector y no al autor. Es el lector quien la utiliza, quién se recrea en ella y es el lector, al sentir que ese pensamiento (expresado en palabras a través de un ritmo) le lleva más lejos de sí mismo, quien convierte unos versos en algo importante o intrascendente.

El pintor y el escultor elaboran un producto a través de materiales y herramientas. Proyectan en él su visión del  mundo, pero saben que al final su obra, como un objeto sagrado dotado de cierto poder mágico, vivirá en el público rebuscando en el inconsciente colectivo. El poeta es igual, aunque a menudo se olvide y quiera dejar su impronta, su esencia, en el poema, para que todo el mundo recuerde que es él, Juan Ramón Jiménez o el Neruda de turno, quienes han escrito el poema.

Podemos disfrutar de un cuadro, de un edificio, de la música, de una película, de una escultura sin necesidad de conocer al autor. En cambio, parece que los poetas se empeñen en dejar claro quién escribió el poema, colándose continuamente entre sus versos, como si lo importante no fuesen las imágenes creadas o las sugerencias, sino la persona que pensó estas, a menudo, ocurrencias ingeniosas.

Por eso no me gusta Juan Ramón Jiménez. O quizás debería decir por eso no lo entiendo, o no comulgo con él. No lo sé.

Esta recopilación de poemas de 1917 a 1923, pertenece a lo que él mismo llamó su etapa intelectual influenciado por la poesía anglosajona de poetas como Yeats, William Blake o Emily Dickinson, tras su primer viaje a América. Siguiendo la palabrería habitual, dice el poeta que a su miedo a la muerte se materializo en su obra como un esfuerzo por conseguir la eternidad a través de la belleza y la depuración poética. Así son las cosas.

Cierto si es que en esta etapa, huyendo de su pasado modernista, comienza el proceso de depuración estilística, suprimiendo la musicalidad (sin perderla, claro) y los efectos plásticos y ornamentales, para centrarse en las ideas concretas y a veces, simplemente, en la descripción de objetos al modo impresionista.


Aquí los poemas del libro que me gustan:

*

¡Miseria del instante!

                 Pensé destrozar todo
el divino trabajo de tantos días puros
-de tantas horas solas,
de tantos segundos infinitos-;
desbaratar en un momento, ¡ay!,
por inútil, por feo, por absurdo,
el camino de luz.
                   Y echarme al barro
miserable y continuo.
Y dí golpes a bellas joyas frágiles, 
y maldije el amor y la hermandad,
y me gustó comer, hablar, dormir...

**

No se ve el agua.
-pero su presencia oscura
se baña
la desnudez eterna,
para la que el hombre es ciego.-

Y este no verla que yo siento, fijo 
en la noche que ya va verdeando
-¿Noche interior, noche del mundo?-
es más que verla, es no saber
si se baña en el mundo o en mi alma
la desnudez eterna -la mujer
sola-,
para la que el hombre es ciego.






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Isolagnosis. Ediciones en Huida (2013)

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Diario de un poeta reciencasado. Juan Ramón Jimenez.


El problema de este libro es que se estudia en los institutos. Se considera una pieza fundamental en el desarrollo de la poesía moderna contemporánea y se les obliga a los estudiantes a realizar extrañas disquisiciones sobre la asombrosa sensibilidad poética del autor. Aunque, en realidad, lo único que consigue el sistema educativo es cerrar las puertas del todo a una futura lectura por placer. Quizás, si su "lectura" no fuese obligatoria, hacía tiempo que el contenido del libro habría perdido cierta relevancia social.

Construido como un engranaje de percepciones anímicas a modo de pinceladas impresionistas, el Diario cuenta  el conocido viaje de novios de Juan Ramón Jiménez a Estados Unidos para rencontrarse con su reciente esposa Zenobria Camprubi. Mientras, se debate entre su miedo por dejar el idílico mundo infantil del pueblo, Moguer, y el deseo de crecer y comenzar una vida adulta, simbolizado por Zenobria. En Juan Ramón esta contradicción (para el resto del mundo cotidiana) adquiere un papel protagonista y potencia su sensibilidad en la identificación con todo lo que le rodea (el mar en el viaje, la ciudad).

Lo curioso del libro es que esta constante identificación entre el mundo, su circunstancia, y la hiperestimulación que provoca un viaje de este tipo, tiene como consecuencia un cambio significativo en el modo poético de Juan Ramón y una liberación estética crucial en el desarrollo de la poesía en castellano. Lo que ya no tengo tan claro es si este ensimismamiento poético merece un lugar en el mundo contemporáneo, porque lo que sí parece evidente es que la palabra poesía tenía un significado diferente en 1916, cuando se escribió este libro, al que tiene a dos días del 2012, cuando se escribe este entrada. Algún día hablaremos sobre esto.  




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