domingo, 16 de octubre de 2011

Canto a mí mismo. Walt Whitman


Comparándolo con escritores casi coetáneos como Baudelaire, lo primero que sorprende de Walt Whitman es su contemporaneidad, incluso su modernidad. Escrito a mitad del siglo XIX, Canto a mí mismo, encierra todo el sentido de la obra poética del viejo barbudo, por eso es, quizás, el poema más conocido de su colección Hojas de hierba.

Una exaltación de la vida y la muerte, del ego y de los otros, del dolor y de la alegría, de la nueva vida urbana y del campo, de la hierba, del lago y de las montañas. El poeta permanece frente al mundo que lo rodea y quiere tocarlo, aunque con la visión occidental y norteamericana que comenzaba a nacer en aquellos años. Exaltación de la vida en todas sus facetas pero desde la individualidad consciente, sensorial y política. Para Walt Whitman cada organismo es un individuo único al que tender la mano, como células desconectadas que tienden a unirse. Por decir algo diferente a lo que se suele decir sobre el poeta y su poema, en cierto sentido anuncia la sociedad postmoderna de individuos aislados ansiosos por comunicarse.



Como un vagabundo que se acerca a la ciudad, hay un rasgo de la autobiografía del poeta esencial para comprender el sentido de su obra: la haraganería y la errabundez, que le impulsaba a perder cada ocupación regular. Según cuenta Guillermo de Torre, cuando uno de sus primeros patrones, el señor Benton, editor del Long Island Democrat, se ve obligado a despedir al poeta, porque este, en vez de acudir al trabajo, prefiere vagar por los campos, su mujer le consuela sin escrúpulos: "ya nos hemos librado de este haragan", dice. A lo que respondió el señor Beton: "era un haragán, pero qué magnifico haragán".

"Su vida", dice uno de sus amigos y biografos, John Bourrouhgs, era "libre, no terrenal, sin prisas, sin egoísmos, anticonvencional, vivida contenta y alegramente. Fue enteramente una vida de poeta".

¿Quién inventó el verso libre?

Algunos contestarán a esta pregunta que fue Rimbaud en Les Illuminations, otros dirán que Laforgue o Gustave Kahn. Pero de hecho, el primer ejemplo de verso libre estuvo en las versiones de Walt Whitman hechas por el poeta franco norteamericano Vielé-griffin. Lo cierto es que los versos largos y bíblicos de Whitman suponen un punto de partida para romper las ataduras y estructuras fijas de la métrica clásica y han sido imitados constantemente en los cánones poéticos de todas las culturas occidentales.



Me celebro y me canto.
Me entrego al ocio y agasajo a mi alma,
me tiendo a mis anchas a observar
un tallo de hierba veraniega.
Clara y pura es mi alma,
y claro y puro es todo aquello que no es mi alma.
Estoy satisfecho: veo, bailo, me río, canto.
Poseo lo bueno de la tierra y del cielo,
el aire que respiro ha sido destinado a mí
desde la eternidad.
El vaho de mi aliento
mi espiración e inspiración,
los latidos de mi corazón,
el fluir de la sangre y del aire
a través de mis pulmones,
el olor de las hojas verdes y de las hojas secas
de la ribera y de las rocas marinas
de oscuro color,
del heno del granero, el sonido de las palabras,
algunos besos leves, abrazos,
el juego de la luz y de la sombra entre los árboles
cuando se mueven las ramas dóciles,
el gozo de hallarme solo
o en el tumulto de las calles,
o en los campos y en los ribazos de las colinas,
la sensación de la salud perfecta,
el trinar de la luna llena,
mi canto al salir del lecho y saludar al sol,
Nunca ha habido más energía original que ahora,
y jamás habrá más perfección que ahora...
Bienvenidos sean todos mis órganos
y todos mis atributos,
ni una pulgada, ni una partícula de una partícula
de una pulgada es vil,
y ninguna debe ser menos conocida que las otras.


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