La interpretación sociológica del Ramayana analiza la obra como una alegoría arqueológica de la extensión aria en el subcontinente indio. El poema explica la victoria del pueblo del príncipe Rama (soberano de sus instintos y capaz de controlarse a sí mismo) sobre el reino de los rakasas (salvajes carnívoros) que representan a los antiguos pobladores de la isla de Lanka, quizás, el país conocido como Ceilán y desde 1978, Sri Lanka. Evidentemente, esta interpretación no plantea un conflicto nacionalista entre países que no existían, sino, el cambio de estado mental que sufrió la humanidad entre el Mesolítico, el Paleolítico y la revolución civilizadora del Neolítico.
De este modo, los rakasas representan el reverso salvaje de la humanidad, el estado de naturaleza que aún no conocía ni la civilización ni el pacto social. Esta visión academicista interpreta la cultura de los rakasas como una representación de tribus indígenas o grupos no védicos. Al describirlos como caníbales o monstruos, se justifica su sometimiento por la fuerza de la civilización que representa el príncipe Rama. Es fácil pensar que el estigma de 'salvajes' cae hoy sobre la población cingalesa o tamil de Sri Lanka, pero en realidad, se piensa que la ciudad de Lanka descrita en el texto, no coincide con el país actual. La ciudad original de Lanka estaría situada en alguna zona de India central. La asimilación con la actual Sri Lanka no fue sino una reconstrucción posterior con matices coloniales.
Como si el texto del poema nos ofreciera un resto arqueológico al límite de la historia y la prehistoria, el Ramayana plantea un conflicto ético, moral y metafísico. Rama no representa a una etnia, sino al dharma (el orden cósmico, el deber la rectitud), un 'estado de las cosas' que solo se comprende con una mente ya civilizada capaz de controlarse a sí misma. Por primera vez, asistimos al momento en el que se comprende el mundo como una armonía perfecta. Una visión que contrasta con la visión animal en la que el universo implica un caos dirigido por el instinto. Aunque a Ravana, líder de los rakasas, se le describe como erudito seguidor de Shiva, su inmenso ego y su falta de control le convierten en símbolo de una antigua humanidad (que aún permanece con nosotros en nuestro interior), porque al mismo tiempo, los rakasas representan nuestra naturaleza salvaje. Según esta interpretación, la lucha del príncipe Rama supone una metáfora de la superación de un estado mental.
En la propia Sri Lanka existen versiones del mito, como el Ramavataram de los tamiles, en los que a Ravana se le describe con mucha más simpatía que en el Ramayana, incluso se le convierte en un héroe trágico o un símbolo de la resistencia cultural. Mientras que en India queman efigies de Ravana, en el festival de Dussehra, en Sri Lanka, su imagen ha evolucionado de un "demonio" a un símbolo de orgullo y soberanía: como Cortázar al darle la vuelta al mito del minotauro.
Para muchos ceilaneses, Ravana no es solo el monstruo de un mito extranjero, sino un antiguo rey histórico de gran sabiduría. En las últimas décadas, ha resurgido el interés por Ravana como una figura cohesionadora de la identidad nacional de Sri Lanka. Se le describe como un monarca poderoso que defendió su isla contra una invasión extranjera (la de Rama). De hecho, el primer satélite de Sri Lanka, lanzado en 2019, lleva como nombre 'Raavana-1', lo que demuestra que su figura parece un sinónimo de progreso y orgullo nacional. Los cingaleses (que son mayoritariamente budistas y no tamiles) también han reclamado a Ravana como una figura propia para diferenciarse de India.
En el estado de Tamil Nadu (al sur de India), la interpretación del Ramayana fue clave para el surgimiento del movimiento político del autorespecto o despertar ciudadano, que se manifestó en protestas como la Aragalaya en Sri Lanka. Políticos e intelectuales argumentaron que el Ramayana era una herramienta de propaganda aria para subyugar a los drávida, es decir, pueblos del sur. En esta lectura, Ravana es el héroe drávida: un hombre culto, amante de las artes y protector de su pueblo, que fue difamado por los textos del norte.
El activista Indio Perivar E.V. Ramasamy denunció que el Ramayana era directamente un texto racista diseñado para presentar a los sureños como infrahumanos. Para él, Ravana era un verdadero héroe épico: lo que originalmente se utilizó como un término despectivo, se convirtió en una bandera de soberanía. Hoy en día, muchos tamiles ven en Ravana a un ancestro y no a un monstruo.
El Ramayana se ha utilizado como una herramienta de estigmatización política y, al mismo tiempo, de resistencia ideológica. En el contexto del nacionalismo hindú en India, en ocasiones se ha recurrido a la simbología del Ramayana para deshumanizar al "otro". Históricamente, algunos sectores del norte de la India utilizaron la etiqueta de rakasa (demonio) para referirse a los pueblos drávidas del sur y a los habitantes de la isla. Se les presentaba como seres "oscuros", "comedores de carne" y "enemigos del Dharma", conceptos que alimentaron un sentimiento de superioridad racial y cultural aria sobre el sur. Durante la Guerra Civil de Sri Lanka algunos extremistas de India comparaban a los líderes de los Tigres de Liberación del Eelam Tamil, con Ravana, en su faceta más destructiva, para justificar la necesidad de "restaurar el orden", el Dharma de Rama. Si la visión "india del norte" decía que los habitantes de Lanka eran demonios, los tamiles respondieron: "Si Ravana es vuestro demonio, nosotros somos los demonios".
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La edición que he leído se incluye en la coleccion Araluce LAS OBRAS MAESTRAS AL ACANCE de los NIÑOS de 1940. Una edición muy bonita y cuidada con unas ilustraciones (que podéis ver a lo largo de este post de Ramón López Morelló (un pintor francamente interesante).
Más información interesante.







