Leucó es una divinidad menor de la mitología griega. Su nombre real es Leucótea, la Diosa Blanca de Robert Graves. Una divinidad pintoresca, arcaica, marina, que aparece en el canto V de La Odisea. Allí, transformada en gaviota, ayuda a un miserable Ulises que sufre la ira de Poseidón, zarandeado en su balsa por una terrible tormenta. Leucó le ofrece un velo al héroe y le da un consejo vital: Ulises debe saltar al mar si quiere regresar algún día a Ítaca. Es decir, Ulises debe entregarse, dejar de resistir, dejar de luchar contra la tormenta, apagar su voluntad de supervivencia y aceptar el destino y la fuerza de las corrientes para que las olas le arrastren hasta las playas de Feacia. Leucó es la luna y la luna simboliza la muerte. La muerte como elemento simbólico. Leucó le ofrece a Ulises su última oportunidad: la muerte, el salto al vacío de Safo, la entrega, la confianza absoluta, la negación, el rechazo, el abandono de sus deseos, la disolución envuelto en un velo. El velo que protege al cuerpo de la impureza del mundo. El velo que simboliza la distancia del contemplativo. El velo que apaga el ruido del mundo, pero también un velo que limpia y purifica como el agua del bautizo. Un velo que separa, que aleja, que distancia, que protege y que aprisiona.
Escrito en pleno auge del neorealismo italiano (y Cesare Pavese como uno de sus representantes más proselitistas), el libro Diálogos de Leucó debió sorprender, especialmente por todo lo que dicen sus personajes sin palabras (tacere è la nostra virtù, dice el autor en su poema I mari del Sud). Como mediterráneo de condición, Pavese vive la experiencia mitológica en su cotidianeidad, en lo más profundo de los recuerdos de su infancia y utiliza el mismo lenguaje de los mitos para dar salida a sus propias inquietudes, que trascendido de su propia problemática como ser humano, representan las inquietudes fundamentales de la humanidad. El individuo Cesare Pavese ya no existía cuando se escribieron estos diálogos, existía el escritor. Pavese no hablaba por sí mismo, sino por todo el mundo.
Los diálogos mitológicos no proponen una reflexión, sino que dan forma literaria a una inquietud que trascenderá culturas y fases de la humanidad, porque el mito nunca es un producto individual, sino el resultado de una de una experiencia colectiva de la confusión y la contradicción. Aunque los escriba Cesare Pavese. Así, dice el poeta italiano que "el mito es siempre simbólico", pero "no tiene nunca un significado unívoco, alegórico". Su significado dependerá de los tiempos y del contexto, "según el humor que lo rodea", dice el poeta, "puede estallar en las más diversas y múltiples florescencias".
Abandono, amor insatisfecho, aislamiento, el sufrimiento como condena eterna inherente a la existencia humana, el destino como fuerza mayor que la voluntad individual, el sinsentido de la actividad humana, despedidas eternas, desilusiones, desconocimiento de las motivaciones de la sensibilidad divina que organiza nuestra vida, sensación de absurdo, la muerte inevitable, el futuro ya escrito para los hombres y mujeres del mundo, lo ridícula parcela de libre albedrío, las sombras y la muerte como escapatoria, como única salida, el salto al vacío, como Ulises como cuando se arroja de la barca alentado por Leucódea. Más o menos, estos son los temas que tratan los veintisiete diálogos del libro. En ninguno apreciamos directamente a Pavese, pero son su testamento, la justificación razonada de lo que hará prácticamente tres años después: su suicidio es similar al de Ulises.
El suicidio del poeta con cuarenta y dos años en 1950 en una habitación de un Hotel de Turín ilumina el significado profundo de Diálogos con Leucó. El libro como ejemplar y como contenido está imbricado con su muerte, porque en la puesta en escena de su suicidio dejó escritas sus últimas palabras sobre las guardas de un ejemplar. Su despedida ya es célebre: "Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿De acuerdo? No chismorreen demasiado".
Cuatro años antes, escribió en sus diarios (publicados bajo el nombre de El oficio de vivir): "La sabiduría del destino es, en el fondo, nuestra misma sabiduría. Porque siempre la acompañamos con una incesante consciencia de lo que, en último término, nos está permitido hacer. Por más tentaciones que nos acosen, nunca nos equivocamos. Siempre obramos en el sentido del destino. Ambas cosas no son sino una. Quien se equivoca es quien aún no comprendió su destino. Ese individuo no comprende cuál es la resultante de todo su pasado, la cual le marca el futuro. Pero lo comprenda o no, se lo marca lo mismo. Toda la vida es lo que debía ser".
También en los Diálogos de Leucó, nos dice: "Existe una ley, Ixión, de obligada obediencia". Y más adelante, continúa "Existe una ley, que antes no existía. A las nubes las aduna ahora una mano más fuerte".
Si alguien quiere buscar a Pavese en sus diálogos, el mismo autor le escribió una carta a su amigo, Davide Lajolo (carta que recibió tres días después de su suicidio) ne la que explicaba dónde encontrarle. En ese texto la anuncia su determinación, pero también le dice que si quiere saber quién era Cesare Pavese, que vuelva a leer su diálogo La fiera. Igualmente, en el diálogo Quimera, leemos: "¿Y por qué no se suicida él, que sabe estas cosas?". Y la respuesta: "Nadie se suicida. La muerte es destino. No se puede desearla, Hipóloco".
Más información interesante
Sobre Cesare Pavese y sus Diálogos con Leuco
Ignacio F. Garmendia en Diario de Sevilla: Diálogos con Leucó

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